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sábado, 24 de septiembre de 2011

Gabriel García Márquez: DULCE SABOR DE UNA MUJER EXQUISITA

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
www.mesterdeobreria.blogspot.com




Si aún no ha pasado el bisturí por tu piel, 
si no tienes implantes de silicona en alguna parte de tu cuerpo, 
si los rollitos no te generan trauma, 
si nunca has sufrido de anorexia o bulimia, 
si tu estatura no afecta tu desarrollo personal, 
si cuando vas a la playa prefieres divertirte en el mar y no estar
sobre una toalla durante horas o tapada ocultando tu cuerpo, 
si crees que la fidelidad sí es posible y la practicas, 
si sabes cómo se prepara un arroz, 
si puedes preparar un almuerzo completo con postre, 
si tu prioridad no es ser rubia a como dé lugar, 
si no te levantas a las 4:00 a.m. para llegar de primera al gimnasio, 
si puedes salir con ropa de gimnasia tranquila a la calle un domingo, 
sin una gota de maquillaje en el rostro... 
ESTÁS EN VÍA DE EXTINCIÓN... Eres una mujer exquisita! 

Una mujer exquisita no es aquélla que más hombres tiene a sus pies; 
sino aquélla que tiene uno sólo que la hace realmente feliz. 
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca, 
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo; 
es aquélla que con tan sólo una franca y abierta sonrisa, 
con una simple caricia y un buen consejo puede alegrarte la vida. 

Una mujer valiosa no es aquélla que tiene más títulos, ni más cargos académicos; 
Una mujer exquisita no es la más ardiente (aunque si me preguntan a mí,
todas las mujeres son muy ardientes... y los que estamos fuera de foco 
somos los hombres);
sino la que vibra al hacer el am or solamente con el hombre que ama.

Una mujer interesante no es aquélla que se siente halagada al ser admirada por su belleza y elegancia; 
es aquella mujer firme de carácter que puede decir NO. 

Y un HOMBRE... UN HOMBRE EXQUISITO es aquél que valora a una mujer así.
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera... 
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo toca su amado instrumento... 
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles, desde lavar platos y tender la ropa,
hasta devolverle los masajes y cuidados que ella le prodigó antes... 

La verdad, compañeros hombres, es que las mujeres en eso de ser "muy machas"
nos llevan un gran recorrido... 


¡Qué tontos hemos sido -y somos- cuando valoramos el "regalo" 
solamente por la vistosidad de su empaque...! 
Tonto y mil veces tonto el hombre que come bagazo en la calle,
teniendo 
un exquisito manjar en su casa. 


domingo, 22 de mayo de 2011

Gabriel García Márquez: El cataclismo de Damocles

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
http://www.mesterdeobreria.blogspot.com/

Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.

Señores presidentes, señores primeros ministros, amigas, amigos:

Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias.

Así es: hoy, 6 de agosto de 1986, existen en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 12 veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del Sol, y de influir en el equilibrio del Sistema Solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace 41 años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo.

El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas -si de algo nos sirven-, es comprobar que la preservación de la vida humana en la Tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el sólo hecho de existir, el tremendo Apocalipsis cautivo en los silos de muerte de los países más ricos está malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos.

En la asistencia infantil, por ejemplo, esto es una verdad de aritmética primaria. La UNICEF calculó en 1981 un programa para resolver los problemas esenciales de los 500 millones de niños más pobres del mundo, incluidas sus madres. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de 100.000 millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de 100 bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de 7.000 cohetes Crucero, en cuya producción ha de invertir el gobierno de los Estados Unidos 21.200 millones de dólares.

En la salud, por ejemplo: con el costo de 10 portaviones nucleares Nimitz, de los 15 que van a fabricar los Estados Unidos antes del año 2000, podría realizarse un programa preventivo que protegiera en esos mismos 14 años a más de 1.000 millones de personas contra el paludismo, y evitara la muerte -sólo en África- de más de 14 millones de niños.

En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según cálculos de la FAO, unos 565 millones de personas con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos de 149 cohetes MX, de los 223 que serán emplazados en Europa Occidental. Con 27 de ellos podrían comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres adquieran la suficiencia alimentaría en los próximos cuatro años. Ese programa, además, no alcanzaría a costar ni la novena parte del presupuesto militar soviético de 1982.

En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos tridente, de los 25 que planea fabricar el gobierno actual de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Typhoon que está construyendo la Unión Soviética, podría intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para atender las demandas adicionales de la educación en los 10 años por venir, podrían pagarse con el costo de 245 cohetes Tridente II, y aún quedarían sobrando 419 cohetes para el mismo incremento de la educación en los 15 años siguientes.

Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo el Tercer Mundo, y su recuperación económica durante 10 años, costaría poco más de la sexta parte de los gastos militares del mundo en ese mismo tiempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal, es todavía más inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de la guerra mantiene en cautiverio al más grande contingente de sabios jamás reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra, cuyo sitio natural no es allá sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación es indispensable para que nos ayuden a crear, en el ámbito de la educación y la justicia, lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de la paz.

A pesar de estas certidumbres dramáticas, la carrera de las armas no se concede un instante de tregua. Ahora, mientras almorzamos, se construyó una nueva ojiva nuclear. Mañana, cuando despertemos, habrá nueve más en los guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con lo que costará una sola alcanzaría -aunque sólo fuera por un domingo de otoño- para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara.

Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la Tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del Sistema Solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.

Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso milenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón. Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia. Pero aún si ocurre -y más aún si ocurre-, no será del todo inútil que estemos aquí. Dentro de millones de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las artes y las letras, hombres y mujeres de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que esta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del Universo.

Discurso pronunciado el 6 de agosto de 1986, en el aniversario 41 de la bomba de Hiroshima.

Ixtapa. México, 1986.


sábado, 5 de febrero de 2011

Gabriel García Márquez: Frases del recuerdo

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
http://www.mesterdeobreria.blogspot.com/


Diz que la imaginación
es recuerdo y es trabajo
pero un poco más abajo
pide voz el corazón.

(Nota del administrador del blog: Se hace la salvedad de que como algunas de las frases aquí publicadas tienen imprecisiones de fondo, puede que hayan sido armadas posteriormente o mal trascritas de su versión original. Por otra parte, algunas pueden ser apócrifas).


1 Poder. “Dicen que tengo obsesión por el poder. Que me fascina. No es cierto. En realidad, los poderosos se fascinan conmigo. Me buscan y me confían cosas”.

2 Política. “Me gusta más la diplomacia que la política. Me encanta conspirar: soy un gran conspirador clandestino”.

3 Lealtad. “Fidel Castro sabe que jamás voy a traicionarlo. Que jamás publicaría las cosas que él me ha confesado”.

4 Vocación. “Desde que terminé la escuela secundaria quise ser periodista y escribir novelas. No pensaba en la fama. Sólo sentía la necesidad de hacer algo para vivir y tener una sociedad más justa”.

5 Rutina. “Me levanto todos los días a las cinco de la mañana, leo un libro hasta las siete, me cambio de ropa, leo los diarios, y a las diez, pase lo que pase, me siento a escribir hasta las dos y media de la tarde. Si quieren llamarme ‘genio’, adelante… Pero soy un trabajador”.

6 Dinero. “Créase o no, lo que gané con el premio Nobel estuvo depositado dieciséis años en una cuenta suiza. ¡Juro que me olvidé de que lo tenía!”.

7 Periodismo. “En Barranquilla, al principio de mis días como periodista, dormía en una pieza que alquilé en un conventillo. Pero no tardé en conseguir que me encargaran editoriales y que me mandaran de viaje. Entonces comprendí que había nacido periodista”.

8 Azar. “El diario El Espectador me mandó a Europa. Mientras cubría notas en varios países, el gobierno cerró el diario. Vendí mi pasaje de vuelta, me quedé en París, y un año después publiqué La hojarasca, (sic) mi primera novela. Fue un golpe de suerte, sí. Aunque alguien dijo que Dios no juega a los dados…”.

9 Botas. “En Caracas, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fui a cubrir una reunión a puerta cerrada de los altos mandos militares. De repente, la puerta se abrió, salió un general con su arma en la mano y las botas llenas de barro, y nos dijo que Pérez Jiménez había sido destituido, y que el nuevo líder de Venezuela sería el almirante Wolfgang Larrazábal. Quedé impresionado. ¿Cómo el poder se decidía así, en una simple reunión? ¡No lo podía creer! Esa experiencia fue la semilla de mi novela El otoño del patriarca”.

10 Ideal. “La unidad latinoamericana es la única causa por la que yo sería capaz de morir. Y no es una frase de ocasión, porque si hay algo que me da rabia, rabia, ¡rabia!, es la muerte”.

11 Tecnología. “Mientras escribía el primer capítulo de El amor en los tiempos del cólera empecé a usar una computadora. Antes, mi promedio era un libro cada siete años, pero desde entonces es uno cada tres años. Es una máquina maravillosa, a pesar de que muchos escritores la rechazan”.

12 Oficio. “Lo confieso en muy pocas palabras: si paro de escribir… ¡me muero!”.

13 Cerebro. “Desde que me levanto hasta que me acuesto, la cabeza me bulle de ideas, de palabras, de imágenes, y no puedo detenerlas. ¿Será una forma de libertad, o de esclavitud? No lo sé, y a esta altura ni siquiera intento averiguarlo. Lo único que me importa es escribir. Mi libro Doce cuentos peregrinos contiene historias que ya había escrito para la televisión, y sin embargo las reciclé. ¿Por qué? Para mantener la mano (el brazo) caliente…”.

14 Padre. “Mi padre quería que yo tuviera un diploma. Empecé a estudiar abogacía, pero la abandoné por un primer y oscuro puesto en un diario. Muchos años después gané el premio Nobel, pero mi padre no se alegró demasiado: seguía añorando mi diploma…”.

15 Casas. “Tengo varias casas, pero me cuesta mucho acostumbrarme a ellas. Al principio las siento como una escafandra, como una armadura de acero, y tengo que amansarlas como a un par de zapatos nuevos”.

16 Reportajes. “No me gustan los reportajes. Entre otras cosas, porque me lleva tres años escribir un libro, y lo primero que me preguntan es cosas acerca de ese libro. ¿Para qué? ¡Si ya lo escribí! Que lo compren, lo lean, y se enterarán de todo. Si a pesar de eso no se enteran, yo no puedo resolverles el problema”.

17 Kafka. “Ninguna novela puede ser juzgada por un capítulo o un capítulo y medio. Hay que leer y leer. Son muy pocas las que empiezan como La metamorfosis, que en la primera línea te agarra, ¡así!, del pescuezo, y ya no hay nada que hacer: hay que seguir hasta el punto final”.

18 Tenis. “De siete a ocho de la tarde, por prescripción médica, juego al tenis. Pero eso no es un partido: es sudar y sudar hasta la última pelota. En mi caso no es un deporte: es una tortura”.

19 Sueño. “Cuando era chico dormía poco y mal, aterrado por las historias fantásticas que me contaban mis abuelos y mis padres. Ahora, ya viejo, duermo apenas seis horas, de noche. Y durante el día soy como los perros: cierro los ojos cuando y donde puedo, y duermo un minuto, dos, tres…”.

20 Amistad. “Yo vivo de mis amigos. Los necesito. Y reservo las horas para ellos como si tuviera un turno con el dentista. Porque sin amigos, ya no queda más nada. Los llamo, los busco, y nos encontramos para la más formidable de las aventuras: hablar, hablar, hablar…”.

21 Argentina. “La crisis y los padecimientos han latinoamericanizado a la Argentina. Y eso es bueno. Porque lo otro, lo europeo, ya lo tenían. Las grandes obras de teatro se estrenaban en Londres, en París… y en Buenos Aires”.

22 Nacimiento. “Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran: la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez, a modelarse, a transformarse, a interrogarse (a veces sin respuesta), a preguntarse para qué diablos han llegado a la tierra y qué deben hacer en ella”.

23 Vida. “La vida no es otra cosa que una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”.

24 Sabiduría. “La sabiduría nos llega… ¡cuando ya no nos sirve de nada!”.

25 No. “Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir No cuando es No, y a no arrepentirme de lo dicho”.

26 Vejez. “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Porque la vejez y la soledad son tan irreversibles como la muerte. Por fortuna, recién empecé a pensar en esas cosas bastante pasados los sesenta años”.

27 Miedo. “Nunca releo mis libros, porque me da miedo. Y ya que hablo del miedo, confieso que fue mi primer sentimiento, y el que todavía me domina. Mi recuerdo más remoto data de cuando tenía un año, me había hecho caca encima, y lloraba aferrado a los barrotes de la cuna esperando que me cambiaran el pañal. Pero no por sentirme mojado y maloliente: por miedo a que la caca ensuciara un mameluco con florcitas azules que acababan de comprarme. Digamos que mi primer miedo… fue un miedo estético”.

28 Mundo. “No tenemos otro mundo al que podernos mudarnos. Aquí nacimos y aquí moriremos, aunque la especie humana deje su huella en la Luna, en Marte o más lejos aun”.

29 Besos. “Mi casa se puebla de arlequines cuando hay ruido de besos en el aire”.

30 Amor. “Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad”.

31 Verdad. “¿Qué es la verdad? ¡Qué pregunta tan difícil de responder…! Porque detrás de la verdad siempre hay otra verdad. Y acaso detrás de esa otra verdad, otra y otra más”.

32 Memoria. “Los recuerdos verdaderos parecen fantasmas, mientras que los falsos son tan convincentes que sustituyen a la realidad”.

33 Dios. “Me desconcierta tanto pensar que Dios existe como pensar que no existe. En todo caso, Dios es la más inquietante y poderosa de las ideas”.

34 Infidelidad. “Hay que ser infiel, pero nunca desleal”.

35 Amor (II). “El amor es tan importante como la comida. Pero no alimenta…”.

36 Che. “Durante mucho tiempo, los argentinos no se sintieron latinoamericanos. Pero después del Che Guevara… ¡creen que son los únicos latinoamericanos!”.

37 Ego. “Me atribuyen cosas que jamás dije. Por ejemplo, circula este chiste: ‘El ego es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro’. Dicen que lo inventé yo, pero es falso. Me molesta, me irrita, pero por desgracia no puedo hacer nada contra eso”.

38 Respeto. “Soy muy cuidadoso con las cosas que digo. Nunca diría o haría algo que pudiera dolerle a alguien. No conozco a ninguna persona a la que me gustaría hacer sufrir. Y lo digo con mucho orgullo…”.

39 Siembra. “Nunca he sembrado tempestades. Sin embargo, las estoy cosechando. Es muy injusto, aunque sea uno de los precios insoslayables de eso que llaman fama…”.

40 Envidia. “Tengo una gran suerte: la envidia no me llega. Si alguien, por envidia, habla mal de mí, me duele, y mucho. Pero dos días después, juro por mi madre que no me acuerdo…”.

41 Olvido. “Me considero un profesional de la memoria. He vivido toda la vida de la memoria. Sin embargo, ahora empiezo a olvidar los números de teléfono. Es como si mi disco duro estuviera lleno, y tuviera que empezar a ayudarlo con disquetes, y tampoco tuviera disquetes”.

42 Madre.”Mi madre fue una gran madre. Su drama fue siempre alimentar a tanta gente: un marido y once hijos. Alrededor de ella creó una especie de sistema planetario. El que más rápido salió de su órbita fui yo, pero volví a ella en cada Año Nuevo”.

43 Retorno. “Es posible que jamás vuelva a la Argentina. Antes no iba porque estaban los militares, y ahora, porque son capaces de matarme de amor. Por exceso de amigos”.

44 Machismo. “Por desgracia, el machismo es producto del matriarcado. De las duras mujeres que nos formaron. Eso viene de antiguo. Las mujeres griegas les decían a sus hijos cuando partían a combatir: ‘Regresas con el escudo o regresas sobre el escudo’”.

45 Realidad. “La realidad no es la realidad concreta. La del golpe en la cabeza, por ejemplo, y su consecuencia inmediata: la rotura de la cabeza. La realidad también son los muertos que reaparecen, la magia, Dios, los milagros, todo. No hay una frontera…”.

46 Ideología. “Cada vez que escribí sobre amores no hice otra cosa que contar la historia de amor de mi padre y de mi madre. Fueron mis únicas musas. Mi padre era conservador, y mi madre, duramente liberal. Cuando se enamoraron hubo una verdadera catástrofe ideológica. Pero eso no impidió que de tal enfrentamiento político nacieran once hijos”.

47 Colombia. “Una de las cosas que puede salvar a mi patria es tener una mujer presidente. Nos está haciendo falta… Si eso sucede y ella saca el país adelante, sería el presidente más importante del mundo”.

48 Inspiración. “No hice otra cosa en la vida que preguntarle cosas a la gente. Por eso soy periodista, y por eso también soy escritor. Cuando escribo tengo las ventanas abiertas para que entren los ruidos, los gritos, los olores. Y todo eso va a parar a mis libros. El verdadero realismo mágico está en todas las calles y en todas las gentes”.

49 Peligro. “Sé que al escribir Noticias de un secuestro corrí grave peligro. Es más: fue la única vez que mi madre me imploró que no escribiera algo, porque sabía que, publicada esa historia, habría una bala destinada para mí. Pero no me importó, porque los riesgos me encantan. Eso sí: no me meto en un riesgo si no tengo la seguridad de poder eludirlo”.

50 Edad. “Después de los cincuenta años, los cumpleaños deberían celebrarse por décadas. Y después de los setenta no se debe perder un golpe: hay que ser absolutamente certero. La juventud es un gran despilfarro de golpes. La vejez, todo lo contrario”.

51 Muerte. “Lo único malo de la muerte es que es para siempre. Todo lo demás es manejable, pero la muerte…. ¡Esa sí que es la gran trampa!”.

52 Bioy. “En los relatos de Bioy Casares siempre mueren los hombres… y él se dedica a consolar a las viudas. En sus buenos tiempos, según dicen, se quedó con todas…”.

53 Libertad. “No puedo caminar libremente por ninguna parte del mundo. Es muy halagador, pero también es una opresión y un riguroso límite. Entiendo muy bien por qué Borges dijo que hubiera querido ser el hombre invisible”.

54 Exito. “En los últimos veinticinco años no tomé un avión sin encontrar por lo menos a un pasajero leyendo un libro mío. Esa es mi estadística del éxito”.

55 Borges. “Borges y yo nunca pudimos encontrarnos, nunca coincidimos. No tengo la menor idea de cómo era. Me intimidaba mucho. Siento un gran respeto y un gran asombro por él, y lo leo siempre. Sus libros están en la cabecera de mi cama”.

56 Periodismo. “Tengo una gran nostalgia por la profesión de reportero. El periodismo es la profesión más hermosa del mundo. Por eso la enseño en mis talleres y trato de perpetuarla y de honrarla”.

57 Humo. “Jamás pude escribir una línea sin fumar, hasta que no soporté más el cigarrillo. El cigarrillo me dejó a mí, y tuve que aprender a escribir sin humo, como también le pasó a Norman Mailer, que después de dejar de fumar estuvo paralizado un año frente a la hoja en blanco. Para colmo, me sucedió mientras escribía El otoño del patriarca, que es mi novela más trabajosa”.

58 Libros. “No sé si soy un escritor o un atleta. ¡Firmé más de un millón de libros! He llegado a creer que un libro mío no está terminado hasta que no me siento a la mesa de la librería y empiezo a firmarlo”.

59 Aviones. “Siempre tuve pánico de viajar en avión. Pero a veces pienso que es el único lugar donde uno está a salvo de un terremoto”.

60 Timidez. “Hacer el ridículo me aterroriza: soy un gran tímido, un tímido esencial. Me preparé para ser escritor, pero nunca estaré preparado para la fama. Es halagadora, pero no sé qué hacer con ella…”.

61 Pobreza. “Antes del éxito de Cien años de soledad fui muy pobre. Mientras la escribía, Mercedes, mi mujer, casi enloquece de tantas privaciones. Tardé un año y medio en escribirla, y durante ese tiempo empeñamos todo, vivimos de prestado y le debíamos a cada santo una vela. Sólo nos teníamos a nosotros mismos y a unos pocos amigos. Después del éxito de la novela me sepultó una avalancha de amigos. Pero sólo confié en los anteriores, en los amigos de la pobreza”.

62 Felicidad. “Qué cosa extraña es la felicidad… Dura muy poco, y uno recién se da cuenta de que la tuvo… ¡cuando ya pasó!”.

63 Yo. “Creo que mi verdadero oficio no es el periodismo ni la literatura. Mi verdadero oficio… es ser yo. Tengo que cargar con eso… ¡y es jodidísimo! Pero me lo busqué”.

64 Hemingway. “Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime”.

65 Infancia. “De chico, cada noche leía historias maravillosas en un libro incompleto y sin tapa. Pero sin esas páginas y esas imágenes no sería quien soy. Sí: yo soy un hijo de Las mil y una noches”.

66 Aracataca. “Volví a mi pueblo luego de ganar el Nobel. Fui de noche, en jeep, y recorrí la plaza. De pronto, todo el mundo quiso beberse una copa conmigo. ¡Qué fácil es regresar a Aracataca!”.

67 Fe. “Cuenta mi hermano Jaime que mientras yo pasaba en limpio La hojarasca, mi primera novela, me oyó decir: ‘Escribiré una novela que será más leída que El Quijote’. Siempre tuve fe y voluntad a toda prueba. Sin eso es difícil ser escritor”.

68 Confesión. “La infancia es el territorio y el tiempo de los miedos, las incertidumbres y los fantasmas. A veces pienso que no he logrado salir de mi infancia, y ya es demasiado tarde para intentarlo”.

69 Abuelo. “¡Cuánto le debo! El me inició en la triste realidad de los adultos con sus relatos de batallas sangrientas y explicaciones sobre el vuelo de los pájaros y el misterio de los truenos al atardecer”.

70 Nostalgia. “Es una trampa. Borra lo malo del recuerdo, y deja lo bueno. Es el gran dispositivo de defensa de la especie humana”.

71 Obsesión. “Jamás vuelvo a leer un libro mío luego de publicado. Jamás. La última lectura que hago es la prueba de galera. Estoy seguro de que si los leyera ya publicados, empezaría a corregirlos una y otra vez. Más que un perfeccionista, soy un obsesivo”.

72 Hombres. “He viajado por todo el mundo, he conocido infinidad y todo tipo de hombres, y ninguno me ha asombrado. Ninguno. Después de tratar a tantos hombres, he llegado a la conclusión de que, en el fondo de cada uno, habita un hombre bueno”.

73 Nobel. “Quiero desmitificar el Nobel. Por lo menos, el mío. No me sirvió para vender más libros, porque ya antes vendía muchos. Ese día, mi madre siguió tejiendo en su casa como si nada hubiera pasado. Cuando lo gané ya no era pobre, de modo que el dinero no me cambió nada. El teléfono de mi casa estaba descompuesto, y el Nobel no (sic) ayudó a que me lo compusieran. En realidad, creo que para lo único que me sirvió fue para no hacer cola en ninguna parte”.

74 Juventud. “Dicen que estoy cada día más joven, y me piden la receta. Bien. Como repollo licuado, camino siete kilómetros por día, en lo posible a la mañana, hago yoga, y medito. A mí, ese régimen me sirve. Pero a otro puede matarlo”.

75 Deseo. “Con bastante frecuencia, en esos reportajes que detesto pero a los que a veces accedo, no falta una pregunta clásica: ‘¿Qué le hubiera gustado hacer y nunca pudo?’ Y siempre contesto lo mismo: ‘Pilotear un jumbo’”.


(Tomado de la Revista Digital "Cañasanta")

jueves, 23 de diciembre de 2010

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: "Estas Navidades siniestras"

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
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Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que losjuguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad denieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de losjuguetes. y hace poco más de cien anos pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducídos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

jueves, 26 de agosto de 2010

Gabriel García Márquez: “El cataclismo de Damocles”

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Conferencia ofrecida por el Nobel de Literatura en Ixtapa, México, de 1986. Gabriel García Márquez pronunció el siguiente discurso el 6 de agosto de 1986, en el aniversario 41 de la bomba de Hiroshima.

Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.

Señores presidentes, señores primeros ministros, amigas, amigos:

Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias.

Así es: hoy, 6 de agosto de 1986, existen en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 12 veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del Sol, y de influir en el equilibrio del Sistema Solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace 41 años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo.

El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas -si de algo nos sirven-, es comprobar que la preservación de la vida humana en la Tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el sólo hecho de existir, el tremendo Apocalipsis cautivo en los silos de muerte de los países más ricos está malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos.

En la asistencia infantil, por ejemplo, esto es una verdad de aritmética primaria. La UNICEF calculó en 1981 un programa para resolver los problemas esenciales de los 500 millones de niños más pobres del mundo, incluidas sus madres. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de 100.000 millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de 100 bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de 7.000 cohetes Crucero, en cuya producción ha de invertir el gobierno de los Estados Unidos 21.200 millones de dólares.

En la salud, por ejemplo: con el costo de 10 portaviones nucleares Nimitz, de los 15 que van a fabricar los Estados Unidos antes del año 2000, podría realizarse un programa preventivo que protegiera en esos mismos 14 años a más de 1.000 millones de personas contra el paludismo, y evitara la muerte -sólo en África- de más de 14 millones de niños.

En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según cálculos de la FAO, unos 565 millones de personas con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos de 149 cohetes MX, de los 223 que serán emplazados en Europa Occidental. Con 27 de ellos podrían comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres adquieran la suficiencia alimentaría en los próximos cuatro años. Ese programa, además, no alcanzaría a costar ni la novena parte del presupuesto militar soviético de 1982.

En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos tridente, de los 25 que planea fabricar el gobierno actual de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Typhoon que está construyendo la Unión Soviética, podría intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para atender las demandas adicionales de la educación en los 10 años por venir, podrían pagarse con el costo de 245 cohetes Tridente II, y aún quedarían sobrando 419 cohetes para el mismo incremento de la educación en los 15 años siguientes.

Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo el Tercer Mundo, y su recuperación económica durante 10 años, costaría poco más de la sexta parte de los gastos militares del mundo en ese mismo tiempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal, es todavía más inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de la guerra mantiene en cautiverio al más grande contingente de sabios jamás reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra, cuyo sitio natural no es allá sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación es indispensable para que nos ayuden a crear, en el ámbito de la educación y la justicia, lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de la paz.

A pesar de estas certidumbres dramáticas, la carrera de las armas no se concede un instante de tregua. Ahora, mientras almorzamos, se construyó una nueva ojiva nuclear. Mañana, cuando despertemos, habrá nueve más en los guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con lo que costará una sola alcanzaría -aunque sólo fuera por un domingo de otoño- para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara.

Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la Tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del Sistema Solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.

Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso milenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón. Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia. Pero aún si ocurre -y más aún si ocurre-, no será del todo inútil que estemos aquí. Dentro de millones de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las artes y las letras, hombres y mujeres de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que esta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del Universo.

(c) GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Encontrado en: http://www.revistacambio.com/html/documento/articulos/620/

sábado, 5 de diciembre de 2009

Gabriel García Márquez: La polémica de la ortografía

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de http://www.mesterdeobreria.blogspot.com/

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras.

No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.

No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber como se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: "Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.

En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.
Tomado de La Jornada, México, 8 de abril de 1997

domingo, 13 de julio de 2008

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA, Gabriel García Márquez


[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982]

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que, sin embargo, parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.


Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.


La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a treinta mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.


Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido cinco guerras y diecisiete golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encinta dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.


De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.


Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más, señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.


Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, doce mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.


No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.


América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.


No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a tres mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.


Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.


Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.


Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.


Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.


En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.


Gabriel García Márquez,

Colombia


(Texto proporcionado por José Rouillón).

miércoles, 9 de julio de 2008

IMAGINACIÓN, ORIGINALIDAD Y RITMO, LOS TRES PILARES DE LA NARRACIÓN, Gabriel García Márquez



Según el diccionario de la Real Academia de la lengua, la fantasía es “una facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes”. Es difícil concebir una definición más pobre y confusa que esa primera acepción. En su segunda acepción dice que es “una ficción, cuento o novela, o pensamiento elevado o ingenioso”, lo cual no hace sino infundir mayor desconcierto en el ya creado por la definición inicial de la palabra imaginación, el mismo diccionario dice que es “ aprensión falsa de una cosa que no hay en realidad o no tiene fundamento”. Por su parte, don Joan Corominas, ese gran detective de las palabras castellanas -cuya lengua materna no era, por cierto, el castellano, sino el catalán-, estableció que fantasía e imaginación tienen el mismo origen y que en última instancia puede decirse sin mucho esfuerzo que son la misma cosa.

Uno de mis mayores defectos intelectuales es que nunca he logrado entender lo que quieren decir los diccionarios, y menos que cualquier otro el terrible esperpento represivo de la Academia de la Lengua. Por una vez he tenido la curiosidad de volver a él para establecer las diferencias entre la fantasía y la imaginación, y me encuentro con la desgracia que sus definiciones no sólo son muy poco comprensibles, sino que además están al revés. Quiero decir que, según yo lo entiendo, la fantasía es la que no tiene nada que ver con la realidad del mundo en que vivimos: es una pura invención fantástica, un infundio, y por cierto de un gusto poco recomendable en las bellas artes, como muy bien lo entendió el que le puso el nombre al chaleco fantasía.



Por muy fantástica que sea la concepción de que un hombre amanezca convertido en un gigantesco insecto, a nadie se le ocurrió decir que la fantasía sea la virtud creativa de Franz Kafka, y en cambio no cabe duda de que fue el recurso primordial de Walt Disney. Por el contrario, y al revés de lo que dice el diccionario, pienso que la imaginación es una facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven. Que, por lo demás, es la única creación artística que me parece válida. Hablemos, pues, de “la imaginación en la creación artística en América latina” y dejemos la fantasía para uso exclusivo de los malos Gobiernos.


En América Latina y el Caribe, los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el contrario: hacer creíble su realidad. Siempre fue así desde nuestros orígenes históricos, hasta el punto que no hay -en nuestra literatura- escritores menos creíbles y, al mismo tiempo, más apegados a nuestra realidad que nuestros cronistas de Indias. También ellos -para decirlo con un lugar común irremplazable- se encontraron con que la realidad iba más lejos que la información.


El diario de Cristóbal Colón es la pieza más antigua de esa literatura. Empezando porque no se sabe a ciencia cierta si el texto existió en realidad, puesto que la versión que conocemos fue escrita por el padre Las Casas de unos originales que dijo haber conocido. En todo caso, esa versión es apenas un reflejo infiel de los asombrosos recursos de imaginación a que tuvo que apelar Cristóbal Colón para que los Reyes católicos le creyeran la grandeza de sus descubrimientos.


Colón dice que las gentes que salieron a recibirlo el 12 de octubre de 1492 “estaban como sus madres los parieron”. Otros cronistas coinciden con él en que los caribes, como era normal en un trópico todavía a salvo de la moral cristiana, andaban desnudos. Sin embargo, los ejemplares escogidos que llevó Colón al palacio real de Barcelona estaban ataviados con hojas de palmeras pintadas y plumas y collares de dientes y garras de animales raros. La explicación parece simple: el primer viaje de Colón, al revés de sus sueños, fue un desastre económico. Apenas si encontró el oro prometido, perdió la mayor de sus naves y no pudo llevar ninguna prueba tangible de sus descubrimientos. Vestir a sus cautivos como lo hizo fue un truco convincente de publicidad. El simple testimonio oral no hubiera bastado, un siglo después de que Marco Polo había regresado de China con realidades tan novedosas e inequívocas como los espaguetis y los gusanos de seda, y como lo habían sido la pólvora y la brújula.


Toda nuestra historia, desde el descubrimiento, se ha distinguido por la dificultad de hacerla creer. Uno de mis libros favoritos de siempre ha sido el Primer viaje en torno al globo, del italiano Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes en su expedición alrededor del mundo. Pigafetta dice que vio en Brasil unos pájaros que no tenían cola, otros que no hacían nidos porque no tenían patas, pero cuyas hembras ponían y empollaban sus huevos en la espalda del macho y en medio del mar y otros que sólo se alimentaban de los excrementos de sus semejantes. Dice que vio cerdos con el ombligo en la espalda y unos pájaros grandes cuyos picos parecían una cuchara, pero carecían de lengua. También habló de un animal que tenía cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola y relincho de caballo. Fue Pigafetta quien contó la historia de cómo encontraron al primer gigante de Patagonia, y de cómo éste se desmayó cuando vio su propia cara reflejada en un espejo que le pusieron enfrente.


La leyenda del Dorado es, sin duda, la más bella, la más extraña y decisiva de nuestra historia. Buscando ese territorio fantástico, Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó la mitad del territorio de lo que hoy es Colombia, y Francisco de Orellana descubrió el río Amazonas. Pero lo más fantástico es que lo descubrió al derecho, es decir, navegando de las cabeceras hasta la desembocadura, que es el sentido contrario en que se descubren los ríos. El Dorado, como el tesoro de Cuauhtémoc, siguió siendo un enigma para siempre. Como lo siguieron siendo las 11.000 llamas, cargadas cada una con cien libras de oro, que fueron despachadas desde el Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa, y que nunca llegaron a destino.



La realidad fue otra vez más lejos hace menos de un siglo, cuando una misión alemana encargada de elaborar el proyecto de construcción de un ferrocarril transoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable, pero con una condición: que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal muy difícil de conseguir en la región, sino que se hicieran de oro.


Tanta credulidad de los conquistadores sólo era comprensible después de la fiebre metafísica de la Edad Media y del delirio literario de las novelas de caballería. Sólo así se explica la desmesurada aventura de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que necesitó ocho años para llegar desde España a México a través de todo lo que hoy es el sur de Estados Unidos, en una expedición cuyos miembros se comieron unos a otros, hasta que sólo quedaron cinco de los seiscientos originales. El incentivo de Cabeza de Vaca, al parecer, no era la búsqueda del Dorado, sino algo más noble y poético: la fuente de la eterna juventud


Acostumbrado a unas novelas donde había unos ungüentos papa pegarle las cabezas cortadas a los caballeros, Gonzalo Pizarro no podía dudar cuando le contaron en Quito, en el siglo XVI, que muy cerca de allí había un reino con 3.000 artesanos dedicados a fabricar muebles de oro, y en cuyo palacio Real había escaleras de oro macizo y estaba custodiado por leones con cadenas de oro ¡Leones en los Andes! A Balboa le contaron un cuento semejante en Santa María del Darién y descubrió el Océano Pacífico. Gonzalo Pizarro no descubrió nada especial, pero el tamaño de su credulidad puede medirse por la expedición que armó para buscar el reino inversímil: 800 españoles, 4.000 indios, 150 caballos y más de 1.000 perros amaestrados en la caza de seres humanos.



Gabriel García Márquez,
Colombia



Artículo tomado de la revista digital argentina www.redaccionpopular.com