Visítenos ahora en

Visítenos ahora en www.juliocarmona.com

miércoles, 26 de agosto de 2026

Una interpretación del poema III de España, aparta de mí este cáliz



Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos los compañeros pronto!

 

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus

pedazos.

 

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 

Introducción

 

El número III de este poema indica que, además de él, no hay otro título específico (como sí se da con los dos previos: I «Himno a los voluntarios de la República», y II «Batallas»). Empero, pienso que a ese poema III cuando se lo menciona (independientemente del libro) brota, por su propio peso, el nombre del personaje: Pedro Rojas. Aunque en el mismo libro hay otros personajes que alientan la vida de sus respectivos poemas: Ernesto Zúñiga (poema VI) y Ramón collar (poema VIII), pero Pedro Rojas es el personaje poético más increíble como símbolo de un pueblo que no muere, a pesar de todos los pedros rojas que murieron por él. Más, incluso, que el hombre anónimo del poema «Masa» que no muere porque es el mismo pueblo, vivo, que no lo deja morir. Paso, enseguida, a interpretar el poema:

 

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Lo que sorprende al lector, en el primer verso, no es que haya un personaje que tenga la costumbre de escribir, sino que lo haga en el aire y con su dedo grande. Y el lector puede decir: «cosa de poetas», y pasa al segundo verso en el que se precisa qué es lo que ese personaje escribe: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Ah, caramba ―insiste el lector― este sujeto no escribe en su casa y en un papel, sino en la calle, al aire libre, y se trata de una consigna política, pues el poema (y todo el libro) está situado en el contexto de la guerra civil española, y Pedro Rojas está vivando a sus compañeros, y lo hace con una falta ortográfica «viban», lo cual quiere decir que es un hombre del pueblo (sin preparación académica). Entonces, lo más probable es que ese hombre lo que hace son pintas en la calle, y el lugar indicado para ello son las paredes; y, si es así, lo más seguro es que está escribiendo su frase con una brocha, la misma que se convierte en «su dedo grande» (que, después, será «pluma de carne»). Y cuando el locutor poético dice que lo hace «en el aire», es porque el aire tiene la costumbre de arrastrar los papeles que están en el suelo y tienen escritura, y en este caso son las personas que pasan ―como el aire― y se llevan lo escrito con la arenga de dar vivas a los compañeros que están en los campos de batalla, y es una manera de hacer que los transeúntes tomen conciencia de esa realidad que puede parecer extraña porque no se percibe en la ciudad. Y lo más contundente de todo es que ese mensaje escrito tiene la firma del escritor: Pedro Rojas, que se está jugando la vida, es decir, que está firmando su sentencia de muerte, porque se puede decir, entonces, que es identificable y, por tanto, hombre muerto, como habrá de confirmarse después.

Y en los versos siguientes se expone la condición civil de Pedro Rojas, cuyo lugar de procedencia es «Miranda de Ebro» (Región de España de carácter industrial, especialmente, ferroviario, lo cual resalta su condición de obrero),  y que tiene una familia, y su ser «padre» y «marido» respalda su condición de «hombre», y, para mayor constancia de su ser obrero, es, más exactamente: ferroviario, y esa doble constancia, de tener familia y de ser obrero, su muerte de hombre, será también doble; por eso el locutor poético concluye su descripción así: «Pedro y sus dos muertes».

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos compañeros pronto! 

 

Con el símbolo «papel de viento», el locutor poético convierte a la pared, en la que está el mensaje de Pedro Rojas, en el papel que los transeúntes lo llevarán para que se divulgue la noticia de que «lo han matado» (ya que era una muerte anunciada), y, por eso, le dice «¡pasa!» con premura, que lo haga rápido. Y, al mismo tiempo, al «dedo grande» ―la brocha con la que Pedro Rojas materializó su mensaje, y es su «pluma de carne» ― igualmente le dice que debe difundir la infausta noticia. Y, por eso, el locutor poético, revive el estilo de Pedro Rojas (con faltas ortográficas) y escribe: «¡Abisa a todos compañeros pronto!» Obsérvese que la palabra «compañeros» no va precedida del artículo «los», y lo hace así para que esa forma indeterminada involucre a todo el pueblo, sin distinción ideológica.

 

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

El primer verso de esta estrofa es una reminiscencia de la cruz cristiana («Palo» que es el símbolo de la gendarmería, de la opresión) y en el que han clavado su cuerpo («madero» la madera es más que el palo: el hombre es más que sus asesinos), constituyendo todo esto el lugar en el que se ha perpetrado ese crimen, y es apelado también por el locutor poético para que tome conciencia de lo ocurrido, que no es poca cosa: «lo han matado», y como testigo de ese suceso está «su dedo grande»: su brocha. Y otra vez se anuncia la duplicidad de su muerte: han matado a Pedro, el obrero, nombre con el que era conocido por todos; pero también han matado a Rojas que es el apellido con que formó su hogar y con el que firmó su sentencia de muerte, y el que heredan sus hijos y su mujer.

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

En los dos primeros versos de esta estrofa (y hasta en el tercero), el locutor poético reitera el estilo con faltas ortográficas del personaje Pedro Rojas, quien pusiera a los compañeros en el lugar preferencial de su aire escrito: la cabecera, para pedir que sigan viviendo, porque su vida representa la libertad de ese aire.

Y, de inmediato, el locutor poético explica la falta de ortografía: «¡Viban con esta b del buitre en las entrañas…», y el lector interpreta que la «b del buitre» está en el centro de la palabra «Viban» que son las entrañas de esa palabra; pero también resultan ser las entrañas de Pedro Rojas, en representación de Prometeo, el personaje de la mitología griega que fue el primero en sentir amor por la humanidad toda, y se sacrificó por ella para darle la libertad del albedrío, la capacidad de decidir por ella misma y que no dependa su destino de la voluntad de los dioses en el cielo y de los poderosos en la tierra, recibiendo Prometeo el castigo de estos, que consistía en que un buitre le devorara las entrañas per omnia saecula saeculorum: por todos los siglos de los siglos. Es entonces, que en Pedro Rojas se está repitiendo el sacrificio de Prometeo, en representación de todos los trabajadores en lucha contra los señores del poder. Y este sacrificio lo resume su doble muerte: como héroe de su clase y como mártir de su hogar.

 

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Para sorpresa de sus asesinos (pues son ellos los que hurgan en su ropa, haciendo el registro al que están facultados): «sorprendiéronle / en su cuerpo un gran cuerpo, para / el alma del mundo», porque su cuerpo es el cuerpo que le falta al alma del mundo: porque los héroes y mártires son los que mantienen viva el alma del mundo (y un mundo que necesita de héroes y mártires para vivir es un alma sin cuerpo, por el gran esfuerzo que hacen los poderosos para que esto sea así). Pero esos asesinos, asalariados del poder, descubrieron además «una cuchara muerta», que es el símbolo del hambre: un objeto que no se usa es un objeto muerto: una cuchara muerta no cumple con su objetivo de ser usada para comer, y si no hay qué comer: hay hambre. 

La «cuchara muerta» es el símbolo del hambre del mundo, y, en el caso de Pedro Rojas, su cuchara muerta significa, además, el hambre de sus hijos; es una cuchara que estando vivo la tenía para usarla él mismo y también para «las criaturas de su carne», no solo de su casa sino del mundo; porque, él estando vivo, como todas «las criaturas de su carne» solía asear, pintar / la mesa», acciones que son remedo (pintura) del aseo y la mesa (reales) de los poderosos y los pudientes (me viene a la memoria la imagen de la comida, consistente en un zapato, en la película de Chaplin, El pibe); sin embargo, Pedro Rojas, como símbolo de los trabajadores, suele «vivir dulcemente / en representación de todo el mundo» (el mundo de los pobres). O sea que la cuchara era parte de la vida de Pedro Rojas, y anduvo con ella, dice el locutor poético, «despierto o bien cuando dormía, siempre», ya sea que estuviera muerta (sin uso) o «viva, ella y sus símbolos»: el hambre y la pobreza. Por eso, la muerte de Pedro Rojas debe ser conocida por todos, porque él también está muriendo en representación de todos los de su clase. Y el grito del escrito de Pedro Rojas debe hacerse unánime: «¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!»

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus

pedazos.

 

Cuando el locutor poético escribe «Lo han matado, obligándole a morir» el lector puede pensar que hay una flagrante redundancia; pero también puede pensar que hay dos maneras de matar a alguien, una, poniéndolo en una prisión de por vida, y, dos, usando un arma. En el primer caso, no lo obligan a morir; pero lo que ha ocurrido con Pedro Rojas es el segundo: que lo han obligado a morir. Y, es una muerte doble, como se ha reiterado desde el principio del poema, por eso dice que han matado a Pedro (el obrero), a Rojas (el padre), dos en uno: el hombre, aquel que, como todos, «nació muy niñín» y, como para él todo era grande, nació «mirando al cielo» (esto también se puede interpretar como que desde niño le enseñaron a creer en el dios del cielo); pero, igual como todos los hombres, «luego» creció, aunque —no como todos—: «se puso rojo» se volvió comunista y, con la adopción de esa ideología, «luchó con sus células», es decir, lo hizo con todo su organismo, y fue una lucha dialéctica consigo mismo: negando lo que hay que hacer, que es luchar con sus dudas, porque «todavía» no ha llegado el momento, porque es luchar con «sus hambres» (si lo pierdo todo) y también con «sus pedazos», es decir, luchar con todo lo que le queda después de haber perdido todo.

 

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

La expresión «Lo han matado suavemente» parece contradecir lo leído antes: «obligándole a morir»; pero no hay contradicción: lo obligan a morir torturándolo con agresiones pertinaces, tercas, obstinadas («suavemente»); pero lo peor es que esas torturas fueron hechas frente a su mujer que solo tenía su cabello para protegerlo: «Lo han matado (…) entre el cabello de su mujer la Juana Vásquez,» y eso ha ocurrido «a la hora del fuego», cuando los compañeros se batían, a fuego cruzado, con los fascistas; «al año del balazo», cuando recién empezaba a organizarse la república y se da el levantamiento de las huestes franquistas, «y cuando andaba cerca ya de todo», es decir, cuando se creía haber alcanzado lo más esperado hasta entonces: liberarse del estado feudal, monárquico y despótico. Porque no se trataba de instaurar el socialismo, sino de defender lo conquistado: la república burguesa.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

Hay expresiones que sintetizan lo expuesto en esta estrofa, por ejemplo: «Si volviera a nacer, haría lo mismo». Y este es el caso de Pedro Rojas, que adelanta lo que ocurrirá en el poema «Maza», solo que de manera inversa: que se vuelve a la vida por la fuerza del mundo. En este poema es Pedro Rojas quien vive por los demás, no es porque todos lo quieren; es porque él quiere a todos; por eso se levanta, después de muerto, «besa su catafalco ensangrentado», llora «por España» y vuelve «a escribir con el dedo en el aire: / «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». No podía, no debía morir definitivamente, porque él representa a todos, porque todos son él: porque en su cuerpo se sorprende un gran cuerpo de todos para el alma del mundo (versos 18, 19 y 20). El mundo siempre necesitará de héroes como Pedro Rojas, mientras haya injusticia: mientras todos no estén parados a la misma altura, para –así– recién saber quién es el más alto (Brecht).

 

lunes, 24 de agosto de 2026

Soneto

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


Que me premien por bueno, no es mi meta,

pues es, en todo caso, mi deber;

si me acusan de malo por poeta,

pues tendría que volver a nacer.

Me premio solo yo, sin más receta,

cuando el pueblo me entrega su saber;

cuento, de esa manera, con tener

reservas de cariño, cual cometas

cuyos hilos de sangre dejan ver

que se nace y se hace en una clase

y se vive y se muere en ese ser,

porque es casi cariño de mujer

que no te exige boleto ni pase:

solamente el derecho de nacer.


Julio Carmona

martes, 30 de agosto de 2016

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


Cuando el día 13 de julio me enteré del lamentable deceso de Miguel Gutiérrez Correa, cumplí con el penoso deber de difundir tan infausta noticia por los medios de que dispongo en Internet, y de hacérselo saber a mis estudiantes de la Universidad Nacional de Piura. Sin embargo, me abstuve de expresar lo que sentía en torno a ese hecho. Y pensé que, igual, no era pertinente hacer un recuento de mi amistad con él, y mucho menos lo era referirme a las diferencias que, en los últimos tiempos, nos habían distanciado, especialmente en el terreno de las ideas, tanto poéticas como políticas. Esto último, además, ya lo había hecho conocer en algunos medios físicos y virtuales. Y, por otro lado, sobre dichas diferencias, para entonces no hacía mucho que se había editado el libro en el que reúno esas apreciaciones.[1] Y este libro, reitero, publicado varios días antes del óbito de Miguel, seguramente ya figuraba (como ocurre hasta ahora) en las librerías virtuales con que trabaja la editorial, difusión en la que no me asiste la menor intervención.
Lo que me mueve, ahora, a opinar sobre este lamentable suceso, no es, pues, hacer resaltar la edición del libro aludido (que, por lo demás —insisto—, solo se difunde en ciertas librerías virtuales, de cuyo nombre no quiero acordarme), ni tampoco pormenorizar hechos o anécdotas de la amistad que me unió a Miguel. Lo hago solo para cuestionar el mal apelativo que se le ha adosado, al menos por dos comentaristas de un diario de la capital[2], en sendos artículos que aparecen el mismo día: «El viejo saurio ha partido» (de Raúl Mendoza) y «El viejo saurio» (de Alonso Cueto). Ambos artículos, obviamente, hacen referencia al título de la primera novela de Miguel. Y ni siquiera aluden a uno de los personajes de sus tantas novelas, como podría ser Martín Villar, de quien el autor —en cierta forma— es su alter ego. Es como si alguien se hubiera referido a Gabriel García Márquez, al momento de su fallecimiento, llamándolo «el patriarca» en alusión al personaje de El otoño del patriarca, que es todo lo que se quiera pero menos un personaje positivo o edificante con cuyo apelativo el autor se hubiera podido sentir halagado.
En el caso de Miguel es una denominación que —a riesgo de incurrir en ucronía— estoy seguro que a él le habría sabido a «chicharrón de sebo». Una interpretación del título de esa primera novela de Miguel, es que con él se hace referencia a la «retirada» del desierto que rodeaba a la ciudad de Piura en la década del cincuenta del siglo pasado, por el empuje no solo del crecimiento poblacional sino también de la decadencia en que había degenerado la clase terrateniente y oligárquica, que incluye a los representantes del clero (satirizados en la obra), y que había dominado a Piura desde la colonia; y, por tanto, alude no solo al desierto sino también a esta clase social que, como los lagartos, pacazos, iguanas y lagartijas (habitantes representativos del desierto, compendiados en la sinécdoque de mencionar a la parte por el todo, en la escueta expresión «saurio») estaban en retirada por el crecimiento de la ciudad y por el despertar del pueblo.
Por lo demás, El viejo saurio se retira no es un título que perteneciera a Miguel. Le fue sugerido por Carlos Milla Batres, el editor, para reemplazar a «Ejercicios espirituales» que era el título original, por considerar el editor que este era poco atractivo y de nulo efecto para el marketing. Esta aclaración, si mal no recuerdo, creo haberla leído en alguno de los escritos de reflexión de Miguel, y de no ser así, pues sí recuerdo haberla escuchado de su propia voz. Lo cierto es que no deja de ser un buen título, pero en el sentido arriba señalado, como recusación de la Piura patriarcal, clerical y pacata. Y de ninguna manera atribuible a su autor. A este más bien lo denigra. Resulta ser un recurso de muy mal gusto. Y el uso de ese título puede obedecer —por decir lo menos— ya sea a que no se ha leído la novela de la que proviene o que de haberlo hecho no se lo ha sabido interpretar en su verdadera dimensión.
Por mi parte, pese a las diferencias ya señaladas, nunca he dejado de considerar a Miguel en su exacta valía como narrador y como pensador, aunque, repito, no esté de acuerdo con sus opiniones ideológicas o gustos estéticos vertidos en gran parte de su obra narrativa y ensayística. Debo, sí, manifestar, que siempre me sentí honrado de ser su amigo. Y en mérito a esa amistad, he creído necesario hacer esta aclaración, que espero sea tomada en ese único sentido, muy lejos de cualquier interés mezquino que —interesadamente— se me quisiera atribuir.



[1] Julio Carmona (2018). Poética y política. Análisis a Confesiones de Tamara Fiol. California: Windmills Editions.
[2] La República, Lima, 17 de julio de 2016, pp. 18 y 37.

viernes, 16 de octubre de 2015

El concierto poético de Winston Orrilllo

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

Pienso en la música de la poesía, al momento de escribir el epígrafe de este artículo, y, justo, cuando me dispongo a escribir algo en torno a la poesía de Winston Orrillo, porque una de las notas características de su poesía es la musicalidad. Y, más específicamente, me refiero a su último libro, cuyo título —realmente— desconcierta: Poemas desconcertados. Pero, pasado el desconcierto inicial, no queda otra alternativa que reconocer su pertinencia, porque es así la personalidad de su autor que «rompe reglas, salta vallas y se planta en medio de la polémica» (como atinadamente lo explica él en el Prólogo). Y, realmente, no es nada fácil para mí adoptar esa disposición de escribir algo en el sentido aludido. Porque sobre el particular hay bastante pan por rebanar. En principio, es tanta la cantidad de poemas (no en vano han sido extraídos de más de veinte libros) que abordarlos a todos, o a gran parte de ellos, daría para una tesis en la Escuela de Literatura de cualquier Universidad que la tenga. Y, pues, lo mismo se puede decir de su calidad.
Winston Orrillo, es ocioso decirlo, es uno de los más reconocidos poetas de la generación del ’60. Pese a que él mismo manifiesta, en el Prólogo, que se siente desconocido o no leído por la gente —incluidas las nuevas generaciones— interesada por la poesía lírica, que no es poca (aunque de esta dé la impresión de haber sido apabullada, en los últimos tiempos, por la narrativa).
Pero, volviendo a la iconoclastia del título, se puede decir que lo característico de este libro es que contradice la famosa prevención que Rainer María Rilke hizo a su joven corresponsal (en sus Cartas a un joven poeta) de ‘evitar la poesía amorosa y la poesía política’ por haber sido tratadas con tanta profusión y por tantos grandes poetas, que el hacerlo conlleva el riesgo de quedar rezagado para cualquier valoración crítica. Y Orrillo escribe poemas de amor y poemas políticos, y, a veces, consustanciados ambos; ejemplo: «… y hasta si el mismo/ Fondo Monetario/ se opone, amor,/ nos unciremos:/ derrotaremos/ juntos/ al cuervo/ del Balance … y juntos/ zarparemos/ hacia el día/ de todos:/ hacia el blanco/ celaje/ que humea/ en la pupila/ de aquellos/ que hoy ordeñan/ los pezones/ del alba.»
En esos dos ámbitos ha de fluctuar la expectativa del lector frente al libro aludido. Y es una impronta que marca a toda la poesía de WO. Sin temor a equivocarme, en todos sus libros está presente, desde el ya mítico La memoria del aire (título que celebrara Paco Bendezú, si mal no recuerdo) o también el profético Travesía tenaz (que en esta selección ha sido, injustamente, obviado). Aunque, también es fuerza reconocerlo, a esos dos no se reducen sus temas. Está también, por ejemplo, el tema de la nostalgia y su parafernalia del barrio, sus casas achacosas pero erguidas, y hasta el perro afectuoso que aceza en los predios de la infancia (por no defraudar a Rilke) o también los personajes típicos del laburo que nos redimen de nuestras «quemaduras» en «oficinas y archivos y ascensores» (como el del poema «Se llamaba Pedrito» de Catorce y un sonetos). Y tantos otros más. Pero los destacados son como la vestimenta de su musa.
Porque la política es consustancial al ímpetu vital de WO. Él la ha asumido con tal vehemencia que a veces rebasa los límites de lo permitido (como pelearse con medio mundo abrazando, por ejemplo, la causa de Velasco Alvarado o la de Hugo Chávez), pero también es digno de destacar que esa vehemencia se sustenta en una honestidad a toda prueba, cuando de defender las causas de los desheredados del festín se trata, y con una consecuencia que en muchos exguerrilleros de café —que lo zahirieran en el pasado— se deja extrañar en su práctica de hogaño. Porque, lo dice el poeta, todo es «Conciencia de Clase»: «Pasa el/ tren de/ la vida/ y yo/ voy en 3ra.»

Y tratándose del amor (ya, al momento de aparecer su libro Manual de poesía amorosa, destaqué su calidad de maestro en esta lid) WO tal vez sea un record man en ese sentido (sin que en él raye en la pedantería). Y en esto sí, contradiciendo a Rilke, WO preferirá admitir la recomendación de Neruda, en una entrevista sobre lo que se debería advertir a los jóvenes poetas: «Que escriban poemas de amor», dijo. Porque Winston Orrillo no solo fue reconocido como El Poeta Joven del Perú, en 1965, cuando cronológicamente lo era, sino que lo sigue siendo vitalmente, tocado milagrosamente por la décima musa del amor, Safo, para quien cabe la dedicatoria de esta «Arte poética»: «Eres tan bella/ como una fábrica/ a las ocho/ de la mañana/ ¡produciendo!/ (pero en manos/ de sus obreros).»


TESTIGO DE CARGO

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

Camino con la misma sombra de hace rato
Y ya no sé si yo soy ella o ella yo
Deseo tener cambio de cansancio y no
Tener la misma risa el mismo espanto
El mismo sol matándome las ganas de calor
Mintiéndome el secreto de las horas apurado
Y le corto las amarras al viejo canto
Y lo dejo hacerse al cielo a toda voz
Y comprendo por fin que no era un cuento
Eso de dar la vida por un sueño o vano intento
Meterle un bazucazo al dictador   
Y desecar las hojas de los libros apurados
Y reinventar fulgores deshojados

Que se obstinan en atestiguar el triunfo del amor 

Julio Carmona


viernes, 11 de septiembre de 2015

UN SOLO DE SOLOS

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

De un tiempo a esta parte ando solo
No obstante estar rodeado de cantinas
De vendedores que ambulan con sus rifas
Y yo como una piedra en un recodo
Voy cebando la costumbre en que me asolo
Sin chistar y asolado o azulado
Por su luz a su lado me conformo
En perseguir a ciegas el milagro
De convertir el fondo del espejo
En espléndida aunque fugaz maravilla
Del sol puesto a brillar en los deshechos
Y la miseria huyendo por arriba
Mientras el solo alista sus pertrechos
Invadiendo de solos las orillas

Julio Carmona


martes, 4 de agosto de 2015

ESTAMOS UNIDOS

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. "Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com



(No es lo mismo que Estados Unidos).

No sé si tú pero sí sé que yo
He bajado a la noche más profunda
Y he subido a las nubes más jocundas
En un tañer de vida o corazón
Ya no sé si subir o bajar la voz
Si dejar que una lágrima me hunda
O perderme en carcajada rotunda
Solo quiero creer que sabes como yo
Que no somos testigos sino víctimas
Y que seremos viejos con juventud
Si vamos de la dicha a la desdicha
Como si fuera nuestra única virtud
Creyendo siempre que hay una salida

Y yo sí sé que yo pero no sé si tú

Julio Carmona