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miércoles, 26 de agosto de 2026

Una interpretación del poema III de España, aparta de mí este cáliz



Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos los compañeros pronto!

 

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus

pedazos.

 

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 

Introducción

 

El número III de este poema indica que, además de él, no hay otro título específico (como sí se da con los dos previos: I «Himno a los voluntarios de la República», y II «Batallas»). Empero, pienso que a ese poema III cuando se lo menciona (independientemente del libro) brota, por su propio peso, el nombre del personaje: Pedro Rojas. Aunque en el mismo libro hay otros personajes que alientan la vida de sus respectivos poemas: Ernesto Zúñiga (poema VI) y Ramón collar (poema VIII), pero Pedro Rojas es el personaje poético más increíble como símbolo de un pueblo que no muere, a pesar de todos los pedros rojas que murieron por él. Más, incluso, que el hombre anónimo del poema «Masa» que no muere porque es el mismo pueblo, vivo, que no lo deja morir. Paso, enseguida, a interpretar el poema:

 

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Lo que sorprende al lector, en el primer verso, no es que haya un personaje que tenga la costumbre de escribir, sino que lo haga en el aire y con su dedo grande. Y el lector puede decir: «cosa de poetas», y pasa al segundo verso en el que se precisa qué es lo que ese personaje escribe: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Ah, caramba ―insiste el lector― este sujeto no escribe en su casa y en un papel, sino en la calle, al aire libre, y se trata de una consigna política, pues el poema (y todo el libro) está situado en el contexto de la guerra civil española, y Pedro Rojas está vivando a sus compañeros, y lo hace con una falta ortográfica «viban», lo cual quiere decir que es un hombre del pueblo (sin preparación académica). Entonces, lo más probable es que ese hombre lo que hace son pintas en la calle, y el lugar indicado para ello son las paredes; y, si es así, lo más seguro es que está escribiendo su frase con una brocha, la misma que se convierte en «su dedo grande» (que, después, será «pluma de carne»). Y cuando el locutor poético dice que lo hace «en el aire», es porque el aire tiene la costumbre de arrastrar los papeles que están en el suelo y tienen escritura, y en este caso son las personas que pasan ―como el aire― y se llevan lo escrito con la arenga de dar vivas a los compañeros que están en los campos de batalla, y es una manera de hacer que los transeúntes tomen conciencia de esa realidad que puede parecer extraña porque no se percibe en la ciudad. Y lo más contundente de todo es que ese mensaje escrito tiene la firma del escritor: Pedro Rojas, que se está jugando la vida, es decir, que está firmando su sentencia de muerte, porque se puede decir, entonces, que es identificable y, por tanto, hombre muerto, como habrá de confirmarse después.

Y en los versos siguientes se expone la condición civil de Pedro Rojas, cuyo lugar de procedencia es «Miranda de Ebro» (Región de España de carácter industrial, especialmente, ferroviario, lo cual resalta su condición de obrero),  y que tiene una familia, y su ser «padre» y «marido» respalda su condición de «hombre», y, para mayor constancia de su ser obrero, es, más exactamente: ferroviario, y esa doble constancia, de tener familia y de ser obrero, su muerte de hombre, será también doble; por eso el locutor poético concluye su descripción así: «Pedro y sus dos muertes».

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos compañeros pronto! 

 

Con el símbolo «papel de viento», el locutor poético convierte a la pared, en la que está el mensaje de Pedro Rojas, en el papel que los transeúntes lo llevarán para que se divulgue la noticia de que «lo han matado» (ya que era una muerte anunciada), y, por eso, le dice «¡pasa!» con premura, que lo haga rápido. Y, al mismo tiempo, al «dedo grande» ―la brocha con la que Pedro Rojas materializó su mensaje, y es su «pluma de carne» ― igualmente le dice que debe difundir la infausta noticia. Y, por eso, el locutor poético, revive el estilo de Pedro Rojas (con faltas ortográficas) y escribe: «¡Abisa a todos compañeros pronto!» Obsérvese que la palabra «compañeros» no va precedida del artículo «los», y lo hace así para que esa forma indeterminada involucre a todo el pueblo, sin distinción ideológica.

 

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

El primer verso de esta estrofa es una reminiscencia de la cruz cristiana («Palo» que es el símbolo de la gendarmería, de la opresión) y en el que han clavado su cuerpo («madero» la madera es más que el palo: el hombre es más que sus asesinos), constituyendo todo esto el lugar en el que se ha perpetrado ese crimen, y es apelado también por el locutor poético para que tome conciencia de lo ocurrido, que no es poca cosa: «lo han matado», y como testigo de ese suceso está «su dedo grande»: su brocha. Y otra vez se anuncia la duplicidad de su muerte: han matado a Pedro, el obrero, nombre con el que era conocido por todos; pero también han matado a Rojas que es el apellido con que formó su hogar y con el que firmó su sentencia de muerte, y el que heredan sus hijos y su mujer.

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

En los dos primeros versos de esta estrofa (y hasta en el tercero), el locutor poético reitera el estilo con faltas ortográficas del personaje Pedro Rojas, quien pusiera a los compañeros en el lugar preferencial de su aire escrito: la cabecera, para pedir que sigan viviendo, porque su vida representa la libertad de ese aire.

Y, de inmediato, el locutor poético explica la falta de ortografía: «¡Viban con esta b del buitre en las entrañas…», y el lector interpreta que la «b del buitre» está en el centro de la palabra «Viban» que son las entrañas de esa palabra; pero también resultan ser las entrañas de Pedro Rojas, en representación de Prometeo, el personaje de la mitología griega que fue el primero en sentir amor por la humanidad toda, y se sacrificó por ella para darle la libertad del albedrío, la capacidad de decidir por ella misma y que no dependa su destino de la voluntad de los dioses en el cielo y de los poderosos en la tierra, recibiendo Prometeo el castigo de estos, que consistía en que un buitre le devorara las entrañas per omnia saecula saeculorum: por todos los siglos de los siglos. Es entonces, que en Pedro Rojas se está repitiendo el sacrificio de Prometeo, en representación de todos los trabajadores en lucha contra los señores del poder. Y este sacrificio lo resume su doble muerte: como héroe de su clase y como mártir de su hogar.

 

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Para sorpresa de sus asesinos (pues son ellos los que hurgan en su ropa, haciendo el registro al que están facultados): «sorprendiéronle / en su cuerpo un gran cuerpo, para / el alma del mundo», porque su cuerpo es el cuerpo que le falta al alma del mundo: porque los héroes y mártires son los que mantienen viva el alma del mundo (y un mundo que necesita de héroes y mártires para vivir es un alma sin cuerpo, por el gran esfuerzo que hacen los poderosos para que esto sea así). Pero esos asesinos, asalariados del poder, descubrieron además «una cuchara muerta», que es el símbolo del hambre: un objeto que no se usa es un objeto muerto: una cuchara muerta no cumple con su objetivo de ser usada para comer, y si no hay qué comer: hay hambre. 

La «cuchara muerta» es el símbolo del hambre del mundo, y, en el caso de Pedro Rojas, su cuchara muerta significa, además, el hambre de sus hijos; es una cuchara que estando vivo la tenía para usarla él mismo y también para «las criaturas de su carne», no solo de su casa sino del mundo; porque, él estando vivo, como todas «las criaturas de su carne» solía asear, pintar / la mesa», acciones que son remedo (pintura) del aseo y la mesa (reales) de los poderosos y los pudientes (me viene a la memoria la imagen de la comida, consistente en un zapato, en la película de Chaplin, El pibe); sin embargo, Pedro Rojas, como símbolo de los trabajadores, suele «vivir dulcemente / en representación de todo el mundo» (el mundo de los pobres). O sea que la cuchara era parte de la vida de Pedro Rojas, y anduvo con ella, dice el locutor poético, «despierto o bien cuando dormía, siempre», ya sea que estuviera muerta (sin uso) o «viva, ella y sus símbolos»: el hambre y la pobreza. Por eso, la muerte de Pedro Rojas debe ser conocida por todos, porque él también está muriendo en representación de todos los de su clase. Y el grito del escrito de Pedro Rojas debe hacerse unánime: «¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!»

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus

pedazos.

 

Cuando el locutor poético escribe «Lo han matado, obligándole a morir» el lector puede pensar que hay una flagrante redundancia; pero también puede pensar que hay dos maneras de matar a alguien, una, poniéndolo en una prisión de por vida, y, dos, usando un arma. En el primer caso, no lo obligan a morir; pero lo que ha ocurrido con Pedro Rojas es el segundo: que lo han obligado a morir. Y, es una muerte doble, como se ha reiterado desde el principio del poema, por eso dice que han matado a Pedro (el obrero), a Rojas (el padre), dos en uno: el hombre, aquel que, como todos, «nació muy niñín» y, como para él todo era grande, nació «mirando al cielo» (esto también se puede interpretar como que desde niño le enseñaron a creer en el dios del cielo); pero, igual como todos los hombres, «luego» creció, aunque —no como todos—: «se puso rojo» se volvió comunista y, con la adopción de esa ideología, «luchó con sus células», es decir, lo hizo con todo su organismo, y fue una lucha dialéctica consigo mismo: negando lo que hay que hacer, que es luchar con sus dudas, porque «todavía» no ha llegado el momento, porque es luchar con «sus hambres» (si lo pierdo todo) y también con «sus pedazos», es decir, luchar con todo lo que le queda después de haber perdido todo.

 

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

La expresión «Lo han matado suavemente» parece contradecir lo leído antes: «obligándole a morir»; pero no hay contradicción: lo obligan a morir torturándolo con agresiones pertinaces, tercas, obstinadas («suavemente»); pero lo peor es que esas torturas fueron hechas frente a su mujer que solo tenía su cabello para protegerlo: «Lo han matado (…) entre el cabello de su mujer la Juana Vásquez,» y eso ha ocurrido «a la hora del fuego», cuando los compañeros se batían, a fuego cruzado, con los fascistas; «al año del balazo», cuando recién empezaba a organizarse la república y se da el levantamiento de las huestes franquistas, «y cuando andaba cerca ya de todo», es decir, cuando se creía haber alcanzado lo más esperado hasta entonces: liberarse del estado feudal, monárquico y despótico. Porque no se trataba de instaurar el socialismo, sino de defender lo conquistado: la república burguesa.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

Hay expresiones que sintetizan lo expuesto en esta estrofa, por ejemplo: «Si volviera a nacer, haría lo mismo». Y este es el caso de Pedro Rojas, que adelanta lo que ocurrirá en el poema «Maza», solo que de manera inversa: que se vuelve a la vida por la fuerza del mundo. En este poema es Pedro Rojas quien vive por los demás, no es porque todos lo quieren; es porque él quiere a todos; por eso se levanta, después de muerto, «besa su catafalco ensangrentado», llora «por España» y vuelve «a escribir con el dedo en el aire: / «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». No podía, no debía morir definitivamente, porque él representa a todos, porque todos son él: porque en su cuerpo se sorprende un gran cuerpo de todos para el alma del mundo (versos 18, 19 y 20). El mundo siempre necesitará de héroes como Pedro Rojas, mientras haya injusticia: mientras todos no estén parados a la misma altura, para –así– recién saber quién es el más alto (Brecht).