Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
PROFESIÓN DE FE
Acostúmbrate a nunca decir nunca
Acostúmbrate siempre a decir siempre
Acostúmbrate a ser lo que siempre eres
Acostúmbrate a estar siempre sin dudas
Si puedes mantener las manos juntas
Nunca sientas lejanos tus diciembres
Que tu llanto sea siempre por quereres
No niegues al amor premio y ayuda
Si todo tiene revés y derecho
No te creas jamás centro del mundo
O que la vida gira en tu redor
Solo si no naciste derecho y hecho
Podrás sentir que todo es nauseabundo
Sin saber cómo hallar tu buen amor
JULIO CARMONA
martes, 1 de octubre de 2013
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Julio Carmona
DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Impoluto, a pesar de las miserias,
De las traiciones y los malos modos,
Me dedico a reírme de la histeria
Y de la charca en que naufragan todos.
Asiento bien mis pies en la materia,
Rechazo el pesimismo frente al lodo
Porque me friega tanta cara seria
Y tanto arreglo y tantos acomodos.
Compadezco al que frunce ceja y rima
Al que todo lo ve color de suegro
Solo porque lo triste está en la cima,
Pues yo en la risa del porvenir me integro
Que, aunque el blanco siempre haga ópera prima,
El último en reír siempre es el negro.
miércoles, 3 de abril de 2013
Julio Carmona: ELEGÍA EN ROBLE MAYOR
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Me tumbaron el árbol que sembré,
Me dejaron sin él y sin su risa;
Mis cuidados le di desde bebé
Y él me daba sus dones con la brisa.
Todo por el progreso que anda a prisa
(Aunque mi pueblo ya no tenga fe),
Pero lo cierto es que lo hicieron trizas
Y cada hachazo me causaba estrés.
Hoy miro el estropicio y su cuantía
Como si se tratara de un pariente,
Como si hubieran mutilado al día,
Y como que en mi pueblo falta gente.
Pero su sacrificio y agonía
Me hace ser de la vida más consciente.
Julio Carmona
lunes, 11 de marzo de 2013
Carlos Angulo Rivas*: Vargas Llosa evangeliza a Capriles
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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| Mario Vargas hace una caricatura de sí mismo. |
Los últimos artículos de Mario Vargas Llosa marcan una etapa definida. Cumplen a cabalidad con la paga recibida de sus mentores mediáticos. Escribe para el diario español El País, reconocido en épocas pasadas como una publicación liberal, y hoy por los propios ibéricos como un periódico de publicidad franquista y pro fascista. Estos artículos se reproducen en casi toda Latinoamérica proporcionando un pensamiento acorde a los deseos de la publicación de origen. En los temas políticos ya se conoce la dirección asumida por el escribidor Vargas Llosa, por consiguiente sus despachos resultan aburridos, monótonos y pesados. También nos llama la atención cuando toca temas literarios que suponemos de su especialidad.
Hace pocas semanas, en una elucubración fantasiosa pretendió cambiar el título de la novela de William Faulkner “Luz de Agosto” por el de “Alumbramiento en Agosto” un contrabando que a simple vista no tendría mayor importancia idiomática. Sin embargo, este cambio de título, según el escribidor, por mejor traducción del inglés, conlleva la transformación de la idea central de la novela, pues no se trata “del nacimiento (alumbramiento) del niño de Lena Grove y el borrachín, vago y canallita Lucas Burch,” sino de la denuncia fundamental del racismo extremo “evangélico” contra los negros en los Estados Unidos; así como cuando los colonizadores españoles siguiendo a los curas y propagandizadores de la fé católica repetían que los indígenas no tenían alma. Antes, en otro artículo: “Sartre y sus ex amigos” el escribidor Vargas Llosa pretende descalificar al gran pensador francés que, por principio, rechazó recibir el Premio Nóbel de Literatura adjudicado a él en reconocimiento a su producción. Para pasar el contrabando ideológico Vargas Llosa dice de Jean Paúl Sartre: “sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios... y suma como fracaso “su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo” para luego agregar con el descaro de un cínico “después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia, y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus úcases hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores...”
En realidad, los muertos no pueden defenderse de este “vivillo” innato convertido por la propaganda internacional en discutible Premio Nóbel de Literatura. Me duele decirlo porque soy peruano, y debería estar orgulloso de tener un compatriota Nóbel, pero no me perdonaría faltar a la verdad. Vargas Llosa es un hombre inteligente, cultivado, intelectual de oficio, narrador con cierto dominio de la lengua española, pero todo ello no le da derecho a mentir de la manera como lo hace porque siendo erudito y culto sabe perfectamente lo que dice. Ni Faulkner ni Sartre pueden aclararle sus conceptos mentirosos, sin embargo, siguiendo la trayectoria de los últimos cuarenta años de Vargas Llosa todos reconocen sus veleidades político-ideológicas y sus cambios de posición, por supuesto, no las que quiere achacarle a Sartre con aquello de “sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos,” pues, en primer lugar, deberíamos preguntarnos ¿quién cambió el joven adolescente ferviente admirador o Sartre? Basta tomar conciencia de las permanentes afirmaciones del escribidor Vargas Llosa en sus artículos, sobre literatura y política, para darnos cuenta que éste ha ingresado de manera irreversible a una etapa definida: la de la decadencia intelectual prematura o tal vez se ha tomado en serio aquello de ser marqués de los Borbones; y por consiguiente, le interesa un comino las críticas, los comentarios negativos y rechazos a sus escritos, que en noventa por ciento publican sus lectores a pie de página.
Confieso haber estado esperando el artículo de Vargas Llosa referente a la dolorosa desaparición física del comandante presidente Hugo Chávez. Lo extraño de parte del escribidor hubiera sido no cumplir con los encargos de la gran prensa internacional y la paga recibida –contratos son contratos, deben cumplirse–. Pero en ese afán de cumplir con la paga, lastimosamente Mario Vargas Llosa confunde sus deseos con la realidad y se manifiesta de forma inverosímil llevándose de encuentro el conocimiento humano, pues este marqués de los Borbones piensa que el único inteligente sobre la tierra es él, por eso mismo afirma “el comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la robusta tradición de los caudillos, que, aunque más presente en América Latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier, aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el fascismo –dos formas de estatismo y colectivismo– y se comunica directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa.”
La falta de respeto a la inteligencia, a la verdad y la razón, es absoluta, pues se puede discrepar sin llegar al extremo ridículo de edificar pensamientos rústicos e ignorantes como lo hace Vargas Llosa cuando en su diatriba señala un “miedo a la libertad” y el ceder “la capacidad de iniciativa” precisamente todo lo contrario a la visión que el mundo entero tiene de la revolución bolivariana y de la democracia participativa de consulta popular eficaz y permanente. Nunca como antes en América Latina la iniciativa se ha trasladado a las decisiones del pueblo, nunca como antes el presidente de la república se ha sometido al voto revocatorio, nunca como antes en catorce años se han realizado 18 consultas populares entre elecciones nacionales, regionales y referendos; las evidencias no son invenciones y más bien Vargas Llosa vive en el mundo primitivo que define, ya que no sólo aplaude a las monarquías, hablando de absolutismos, sino se incorpora a ellas aceptando el cargo nobiliario de marqués o bufón de la corte. Y en cuanto al “miedo a la libertad” todo parece indicar que Mario Vargas Llosa padece esa enfermedad incurable en su caso, porque en Venezuela la libertad plena se practica en todo el territorio nacional y, por supuesto, ese ejercicio de hombres libres aterroriza al escribidor en tanto la libertad para él y sus congéneres es mantener a la gente en la ignorancia, el analfabetismo, la explotación, el hambre, la enfermedad, la falta de empleo, la opresión y la esclavitud. La Venezuela de hoy tiene todavía mucho por construir, sin embargo, orgullosa puede exhibir enormes logros en los principales aspectos mencionados; y de libertad y democracia, salvo los organismos interamericanos nos mientan y las Naciones Unidas se hayan vuelto “chavistas.”
Asevera también el “científico social” Vargas Llosa que el socialismo y el fascismo se confunden. O sea insiste en que la gente no entiende, por ello trata de colocar en el mismo saco a la feroz dictadura capitalista de sus amigos del Partido Popular español o del imperialismo norteamericano dominando el mundo a través de la dictadura de las empresas multinacionales, la privatización y la globalización, con los intentos verídicos de mejorar el nivel de vida, educar, curar, alimentar, y lograr una mejor distribución de la riqueza socialmente generada, camino al socialismo. Para Vargas Llosa la dedicación de demostrar eficacia frente a sus patrones lo lleva a decir barbaridades; lo lleva a comparar la violenta represión fascista de eliminar líderes políticos y sindicales, de amedrentar a la población con el terrorismo de estado, de llenar las cárceles de luchadores sociales, con la democracia participativa. Muestra de esta manera su decadencia total como intelectual de prestigio, a través de escritos irracionales y extravagantes dirigidos a la reacción internacional y al candidato Henrique Capriles y sus partidarios enfermos de sufrir derrotas consecutivas. Vargas Llosa se extralimita, ciego de presunción, se niega a aceptar la multitudinaria despedida a un ser humano esencial como Hugo Chávez, los “caudillos no dejan herederos” dice cuando el camino está sembrado y el liderazgo bolivariano continúa creciendo ya no en función de personas sino de un pueblo convencido de su destino histórico. Ahí existe una revolución joven capaz de aglutinar con energía no sólo a los venezolanos sino, como se ha venido demostrando, a los pueblos Latinoamericanos y del Caribe, de allí la contrariedad preocupada de la decadencia intelectual de Vargas Llosa tratando de catequizar, con su mensaje, al débil candidato Henrique Capriles.
La muerte del presidente Hugo Chávez nos apena y a la vez nos fortalece, nos une en torno a su epónima figura de líder de los pobres, de hombre clarividente capaz de haber impulsado la unidad de América Latina como única empresa de quebrar los lazos del intervencionismo imperial, rescatando las soberanías nacionales y la independencia económica, política y social. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe CELAC, UNASUR, ALBA, la integración solidaria y económica, no podrán ser derrotadas ni en Venezuela ni en otros países por una oposición ofuscada, enceguecida por el odio y la revancha. Una corriente de gobiernos progresistas en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Brasil, Argentina, Uruguay, y la Cuba revolucionaria, acompañan a Venezuela. El próximo 14 de abril la oposición de ultraderecha encabezada por Henrique Capriles y los grupos partidarios de la corrupción endémica venezolana caerá derrotada, democráticamente en las urnas. Mario Vargas Llosa seguirá hundiéndose en la decadencia intelectual por él escogida, aupado a la monarquía de los ex colonizadores y al imperialismo mundial que defiende por substanciales pagas aseguradas.
* Poeta y escritor peruano.
viernes, 1 de marzo de 2013
Julio Carmona: SONETO CON ESTRAMBOTE
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Cuando llegaste, yo pensé que estabas
poniendo a prueba mi pasión o enojo.
Te vi avanzar con mucho de sonrojo
y una pizca de insulto en la mirada.
Te dije: “Hola, me gustas enojada;
aunque prefiero verte en son de risa”.
Y tú, como quien anda muy de prisa,
me dijiste que todo eso te llegaba…
“Guarda allá –dije, en plan conciliador–:
Qué pasa con los ángeles del cielo
que vienen sin su pulcro buen humor…”
Dispuesto estaba a comprender recelos
y hasta odio, por –supuesto– desamor.
Más no un puñete ni un jalón de pelos.
Y solo dije: “Adiós. Murió la flor”.
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| Mujer de armas tomar |
Julio Carmona
jueves, 21 de febrero de 2013
Julio Carmona: “El carnicero de Lyon, Un itinerario de muerte”
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Cuando alguien
escribe sobre un acontecimiento cruel, negativo y hasta absurdo ocurrido en el
pasado, yo suelo ponerme en guardia. Y esto me lo hizo ver Belén Gopegui
–escritora vasca, de obra silenciada, obviamente, entre nosotros– en una
excelente crítica que le hace a La fiesta
del chivo, de Mario Vargas Llosa. Novela esta que, después de leída, hace
exclamar a algunos: ¡Qué horrorosa la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo en
República Dominicana, ocurrida antaño!; pero otros preguntamos: ¿y las
atrocidades de Busch y de Obama, hogaño?
Y lo mismo suele
ocurrir con La guerra del fin del mundo,
del mismo Vargas: ¡Qué terrible violencia la de los canudos y la del ejército
brasileño en los últimos años del siglo XIX! ¿Y la violencia de los sionistas
en Palestina y de los mismos civilizados occidentales en los países árabes, en
los siglos XX y XXI?
E igual ocurre
con las versiones cinematográficas o narrativas de la segunda guerra mundial y
sus más destacados protagonistas: los ingleses, los franceses y –como diría
Piero– los americanos, y en el lado opuesto el nazi-fascismo con, por
supuesto, Hitler y Mussolini (los soviéticos son actores de segunda, extras,
metiches y –bueno– con una sola vela en el entierro). Con la reiteración de ese
hecho siempre me tinca que se busca hacer un juego de espejos: ¡cuántos
millones de judíos muertos! Y entonces surge la conclusión del silogismo: los
muertos del presente, localizados en países aislados, hacen un número exiguo,
comparados con aquel holocausto. Es más cómodo ver la paja en ojo ajeno. Es
como si se dijera que los horrores del pasado minimizan los del presente.
Y, ante esa
superposición de imágenes, a uno le dan ganas de retrucar: Oye, pero si en esa
época no existía Israel como país o Estado; los países agredidos, y con más
millones de muertos, fueron casi todos los Estados europeos (con excepción del
Vaticano, aliado entonces de Hitler; y no olvidemos que fue Mussolini quien le
dio status de Estado, en 1929; independiente de Italia. Los Pactos de Letrán son firmados por la Santa Sede
y Benito Mussolini, primer ministro del Reino de Italia con poderes
dictatoriales).
Y hago reflexión
de todo esto, después de leer la novela El
carnicero de Lyon, de Manuel Lasso, peruano residente en USA. Sin lugar a
dudas, existe un solo personaje con ese apelativo que da título a la novela. Y
no es otro que Klaus Barbie, el tristemente célebre miembro de las huestes
hitlerianas que tantos crímenes cometiera no solo en Lyon, Francia, sino por
todos los lugares por donde sus botas –equivalentes a los cascos de Atila– no
dejaban crecer la yerba. Y mi primera reacción fue como aquella: ¿y ahora dónde
lo pongo, si ya sabemos quién fue y cómo actuó y a cuántas personas asesinó? Y
estuve tentado de abandonar la lectura. Pero –y es virtud del novelista– el
personaje histórico y su anécdota pasaron a un segundo plano; el informe
periodístico, el dato sociológico, las cifras estadísticas se esfumaron para
dar paso a la acción y la pasión del personaje literario. Las palabras (como
las imágenes en movimiento del cine) dan vida a otro ser. Del personaje
histórico se nos dice que mató a cientos de personas en Europa o en Bolivia o
en Perú, y nos horrorizamos por la magnitud del siniestro; pero al personaje literario
lo vemos torturar y eliminar a sus víctimas, pero además lo vemos reírse de
eso, vanagloriarse de eso y adorar a los jefes que le dieron la orden, y
justificarse a sí mismo y, de paso, a ellos, con el rostro impasible y la
conciencia sucia con la cruz gamada destilando sangre.
Pero la
inveterada costumbre de no dejarnos obnubilar por la destreza técnica del
narrador, nos lleva a preguntarnos, otra vez, ¿y ahora dónde lo pongo? Y es
entonces que surge la responsabilidad del lector literario. ¿Me contento con la
simple anécdota?, ¿es esa la intención de esta novela, y es que está tomando el
tema como pretexto para hacer alarde de su virtuosismo técnico? o, por último, ¿hay
un mensaje oculto, subyacente en esa estructuración? De ser así, ¿cuál es ese
mensaje?: ¿otra vez “llorar sobre leche derramada” para minimizar la sangre
vertida hoy con similar ensañamiento por otros carniceros, clones siniestros de
aquel de Lyon?
Y lo que hago es
interpretar, a partir de los elementos proporcionados por la misma novela. Y
veo abrirse una doble perspectiva. Por un lado, la que sugiere el propio
protagonista, de convertirse en modelo para otros esbirros en América
(especialmente, Bolivia y Perú), es decir, buscar el amparo de regímenes
similares al suyo para que lo blinden y serles útil en sus respectivos países.
Por eso, cuando se entera que los servicios de inteligencia de Israel le siguen
los pasos como perros de presa: “Klaus siguió tosiendo, muy rubicundo,
inhalando el aire con un silbido y con los ojos que se le salían, pero dio un
último tosido y se calmó. Pensó que si la Mossad iba a secuestrarlo en La Paz o
en Lima tendría que ponerse en los tobillos un collar con púas de acero como
los de su doberman, para que a sus captores no les fuese tan fácil
aprisionarlo.”
Y, por otro
lado, se abre la otra perspectiva (a la vez sorpresiva) de las luchas populares
(que tienen un único cordón umbilical que las une en todo el mundo), a partir
del capítulo 15, se abre un nuevo frente narrativo: los republicanos españoles
que, casi paralelamente, llegan a refugiarse en América. Y se constituyen en
adoctrinadores de esas luchas (no olvidemos la participación de Alberto Bayo
Giroud en los preparativos de la revolución cubana). Y uno de esos españoles,
Iván Gonzales –protagonista del capítulo 15–, encuentra apoyo en el peruano
Anselmo Sánchez y en su hija Manuela, siendo esta última quien tiene en sus
manos la oportunidad de ajusticiar al “carnicero de Lyon”, convertido en
“carnicero de Lima” (empleándose como fámula en casa de este), luego de que su
padre fuera victimado por la policía secreta “peruana” asesorada por Klaus
Barbie. La performance de este no solo lo convierte en “el carnicero de Lima”,
sino de toda América Latina. Cada una de nuestras dolidas repúblicas ha tenido
un Klaus Barbie en su historia. Es pertinente mencionar sólo a los más feroces:
Rafael Leonidas Trujillo, Rep. Dominicana (1930-1961); Anastasio
Somoza, Nicaragua (toda una dinastía: 1937-1956); Gustavo
Rojas Pinilla, Colombia (1953-1957); Francois Duvalier, Haití
(1957-1971); Carlos Castillo Armas, Guatemala (1954-1957); Fulgencio Batista,
Cuba (1952-1959); Humberto Branco, Brasil (1964-1967); Hugo Banzer, Bolivia
(1971-1978); Alfredo Stroessner, Paraguay (1954-1989); Juan María Bordaberry,
Uruguay (1972-1976); Augusto Pinochet, Chile (1973-1990); Alberto Fujimori,
Perú (1990-2000). Sin mencionar, por obvios, a los que han gobernado USA, lo
cierto es que cada cual se empeñó en ser una “versión mejorada” de su común
padre putativo.
Pero Manuelita
Sánchez y su padre y los milicianos españoles y todos los mártires de esos
carniceros en Nuestra América son nuestros padres y madres apodícticos.
Nosotros somos herederos de las víctimas de esos carniceros. Si muchos de ellos
fracasaron en su intento justiciero (como es el caso de Manuelita Sánchez, en
la novela), con ese solo intento queda abierta la posibilidad de que otras
Manuelitas Sánchez continúen con ese objetivo supremo de alcanzar justicia (sin
olvido ni perdón) en contra del nazi-fascismo, porque si bien el “carnicero de
Lyon” murió viejo y loco en su cárcel perpetua, sus herederos siguen adosando a
su actividad carnicera el nombre de los pueblos que luchan por acabar con la
ideología de los Hitlers y Mussolinis que gobiernan el mundo como líderes del
ultra capitalismo liberal: el más feroz carnicero de la Historia Universal.
miércoles, 20 de febrero de 2013
José Manuel Lechado: La esclavitud industrial
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
En su origen la palabra española «trabajo» remite a un instrumento de tortura, el tripalium. Y en alemán y ruso la etimología para «trabajo» (arbeit, rabot), de origen indoeuropeo, pertenece a la misma raíz que da lugar a la palabra «robot», que significa «esclavo». Si seguimos buscando en otras lenguas encontramos ejemplos parecidos que, como mínimo, nos dejan claro que el trabajo nunca fue plato de gusto.
En su origen la palabra española «trabajo» remite a un instrumento de tortura, el tripalium. Y en alemán y ruso la etimología para «trabajo» (arbeit, rabot), de origen indoeuropeo, pertenece a la misma raíz que da lugar a la palabra «robot», que significa «esclavo». Si seguimos buscando en otras lenguas encontramos ejemplos parecidos que, como mínimo, nos dejan claro que el trabajo nunca fue plato de gusto.
Al menos ciertos trabajos: griegos y romanos distinguían
entre «labor» y «trabajo» y usaban diferentes palabras para referirse a cada
cosa. La labor era la tarea del hombre libre: la política, el debate
filosófico, la caza, la guerra... Lo demás, la actividad productiva cotidiana,
era casi todo cosa de esclavos. Una idea que, con o sin distinta terminología,
se ha dado en todas las civilizaciones de la Historia hasta fechas bien
recientes. En la Edad Media, el Renacimiento y en realidad hasta el
advenimiento de la doctrina capitalista liberal, el trabajo manual no sólo era
cosa de siervos o castas inferiores: es que estaba mal considerado. Ser
artesano, maestro, agricultor o lo que fuere se consideraba una mancha en el
currículum social del individuo. En la literatura española del Siglo de Oro se
hace alarde de la vagancia del hidalgo, que no da un palo al agua en su vida y
presume de ello, dejando por rústico y poca cosa al que se gana el pan con el
sudor de su frente.
Esta mentalidad se mantuvo durante siglos, hasta que el auge
de las naciones protestantes y el triunfo de la burguesía establecieron una nueva
mitología en torno al trabajo como indicador de éxito, garante de la Gracia
Divina y signo de salvación. Poco a poco, y no sin resistencias, esta filosofía
ha ido extendiéndose por toda la Tierra y en la actualidad incluso naciones
tenidas por perezosas, como la española, enarbolan la bandera del trabajo como
virtud máxima del ciudadano.
Sin duda el ser humano disfruta manteniéndose ocupado y quizá
sea excesivo considerar, como hacían los antiguos, que el trabajo sea una
mancha. No obstante, cabe preguntarse también si el desplazamiento hacia el
lado contrario del péndulo es tan bueno como nos dicen: ¿hasta qué punto el
trabajo es una bendición tan fantástica como nos quieren hacer creer?
Ante todo hay que tener en cuenta que la historia del trabajo
que nos venden los grandes medios de desinformación es falsa: el esclavo
antiguo no era libre, pero su vida no era necesariamente tan horrible como nos
pintan en las películas. De hecho, la mayor parte de los esclavos antiguos
llevaba una vida que, desde nuestra perspectiva, nos parecería bastante normal,
incluso más que aceptable. El cine y la literatura contemporáneos nos ha
mostrado una imagen de la esclavitud antigua por completo siniestra, pero eso
es porque Hollywood, el gran generador de propaganda del capitalismo, deforma
la historia para hacernos creer, deliberadamente o no (quizá sea sólo porque la
maldad resulta más efectiva en pantalla), que todos los pueblos han tratado a
los esclavos tan mal como lo hacían los puritanos estadounidenses y los civilizados
europeos que, durante el siglo XIX, extendieron su miserable concepción de las
cosas por todo el planeta.
Que la esclavitud, a la antigua o a la moderna, es
detestable, no hay quien lo niegue. Sin embargo, cabe preguntarse si las cosas
han mejorado para el trabajador actual. El fin de la esclavitud no vino, pese a
lo que se suele creer, por el resultado de la Guerra de Secesión de los Estados
Unidos. Este episodio local sirvió ante todo para liquidar la lucha entre dos
concepciones económicas muy diferentes con la victoria del capitalismo
industrial tal y como lo conocemos. Se culminaba de este modo, durante la
segunda mitad del siglo XIX, un proceso que había empezado mucho antes, a
principios de ese mismo siglo, con las primeras leyes británicas contra la
trata y crianza de esclavos.
Curiosamente los británicos habían sido los mayores negreros
y los que más beneficio habían sacado de la trata. ¿Por qué este interés más o
menos repentino en acabar con un negocio tan boyante? Porque la industrialización,
que comenzó en Inglaterra partiendo de los inmensos beneficios obtenidos
precisamente del trabajo servil y de la venta de esclavos, puso de manifiesto
una serie de realidades por completo nuevas en el universo del trabajo y el
comercio.
La principal y más importante, la constatación, hecha en las fábricas del Reino Unido, de que un obrero asalariado trabaja mejor, es más fiable y sale más barato que un esclavo. Por otra parte, la firme determinación británica de acabar con la competencia «desleal» que para su comercio en expansión representaba el trabajo esclavo en otras naciones. Había que convencer al mundo de las bondades de la economía capitalista, con su mercado de trabajadores libres. Libres, aunque explotados más allá de toda medida, como nunca jamás lo había sido esclavo alguno.
La principal y más importante, la constatación, hecha en las fábricas del Reino Unido, de que un obrero asalariado trabaja mejor, es más fiable y sale más barato que un esclavo. Por otra parte, la firme determinación británica de acabar con la competencia «desleal» que para su comercio en expansión representaba el trabajo esclavo en otras naciones. Había que convencer al mundo de las bondades de la economía capitalista, con su mercado de trabajadores libres. Libres, aunque explotados más allá de toda medida, como nunca jamás lo había sido esclavo alguno.
A lo largo del siglo XIX se va estableciendo el cambio
necesario de mentalidad para adaptar la producción, la economía y toda la
sociedad a estas nuevas reglas del juego que perduran hasta hoy. El concepto de
trabajo fue elevado a la categoría de virtud y al mismo tiempo se acababa con
la lacra de la esclavitud que, por supuesto, tenía sus detractores entonces,
como los había tenido en todas las épocas. Ciertas interpretaciones del
socialismo también contribuyeron a este proceso, con su mitología del
trabajador como héroe de la sociedad. Así se fueron poniendo los cimientos del
mundo contemporáneo.
El proceso fue rápido y en cierto sentido fácil pero, por
supuesto, no dejó de haber resistencias. Los propietarios de esclavos, por
ejemplo, no vieron con buenos ojos esta nueva filosofía social, e incluso en
España llegó a haber un partido negrero. Además, los nuevos trabajadores (los
proletarios) serían libres, pero en realidad vivían bajo un régimen de
explotación inhumano y, por si fuera poco, su extrema pobreza los mantenía
atados a las fábricas y talleres con más solidez que las viejas cadenas. El
sufrimiento del trabajador durante la Revolución Industrial constituye la base
del movimiento obrero, una forma organizada y persistente de resistencia que,
curiosamente, no había estallado (salvo casos esporádicos como el protagonizado
por Espartaco) en los largos siglos de la esclavitud.
El proceso siguió adelante durante los siglos XIX y XX, en
parte porque no carecía de fundamentos morales: la esclavitud era insostenible
no sólo económicamente, sino desde el punto de vista social y humano. Por otro
lado, el cambio de régimen de la masa trabajadora vino acompañado de ciertas
«mejoras» que en parte fueron resultado de la propia lucha social, pero también
aportación interesada de los grandes capitalistas.
La educación obligatoria, la sanidad universal, el servicio
militar no clasista, los impuestos progresivos, los transportes públicos, la
policía civil... Toda la batería de derechos y servicios públicos que fueron
conformando, con gran lentitud y esfuerzo, el denominado Estado del Bienestar,
tenían y tienen no obstante un lado oscuro: formar una masa trabajadora no ya
eficiente, sino troquelada desde la cuna para ser piezas sanas, controladas y
productivas de la gran cadena de montaje en que se fue convirtiendo toda la
sociedad.
Una sociedad concebida como máquina, en la que cada ser
humano no es más que un elemento intercambiable, prescindible, con una vida
útil y un precio calculado de antemano. Este es el gran resultado del
capitalismo: la deshumanización de Todo. No es extraño que sea el mundo
capitalista, el abanderado de la democracia y los derechos humanos, el que haya
engendrado las peores dictaduras y acometido las guerras más salvajes de toda
la historia. Pero incluso después de estos procesos que sacudieron el siglo XX
y pusieron a nuestra especie al borde la extinción, el proceso no ha parado.
A pesar de las proclamas de la I Internacional a favor de la
emancipación del obrero, de su lucha por liberarse de las cadenas del trabajo,
y de las brillantes argumentaciones acerca del carácter alienante del trabajo
asalariado por parte de conocidos autores como Proudhon, Marx o Paul Lafargue,
tras la defección de la socialdemocracia y la victoria de la revolución
bolchevique casi nadie mantuvo la propuesta inicial del socialismo, es decir,
la definitiva liberación del ser humano: la del trabajo. Por el contrario, a lo
largo del siglo XX y también en lo que llevamos del XXI persiste la maligna
idolatría de ese concepto y es llevada a extremos tan delirantes que hoy
incluso los ricos trabajan, lo cual es el colmo de la estupidez. Una masa de
trabajo inagotable, absorbente y alienante con el único objetivo de mantener la
máquina en funcionamiento, sin una finalidad clara y sin un progreso definido
(más allá de las invenciones técnicas). El resultado: una humanidad cada vez
más desquiciada.
Hoy, en el apogeo de la tecnología, proponer el fin de la
civilización del trabajo para sustituirla por una cultura del ocio y la
creación, mucho más humana y productiva, sigue siendo cosa rara y hasta mal
vista. Por el contrario, se han acentuado todos los vicios del capitalismo
hasta extremos de locura. Si la educación pública tuvo en sus orígenes una
intención humanista, hoy, con o sin planes Bolonia, no se intenta siquiera
disimular que el fin determinante del sistema educativo no es otro que
disciplinar a los hijos de los trabajadores y generar «profesionales» entre los
vástagos de las clases acomodadas, como corresponde a una sociedad cada vez más
desigual y clasista. Del mismo modo, la sanidad parece orientada más como un
taller de reparaciones que como un sistema que garantice la salud del común. El
transporte público fomenta la expansión urbana y aleja a las personas más que
acercarlas. La policía, que históricamente surgió como parte de la protección
del procomún y el ordenamiento administrativo de la res pública, bajo el concepto
de protección al ciudadano, ya no disimula su función pretoriana y represora en
favor de los más ricos y de la propiedad privada. Y así la deseada sociedad
global se ha transformado en una pesadilla obsesiva de control, producción y
consumo.
En los últimos años el fenómeno del desclasamiento en las
sociedades desarrolladas ha fomentado esta situación. La clase trabajadora, que
constituye la mayoría de la humanidad, creyó ser clase media y adoptó los
vicios tontos de esta casta grisácea que sólo destaca, como su nombre indica,
por la más completa mediocridad. El esclavo o el obrero tenían al menos la
esperanza en la revolución y el orgullo del luchador, pero el homo urbano contemporáneo sólo aspira a consumir
más y más y no tiene otra bandera que el dinero. Dinero del que nunca dispondrá
en cantidad suficiente, pero al cual adora —y en esto todas las clases
comparten la fe— como al único dios verdadero.
El servum romano y medieval, el trabajador
antiguo, fuera o no esclavo, no siempre estaba encadenado, no vivía sujeto a
horarios rígidos, y su calendario laboral estaba repleto de fiestas y días de
asueto. El trabajador actual no conoce el descanso. Su mal pagada jornada se
prolonga lo indecible en horas extraordinarias que regala al patrón a cambio
del privilegio de poder trabajar. Y en sus ratos
libres se somete a una rutina agotadora de ocio-consumo que le ata aún más, vía
deuda, a esas cadenas invisibles que la mayoría no lograrán quitarse en toda la
vida. Charlie Chaplin yalo reflejó magistralmente en la película Tiempos modernos: el trabajador
de la sociedad industrial es el esclavo más esclavo de todas las eras, pues ya
ni siquiera se le considera humano. No es más que un engranaje y, como tal,
cambiable, prescindible.
La esclavitud industrial es el gran regalo cotidiano que nos
hace a todos el capitalismo. Bajo el esplendor de una sociedad tecnificada,
llena de luz y de conceptos hermosos, se esconde (pero no demasiado) el peor
momento de toda la historia (de por sí triste) de la civilización. El miedo lo
domina todo. Miedo al Estado y a sus fuerzas represivas, miedo al paro, a la
miseria (o al no-consumo), a la delincuencia, a las enfermedades, al clima...
La etimología de tripalium quizá sea falsa, pero la sociedad
idólatra del trabajo ha convertido la vida del ser urbano en un tormento peor y
más duradero que el de Sísifo: ansiedad, obsesiones, angustia producida por una
precariedad eterna que frena a todos el acceso al falso paraíso del consumo. Y
ahora el amo ni siquiera está obligado a dar cobijo y comida al esclavo. En los
viejos tiempos los amos más despreciables hacían horro (libre) al esclavo
viejo. De aquí viene el término «ahorrar», pues de este modo, cuando el siervo
ya no podía trabajar más, los amos se evitaban pagar la manutención y cobijo
del que les había servido.
El amo actual es mucho más miserable que aquellos canallas,
pues al tiempo que acumula riquezas más allá de toda capacidad de gasto, el
rico contemporáneo, el «triunfador», «ahorra» continuamente de sus nuevos
esclavos. Esclavos que ni siquiera saben que lo son y que ansían trabajar más y
más, incluso gratis, porque el trabajo se ha convertido en el gran valor
social.
Una sociedad sana debería aspirar a la abolición del trabajo,
como se sugirió por última vez durante el Mayo del 68. Para eso inventamos
máquinas: para trabajar lo menos posible. Pero lo cierto es que nunca ha habido
tantos trabajadores, ni trabajando tanto, como ahora. ¿Qué es lo que falla?
Pues por abajo el miedo de los pobres a ser más pobres aún. Y por arriba, el
miedo de los poderosos a una sociedad liberada de la mayor de las prisiones: el
propio trabajo.
Una humanidad libre de esta carga, dedicado cada cual a su
«labor», a una actividad creativa y satisfactoria, sería también una sociedad
equilibrada, formada por personas pensantes y reflexivas. Y en un ambiente así
el rico, insolidario y avaricioso, no tiene cabida. Por eso se procura mantener
a la gente cada vez más ocupada, bien en el tajo, bien en un ocio que muchas
veces resulta más embrutecedor y cansino que el propio trabajo.
El trabajo no es una virtud, no ennoblece ni engrandece ni,
utilizando el palabro de moda, «realiza». El trabajo, como se sabe, no es más
que una maldición de Dios. Pero esto, en una sociedad que ha perdido todos los
valores, tampoco tiene mayor importancia. En otras épocas, no tan lejanas, se
reivindicó el valor del ocio, del tiempo libre, de un reparto de la riqueza que
nos permitiera a todos trabajar menos y vivir más. Hoy nos batimos por
conseguir un trabajo peor que el de un esclavo, que nos permita malvivir con
las sobras de la sociedad de consumo.
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