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jueves, 10 de julio de 2008

CASI FABULA, Alejandro Romualdo


ROMUALDO VIVE

Van a venir a buscarnos
Con un pájaro negro,
Con una fruta dorada,
Con un caballo de copas.

Con un caballo de copas,
Una fruta dorada,
Un pájaro negro,
Van a venir a tentarnos.

Si tú, amor mío, te fueras
En el caballo de copas,
Y yo en el pájaro negro
Una fruta dorada dejaríamos
A los que vienen a tentarnos,
A los que vienen a matarnos,
A los que vienen a quitarnos
La libertad.

Alejandro Romualdo,
Perú

(Texto proporcionado por Carlos Meneses).


miércoles, 9 de julio de 2008

IMAGINACIÓN, ORIGINALIDAD Y RITMO, LOS TRES PILARES DE LA NARRACIÓN, Gabriel García Márquez



Según el diccionario de la Real Academia de la lengua, la fantasía es “una facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes”. Es difícil concebir una definición más pobre y confusa que esa primera acepción. En su segunda acepción dice que es “una ficción, cuento o novela, o pensamiento elevado o ingenioso”, lo cual no hace sino infundir mayor desconcierto en el ya creado por la definición inicial de la palabra imaginación, el mismo diccionario dice que es “ aprensión falsa de una cosa que no hay en realidad o no tiene fundamento”. Por su parte, don Joan Corominas, ese gran detective de las palabras castellanas -cuya lengua materna no era, por cierto, el castellano, sino el catalán-, estableció que fantasía e imaginación tienen el mismo origen y que en última instancia puede decirse sin mucho esfuerzo que son la misma cosa.

Uno de mis mayores defectos intelectuales es que nunca he logrado entender lo que quieren decir los diccionarios, y menos que cualquier otro el terrible esperpento represivo de la Academia de la Lengua. Por una vez he tenido la curiosidad de volver a él para establecer las diferencias entre la fantasía y la imaginación, y me encuentro con la desgracia que sus definiciones no sólo son muy poco comprensibles, sino que además están al revés. Quiero decir que, según yo lo entiendo, la fantasía es la que no tiene nada que ver con la realidad del mundo en que vivimos: es una pura invención fantástica, un infundio, y por cierto de un gusto poco recomendable en las bellas artes, como muy bien lo entendió el que le puso el nombre al chaleco fantasía.



Por muy fantástica que sea la concepción de que un hombre amanezca convertido en un gigantesco insecto, a nadie se le ocurrió decir que la fantasía sea la virtud creativa de Franz Kafka, y en cambio no cabe duda de que fue el recurso primordial de Walt Disney. Por el contrario, y al revés de lo que dice el diccionario, pienso que la imaginación es una facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven. Que, por lo demás, es la única creación artística que me parece válida. Hablemos, pues, de “la imaginación en la creación artística en América latina” y dejemos la fantasía para uso exclusivo de los malos Gobiernos.


En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad. Siempre fue así desde nuestros orígenes históricos, hasta el punto que no hay -en nuestra literatura- escritores menos creíbles y, al mismo tiempo, más apegados a nuestra realidad que nuestros cronistas de Indias. También ellos -para decirlo con un lugar común irremplazable- se encontraron con que la realidad iba más lejos que la información.


El diario de Cristóbal Colón es la pieza más antigua de esa literatura. Empezando porque no se sabe a ciencia cierta si el texto existió en realidad, puesto que la versión que conocemos fue escrita por el padre Las Casas de unos originales que dijo haber conocido. En todo caso, esa versión es apenas un reflejo infiel de los asombrosos recursos de imaginación a que tuvo que apelar Cristóbal Colón para que los Reyes católicos le creyeran la grandeza de sus descubrimientos.


Colón dice que las gentes que salieron a recibirlo el 12 de octubre de 1492 “estaban como sus madres los parieron”. Otros cronistas coinciden con él en que los caribes, como era normal en un trópico todavía a salvo de la moral cristiana, andaban desnudos. Sin embargo, los ejemplares escogidos que llevó Colón al palacio real de Barcelona estaban ataviados con hojas de palmeras pintadas y plumas y collares de dientes y garras de animales raros. La explicación parece simple: el primer viaje de Colón, al revés de sus sueños, fue un desastre económico. Apenas si encontró el oro prometido, perdió la mayor de sus naves y no pudo llevar ninguna prueba tangible de sus descubrimientos. Vestir a sus cautivos como lo hizo fue un truco convincente de publicidad. El simple testimonio oral no hubiera bastado, un siglo después de que Marco Polo había regresado de China con realidades tan novedosas e inequívocas como los espaguetis y los gusanos de seda, y como lo habían sido la pólvora y la brújula.


Toda nuestra historia, desde el descubrimiento, se ha distinguido por la dificultad de hacerla creer. Uno de mis libros favoritos de siempre ha sido el Primer viaje en torno al globo, del italiano Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes en su expedición alrededor del mundo. Pigafetta dice que vio en Brasil unos pájaros que no tenían cola, otros que no hacían nidos porque no tenían patas, pero cuyas hembras ponían y empollaban sus huevos en la espalda del macho y en medio del mar y otros que sólo se alimentaban de los excrementos de sus semejantes. Dice que vio cerdos con el ombligo en la espalda y unos pájaros grandes cuyos picos parecían una cuchara, pero carecían de lengua. También habló de un animal que tenía cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola y relincho de caballo. Fue Pigafetta quien contó la historia de cómo encontraron al primer gigante de Patagonia, y de cómo éste se desmayó cuando vio su propia cara reflejada en un espejo que le pusieron enfrente.


La leyenda del Dorado es, sin duda, la más bella, la más extraña y decisiva de nuestra historia. Buscando ese territorio fantástico, Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó la mitad del territorio de lo que hoy es Colombia, y Francisco de Orellana descubrió el río Amazonas. Pero lo más fantástico es que lo descubrió al derecho, es decir, navegando de las cabeceras hasta la desembocadura, que es el sentido contrario en que se descubren los ríos. El Dorado, como el tesoro de Cuauhtémoc, siguió siendo un enigma para siempre. Como lo siguieron siendo las 11.000 llamas, cargadas cada una con cien libras de oro, que fueron despachadas desde el Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa, y que nunca llegaron a destino.



La realidad fue otra vez más lejos hace menos de un siglo, cuando una misión alemana encargada de elaborar el proyecto de construcción de un ferrocarril transoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable, pero con una condición: que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal muy difícil de conseguir en la región, sino que se hicieran de oro.


Tanta credulidad de los conquistadores sólo era comprensible después de la fiebre metafísica de la Edad Media y del delirio literario de las novelas de caballería. Sólo así se explica la desmesurada aventura de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que necesitó ocho años para llegar desde España a México a través de todo lo que hoy es el sur de Estados Unidos, en una expedición cuyos miembros se comieron unos a otros, hasta que sólo quedaron cinco de los seiscientos originales. El incentivo de Cabeza de Vaca, al parecer, no era la búsqueda del Dorado, sino algo más noble y poético: la fuente de la eterna juventud


Acostumbrado a unas novelas donde había unos ungüentos papa pegarle las cabezas cortadas a los caballeros, Gonzalo Pizarro no podía dudar cuando le contaron en Quito, en el siglo XVI, que muy cerca de allí había un reino con 3.000 artesanos dedicados a fabricar muebles de oro, y en cuyo palacio Real había escaleras de oro macizo y estaba custodiado por leones con cadenas de oro ¡Leones en los Andes! A Balboa le contaron un cuento semejante en Santa María del Darién y descubrió el Océano Pacífico. Gonzalo Pizarro no descubrió nada especial, pero el tamaño de su credulidad puede medirse por la expedición que armó para buscar el reino inversímil: 800 españoles, 4.000 indios, 150 caballos y más de 1.000 perros amaestrados en la caza de seres humanos.



Gabriel García Márquez,
Colombia



Artículo tomado de la revista digital argentina www.redaccionpopular.com


martes, 8 de julio de 2008

NOSOTROS AMAMOS LA VIDA, Mahmud Darwish



Nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella,
bailamos entre dos mártires y erigimos entre ellos un alminar de violetas o una palmera.

Nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella.

Robamos un hilo al gusano de seda para construir nuestro cielo y concluir este éxodo.


Abrimos la puerta del jardín para que el jazmín salga a las calles cual hermosa mañana.

Nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella.

Allá donde estemos, cultivamos plantas que crecen deprisa y recogemos mártires.

Soplamos en la flauta el color de la lejanía, dibujamos un relincho en el polvo del camino
y escribimos nuestros nombres piedra tras piedra.

¡Oh, relámpago! Ilumina para nosotros la noche, ilumínala un poco.

Nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella.


Mahmud Darwish,

Palestina

(Traducción de María Luisa Prieto. Texto tomado de la revista digital: poesíasemanal.com)




lunes, 7 de julio de 2008

LISTO PARA MATAR, Carl Sandburg


Diez minutos llevo mirándolo.

Por aquí he pasado antes muchas veces y me ha extrañado.

He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un famoso general a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.

Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco, reducirlo a un montón de escombros, que se lo lleven a la chatarrería.


Te lo diré con toda claridad:

Luego de que el granjero, el minero, el tendero, el obrero, el bombero y el camionero

Hayan sido recordados en sus monumentos de bronce, dándoles la forma del trabajo de conseguirnos a todos, algo que comer, algo que vestir,


Cuando apilen unas cuantas siluetas

recortadas contra el cielo

aquí en el parque,

Y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el trabajo del mundo, que dan de comer a la gente en vez de aniquilarla,


Entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí

A contemplar con tranquilidad a este general del ejército que enarbola su bandera al viento

Y cabalga como un demonio en su montura, listo para matar a todo el que se le ponga por delante, listo para que corra


La sangre roja

por la hierba nueva y tierna de la pradera, y que la empapen las entrañas de los hombres.

Carl Sandburg,

EE. UU.


domingo, 6 de julio de 2008

ODA AL MAESTRO WALT WHITMAN, Pablo Neruda




Yo no recuerdo

A qué edad

Ni dónde,
Si en el gran Sur mojado
O en la costa

Temible, bajo el breve
Grito de las gaviotas,

Toqué una mano y era
La mano de Walt Whitman:
Pisé la tierra
Con los pies desnudos
Anduve sobre el pasto,

Sobre el firme rocío
De Walt Whitman.


Durante

Mi juventud
Toda
Me acompañó esa mano,

Ese rocío,
Su firmeza de fino patriarca,
su extensión de pradera,

Y su misión de paz circulatoria.

Sin Desdeñar
Los dones
De la tierra,
La copiosa
Curva del capitel,
Ni la inicial
Purpúrea de la sabiduría,

Me enseñaste

A ser americano,

Levantaste
Mis ojos
A los libros,
Hacia

El tesoro

De los cereales:
Ancho,
En la claridad

De las llanuras,
Me hiciste ver
El alto
Monte
Tutelar. Del eco
Subterráneo,

Para mí

Recogiste

Todo,
Todo lo que nacía,

Cosechaste
Galopando en la alfalfa,
Cortando para mí las amapolas,
Visitando
Los ríos,
Acudiendo en la tarde
A las cocinas.

Pero no sólo

Tierra
Sacó a la luz
Tu pala;
Desenterraste
Al hombre,
Y el

Esclavo
Humillado
Contigo, balanceando
La negra dignidad de su estatura,

Caminó conquistando
La alegría.
Al fogonero,
Abajo,

En la caldera,
Mandaste
Un canastito
De frutillas,
A todas las esquinas de tu pueblo
Un verso
Tuyo llegó de visita
Y era como un trozo
De cuerpo limpio
El verso que llegaba,

Como
Tu propia barba pescadora

O el solemne camino de tus piernas de acacia.

Pasó entre los soldados
Tu silueta

De bardo, de enfermero,
De cuidador nocturno
Que conoce
El sonido
De la respiración en la agonía

Y espera con la aurora
El silencioso
Regreso

De la vida.


Buen panadero!
Primo hermano mayor
De mis raíces,

Cúpula
De araucaria,
Hace
Ya
Cien
Años
Que sobre el pasto tuyo
Y sus germinaciones,
El viento
Pasa
Sin gastar tus ojos.

Nuevos
Y crueles años en tu patria:
Persecuciones,
Lágrimas,
Prisiones,
Armas envenenadas

Y guerras iracundas,
No han aplastado
La hierba de tu libro,
El manantial vital
De su frescura.
Y, ay!
Los

Que asesinaron
A Lincoln
Ahora
Se acuestan en su cama,
Derribaron

Su sitial
De olorosa madera
Y erigieron un trono

Por desventura y sangre
Salpicado.

Pero

Canta en
Las estaciones
Suburbanas
Tu voz,
En
Los
Desembarcaderos
Vespertinos
Chapotea

Como
Un agua oscura

Tu palabra,
Tu pueblo
Blanco
Y negro,
Pueblo
De pobres,
Pueblo simple

Como

Todos

Los pueblos,

No olvida
Tu campana:
Se congrega cantando

Bajo
La magnitud
De tu espaciosa vida:
Entre los pueblos con tu amor camina
Acariciando

El desarrollo puro
De la fraternidad sobre la tierra.

Pablo Neruda,
Chile


sábado, 5 de julio de 2008

SOBRE UNA TUMBA CÁNDIDA, Delmira Agustini



«Ha muerto..., ha muerto...», dicen tan claro que no entiendo...

¡Verter licor tan suave en vaso tan tremendo!...
Tal vez fue un mal extraño tu mirar por divino,
tu alma por celeste, o tu perfil por fino...

Tal vez fueron tus brazos dos capullos de alas...
¡Eran cielo a tu paso los jardines, las salas,
Y te asomaste al mundo dulce como una muerta!
Acaso tu ventana quedó una noche abierta.

-¡Oh, tentación de alas, una ventana abierta!-
¡Y te sedujo un ángel por la estrella más pura...
Y tus alas abrieron, y cortaron la altura
En un tijeretazo de luz y de candor!

Y en la alcoba que tu alma tapizaba de armiño,
Donde ardían los vasos de rosas de cariño,
La Soledad llamaba en silencio al Horror...


Delmira Agustini,
Uruguay


viernes, 4 de julio de 2008

EL NOMBRE DE LA PATRIA, Óscar Acosta



Mi patria es altísima.
No puedo escribir una letra sin oír
El viento que viene de su nombre.
Su forma irregular la hace más bella
Porque dan deseos de formarla, de hacerla
Como a un niño a quien se enseña a hablar,
A decir palabras tiernas y verdaderas,
A quien se le muestran los peligros del mundo.

Mi patria es altísima.
Por eso digo que su nombre se descompone
En millones de cosas para recordármela.
Lo he oído sonar en los caracoles incesantes.
Venía en los caballos y en los fuegos
Que mis ojos han visto y admirado.
Lo traían las muchachas hermosas en la voz
Y en una guitarra.

Mi patria es altísima.
No puedo imaginármela bajo el mar
O escondiéndose bajo su propia sombra.
Por eso digo que más allá del hombre,
Del amor que nos dan en cucharadas,
De la presencia viva del cadáver,
Está ardiendo el nombre de la patria.

Óscar Acosta,
Honduras