Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.
Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos los compañeros pronto!
Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!
Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta.
Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!
Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres,
sus
pedazos.
Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.
Pedro Rojas, así, después de muerto,
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».
Su cadáver estaba lleno de mundo.
Introducción
El número III de este poema indica que, además de él, no hay
otro título específico (como sí se da con los dos previos: I «Himno a los
voluntarios de la República», y II «Batallas»). Empero, pienso que a ese poema
III cuando se lo menciona (independientemente del libro) brota, por su propio
peso, el nombre del personaje: Pedro Rojas. Aunque en el mismo libro hay otros
personajes que alientan la vida de sus respectivos poemas: Ernesto Zúñiga
(poema VI) y Ramón collar (poema VIII), pero Pedro Rojas es el personaje
poético más increíble como símbolo de un pueblo que no muere, a pesar de todos
los pedros rojas que murieron por él. Más, incluso, que el hombre anónimo del
poema «Masa» que no muere porque es el mismo pueblo, vivo, que no lo deja
morir. Paso, enseguida, a interpretar el poema:
Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.
Lo que sorprende al lector, en el primer verso, no es que
haya un personaje que tenga la costumbre de escribir, sino que lo haga en el
aire y con su dedo grande. Y el lector puede decir: «cosa de poetas», y pasa al
segundo verso en el que se precisa qué es lo que ese personaje escribe: «¡Viban
los compañeros! Pedro Rojas». Ah, caramba ―insiste el lector― este sujeto no
escribe en su casa y en un papel, sino en la calle, al aire libre, y se trata
de una consigna política, pues el poema (y todo el libro) está situado en el
contexto de la guerra civil española, y Pedro Rojas está vivando a sus
compañeros, y lo hace con una falta ortográfica «viban», lo cual quiere decir
que es un hombre del pueblo (sin preparación académica). Entonces, lo más
probable es que ese hombre lo que hace son pintas en la calle, y el lugar
indicado para ello son las paredes; y, si es así, lo más seguro es que está
escribiendo su frase con una brocha, la misma que se convierte en «su dedo
grande» (que, después, será «pluma de carne»). Y cuando el locutor poético dice
que lo hace «en el aire», es porque el aire tiene la costumbre de arrastrar los
papeles que están en el suelo y tienen escritura, y en este caso son las
personas que pasan ―como el aire― y se llevan lo escrito con la arenga de dar
vivas a los compañeros que están en los campos de batalla, y es una manera de
hacer que los transeúntes tomen conciencia de esa realidad que puede parecer
extraña porque no se percibe en la ciudad. Y lo más contundente de todo es que
ese mensaje escrito tiene la firma del escritor: Pedro Rojas, que se está
jugando la vida, es decir, que está firmando su sentencia de muerte, porque se
puede decir, entonces, que es identificable y, por tanto, hombre muerto, como
habrá de confirmarse después.
Y en los versos siguientes se expone la condición civil de
Pedro Rojas, cuyo lugar de procedencia es «Miranda de Ebro» (Región de España
de carácter industrial, especialmente, ferroviario, lo cual resalta su
condición de obrero), y que tiene una
familia, y su ser «padre» y «marido» respalda su condición de «hombre», y, para
mayor constancia de su ser obrero, es, más exactamente: ferroviario, y esa
doble constancia, de tener familia y de ser obrero, su muerte de hombre, será
también doble; por eso el locutor poético concluye su descripción así: «Pedro y
sus dos muertes».
Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!
Con el símbolo «papel de viento», el locutor poético
convierte a la pared, en la que está el mensaje de Pedro Rojas, en el papel que
los transeúntes lo llevarán para que se divulgue la noticia de que «lo han
matado» (ya que era una muerte anunciada), y, por eso, le dice «¡pasa!»
con premura, que lo haga rápido. Y, al mismo tiempo, al «dedo grande» ―la
brocha con la que Pedro Rojas materializó su mensaje, y es su «pluma de carne»
― igualmente le dice que debe difundir la infausta noticia. Y, por eso, el locutor
poético, revive el estilo de Pedro Rojas (con faltas ortográficas) y escribe:
«¡Abisa a todos compañeros pronto!» Obsérvese que la palabra «compañeros» no va
precedida del artículo «los», y lo hace así para que esa forma indeterminada
involucre a todo el pueblo, sin distinción ideológica.
Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!
El primer verso de esta estrofa es una reminiscencia de la
cruz cristiana («Palo» que es el símbolo de la gendarmería, de la opresión) y
en el que han clavado su cuerpo («madero» la madera es más que el palo: el
hombre es más que sus asesinos), constituyendo todo esto el lugar en el que se
ha perpetrado ese crimen, y es apelado también por el locutor poético para que
tome conciencia de lo ocurrido, que no es poca cosa: «lo han matado», y como
testigo de ese suceso está «su dedo grande»: su brocha. Y otra vez se anuncia
la duplicidad de su muerte: han matado a Pedro, el obrero, nombre con el que
era conocido por todos; pero también han matado a Rojas que es el apellido con
que formó su hogar y con el que firmó su sentencia de muerte, y el que heredan
sus hijos y su mujer.
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!
En los dos primeros versos de esta estrofa (y hasta en el
tercero), el locutor poético reitera el estilo con faltas ortográficas del
personaje Pedro Rojas, quien pusiera a los compañeros en el lugar preferencial
de su aire escrito: la cabecera, para pedir que sigan viviendo, porque su vida
representa la libertad de ese aire.
Y, de inmediato, el locutor poético explica la falta de
ortografía: «¡Viban con esta b del buitre en las entrañas…», y el lector
interpreta que la «b del buitre» está en el centro de la palabra «Viban» que
son las entrañas de esa palabra; pero también resultan ser las entrañas de
Pedro Rojas, en representación de Prometeo, el personaje de la mitología griega
que fue el primero en sentir amor por la humanidad toda, y se sacrificó por
ella para darle la libertad del albedrío, la capacidad de decidir por ella misma
y que no dependa su destino de la voluntad de los dioses en el cielo y de los
poderosos en la tierra, recibiendo Prometeo el castigo de estos, que consistía
en que un buitre le devorara las entrañas per omnia saecula saeculorum:
por todos los siglos de los siglos. Es entonces, que en Pedro Rojas se está
repitiendo el sacrificio de Prometeo, en representación de todos los
trabajadores en lucha contra los señores del poder. Y este sacrificio lo resume
su doble muerte: como héroe de su clase y como mártir de su hogar.
Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta.
Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!
Para sorpresa de sus asesinos (pues son ellos los que hurgan
en su ropa, haciendo el registro al que están facultados): «sorprendiéronle /
en su cuerpo un gran cuerpo, para / el alma del mundo», porque su cuerpo es el
cuerpo que le falta al alma del mundo: porque los héroes y mártires son los que
mantienen viva el alma del mundo (y un mundo que necesita de héroes y mártires
para vivir es un alma sin cuerpo, por el gran esfuerzo que hacen los poderosos
para que esto sea así). Pero esos asesinos, asalariados del poder, descubrieron
además «una cuchara muerta», que es el símbolo del hambre: un objeto que no se
usa es un objeto muerto: una cuchara muerta no cumple con su objetivo de ser
usada para comer, y si no hay qué comer: hay hambre.
La «cuchara muerta» es el símbolo del hambre del mundo, y,
en el caso de Pedro Rojas, su cuchara muerta significa, además, el hambre de
sus hijos; es una cuchara que estando vivo la tenía para usarla él mismo y
también para «las criaturas de su carne», no solo de su casa sino del mundo;
porque, él estando vivo, como todas «las criaturas de su carne» solía asear,
pintar / la mesa», acciones que son remedo (pintura) del aseo y la mesa
(reales) de los poderosos y los pudientes (me viene a la memoria la imagen de
la comida, consistente en un zapato, en la película de Chaplin, El pibe);
sin embargo, Pedro Rojas, como símbolo de los trabajadores, suele «vivir
dulcemente / en representación de todo el mundo» (el mundo de los pobres). O
sea que la cuchara era parte de la vida de Pedro Rojas, y anduvo con ella, dice
el locutor poético, «despierto o bien cuando dormía, siempre», ya sea que
estuviera muerta (sin uso) o «viva, ella y sus símbolos»: el hambre y la
pobreza. Por eso, la muerte de Pedro Rojas debe ser conocida por todos, porque
él también está muriendo en representación de todos los de su clase. Y el grito
del escrito de Pedro Rojas debe hacerse unánime: «¡Viban los compañeros al pie
de esta cuchara para siempre!»
Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres,
sus
pedazos.
Cuando el locutor poético escribe «Lo han matado,
obligándole a morir» el lector puede pensar que hay una flagrante redundancia;
pero también puede pensar que hay dos maneras de matar a alguien, una,
poniéndolo en una prisión de por vida, y, dos, usando un arma. En el primer
caso, no lo obligan a morir; pero lo que ha ocurrido con Pedro Rojas es el
segundo: que lo han obligado a morir. Y, es una muerte doble, como se ha
reiterado desde el principio del poema, por eso dice que han matado a Pedro (el
obrero), a Rojas (el padre), dos en uno: el hombre, aquel que, como todos,
«nació muy niñín» y, como para él todo era grande, nació «mirando al cielo»
(esto también se puede interpretar como que desde niño le enseñaron a creer en
el dios del cielo); pero, igual como todos los hombres, «luego» creció, aunque
—no como todos—: «se puso rojo» se volvió comunista y, con la adopción de esa
ideología, «luchó con sus células», es decir, lo hizo con todo su organismo, y
fue una lucha dialéctica consigo mismo: negando lo que hay que hacer, que es
luchar con sus dudas, porque «todavía» no ha llegado el momento, porque es
luchar con «sus hambres» (si lo pierdo todo) y también con «sus pedazos», es
decir, luchar con todo lo que le queda después de haber perdido todo.
Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.
La expresión «Lo han matado suavemente» parece contradecir
lo leído antes: «obligándole a morir»; pero no hay contradicción: lo obligan a
morir torturándolo con agresiones pertinaces, tercas, obstinadas
(«suavemente»); pero lo peor es que esas torturas fueron hechas frente a su
mujer que solo tenía su cabello para protegerlo: «Lo han matado (…) entre el
cabello de su mujer la Juana Vásquez,» y eso ha ocurrido «a la hora del fuego»,
cuando los compañeros se batían, a fuego cruzado, con los fascistas; «al año
del balazo», cuando recién empezaba a organizarse la república y se da el
levantamiento de las huestes franquistas, «y cuando andaba cerca ya de todo»,
es decir, cuando se creía haber alcanzado lo más esperado hasta entonces:
liberarse del estado feudal, monárquico y despótico. Porque no se trataba de
instaurar el socialismo, sino de defender lo conquistado: la república
burguesa.
Pedro Rojas, así, después de muerto,
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».
Su cadáver estaba lleno de mundo.
Hay expresiones que sintetizan lo expuesto en esta estrofa,
por ejemplo: «Si volviera a nacer, haría lo mismo». Y este es el caso de Pedro
Rojas, que adelanta lo que ocurrirá en el poema «Maza», solo que de manera
inversa: que se vuelve a la vida por la fuerza del mundo. En este poema es
Pedro Rojas quien vive por los demás, no es porque todos lo quieren; es porque
él quiere a todos; por eso se levanta, después de muerto, «besa su catafalco
ensangrentado», llora «por España» y vuelve «a escribir con el dedo en el aire:
/ «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». No podía, no debía morir
definitivamente, porque él representa a todos, porque todos son él: porque en
su cuerpo se sorprende un gran cuerpo de todos para el alma del mundo (versos
18, 19 y 20). El mundo siempre necesitará de héroes como Pedro Rojas, mientras
haya injusticia: mientras todos no estén parados a la misma altura, para –así–
recién saber quién es el más alto (Brecht).





