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martes, 12 de febrero de 2008

EL ABRAZO QUE NO MUERE, Bartolomeo Vanzetti



He hablado tanto de mí mismo
que casi olvido mencionar a Sacco.
Sacco es también un obrero,
desde su niñez un experto obrero,
amante del trabajo,
con buen empleo y una buena paga,
una cuenta de banco, una esposa buena y amable,
dos lindos hijos y un hogar pequeño y limpio
a la orilla del bosque, cerca de un arroyo.

Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre;
un hombre amante de la naturaleza, de la humanidad;
un hombre que lo dio todo, que sacrificó todo
a la causa de la libertad y su amor al hombre:
dinero, descanso, ambición terrena,
su propia esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.

Sacco no ha soñado nunca robar, asesinar.
Ni él ni yo nos hemos llevado jamás a la boca
un pedazo de pan, desde nuestra niñez al día de hoy,
que no hayamos ganado con el sudor
de nuestra frente. Nunca.

Oh, sí, como alguien lo ha dicho
yo puedo ser más ingenioso que él;
mejor conversador, pero muchas, muchas veces
al escuchar su voz cordial resonando con fe sublime,
al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo
me sentí pequeño ante su grandeza
y me encontré a mí mismo luchando por contener
las lágrimas de mis ojos,
y calmar mi corazón
impidiendo a mi garganta sollozar frente a él:
este hombre llamado ladrón y asesino y sentenciado a muerte.

Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas un borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.

[...]

Si no hubiera sido por esto

yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorado, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca
en toda nuestra vida pudimos esperar hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.
Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores... ¡nada!
La toma de nuestras vidas
-vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado- ¡todo!
Ese último momento nos pertenece:

esa agonía es nuestro triunfo.

Bartolomeo Vanzetti,
EE. UU.


(Último Discurso en la Corte; puesto en verso inglés por Selden Rodman, traducido por Augusto Monterroso).


lunes, 11 de febrero de 2008

ASÍ SON, José Agustín Goytisolo


Su profesión se sabe es muy antigua
Y ha perdurado hasta ahora sin variar
A través de los siglos y civilizaciones.

No conocen vergüenza ni reposo
Se emperran en su oficio a pesar de las críticas
Unas veces cantando
Otras sufriendo el odio y la persecución
Mas casi siempre bajo tolerancia.

Platón no les dio sitio en su República.

Creen en el amor
A pesar de sus muchas corrupciones y vicios
Suelen mitificar bastante la niñez
Y poseen medallones o retratos
Que miran en silencio cuando se ponen tristes.

Ah curiosas personas que en ocasiones yacen
En lechos lujosísimos y enormes
Pero que no desdeñan revolcarse
En los sucios jergones de la concupiscencia
Sólo por un capricho.

Le piden a la vida más de lo que ésta ofrece.

Difícilmente llegan a reunir dinero
La previsión no es su característica
Y se van marchitando poco a poco
De un modo algo ridículo
Si antes no les dan muerte por quién sabe qué cosas.

Así son pues los poetas
Las viejas prostitutas de la Historia.

José Agustín Goytisolo,
Barcelona


domingo, 10 de febrero de 2008

ME QUEDO, Carlos Luis Saénz



Yo me quedo -viniendo-
Con los versos
Claros y humildes, casi franciscanos,
De la rosa es la rosa y su milagro,
O, esta mañana el viento
Ha engendrado la espiga
Útil y bella como la amapola.
Con ellos
En la tierra me quedo.
Este es el reino innumerable
En donde, a cada instante,
El milagro infinito se renueva para el canto.
Froto mi lámpara y lo miro.
Y en la propia palabra lo consigno
Con algo de su luz
Para quien quiera oírmelo y cantarlo.
Aquí hay cimas y abismos.
Sin embargo, amo el verso sencillo:
El apretón de manos con toda la amistad
Del pecho conmovido; decirte:
“Eres hermosa”. Decir: “Anímate,
No estás solo,
Pobre negrito de Little Rock”.
Encontrarme en los otros
Lo mejor de la vida,
Como el agua de lluvia
En las hojuelas de las yerbecillas.
Hacer el bien, sentirlo y proclamarlo
De alba en alba,
Con la belleza noble
Y perdurable
Que yo logre poner en mi palabra.

Carlos Luis Sáenz,
Costa Rica


sábado, 9 de febrero de 2008

RECUERDO DE INFANCIA, Félix grande



Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre
Venía chorreando como la tráquea de un ternero sacrificado
He visto chotos cabras vacas durante su degüello
Bajo el agujero del cuello una orza se va llenando de sangre
Los animales se contraen en sacudidas cada vez más nimias
De pronto ya no respiran por la nariz ni por la boca
Sino por la abertura que la navaja hizo en la tráquea
En la cual aparecen burbujas a cada nueva respiración
A menudo parece que están completamente muertos
Y no obstante se agitan una o dos veces suavemente
Ahora sus ojos ya no miran tienen como una niebla
Un colorcillo de color indeterminado que recuerda al ceniza
Entonces el carnicero se incorpora con las manos manchadas
Y procede a desollar y trocear al animal cadáver
Para después pesarlo venderlo en porciones hacer su negocio

Hoy el periódico traía sangre lo mismo que otros días
Acaso unos cuantos estertores más que de hábito
Pero cómo saberlo hay países que no especifican
Por ejemplo el departamento de estado no da las cifras de sus bajas
Únicamente les agrega apellidos
Bajas insignificantes bajas ligeras bajas moderadas

Hoy el periódico traía sangre en volumen considerable
Y mientras leo pacientemente civilizadamente el intento
De justificación de esos destrozos escrito de sutil manera
Recuerdo vacas cabras chotos la gran orza en el suelo
Y recuerdo imagino pienso que unos cuantos carniceros
Continúan desollado troceando pesando en sus básculas
Haciendo su negocio mediante esos pobres animales sacrificados.

Félix Grande,
Mérida (Badajoz)

viernes, 8 de febrero de 2008

MADRE, Juan Cristóbal



No puedo decir que eres la más dulce o la más bella de la tierra

O que tus manos vuelan como pájaros heridos en el alba
Pero sí que eres para mí como la última batalla perdida de la iglesia
Como el primer resplandor maravilloso del otoño
Como el mejor ciruelo caído en los atardeceres del camino
Como esa postal inédita escondida por la abuela antes de morir
Entre las hojas apacibles del invierno
No puedo decir que tus sueños o desvelos nada significan
Frente a todas las avaricias y adversidades manchadas del planeta
Pero sí que sigues trabajando como antes en la cocina
Sin levantar la cabeza o tus musitadas esperanzas podridas en la arena
En estas circunstancias cómo decir que eres la más dulce
O la más bella de la tierra
O que tus manos vienen como pájaros heridos en el alba
No por cierto para recitar otra vez
Las eternas mentiras de un poema aprendido en el colegio
O hacer un álbum lleno de luceros y hortalizas y entregártelo en la mañana
Como un corazón de oro atravesado por infamias
O emborracharse (como una luna llena por los bosques
Después de darte un beso en la mejilla) con los amigos en la tarde
Al pie de un árbol sepultado por la nieve tenaz de las estrellas
O bailar como un tonto en los salones pálidos y sucios de la burocracia
O invitar a los parientes nietos tíos o sobrinos
Para que digan que eres la más dulce o la más bella de la tierra
Y que tus manos vienen como pájaros heridos en el alba
Y después la fotografía el pajarito la cervecita helada
Y al cabo de diez o veinte años de casada como hoy en las mareas
Y en tu vieja mecedora al pie de tu puerta apolillada
Decir orgullosa "allí estoy"
Como si nada hubiese transcurrido.

Juan Cristóbal,
Perú

jueves, 7 de febrero de 2008

LOS PENSAMIENTOS PUROS, Washington Delgado



Señor rentista, señor funcionario,

Señor terrateniente,
Señor coronel de artillería,
El hombre es inmortal:
Vosotros sois mortales.
Es curioso cómo la podredumbre
Se adelanta a veces al cadáver.
Soportad vuestro olor, mostradlo
Si queréis, poquito a poco.
Pero no habléis.
Señores, enseñad el trasero
Pero no lloréis nunca,
Cierta decencia es necesaria
Aun entre las bestias.
Pensad en el cielo, también,
En las alas blancas
Y en la música de las arpas
Dulcemente tocadas
Por vuestras dulces manos.
Pensad en vuestros libros de lectura, en las viudas
Tísicas y abandonadas que ayudaréis con una
trompeta de oro.
Pensad en vuestros billetes, en los veranos junto al mar, en la mucama rubia, en el amante moreno, en los pobres que besaréis en la otra vida, en las distancias terrestres, en los cielos de almíbar.
Pensad en todo,
Vuestros días sobre la tierra no serán numerosos.

Washington Delgado,
Perú

martes, 5 de febrero de 2008

EL APELLIDO, Nicolás Guillén


I

Desde la escuela

Y aún antes… Desde el alba, cuando apenas

Era una brizna yo de sueño y llanto,

Desde entonces,

Me dijeron mi nombre. Un santo y seña

Para poder hablar con las estrellas.

Tú te llamas, te llamarás…

Y luego me entregaron

Esto que veis escrito en mi tarjeta,

Esto que pongo al pie de mis poemas:

Las trece letras

Que llevo a cuestas por la calle,

Que siempre van conmigo a todas partes.

¿Es mi nombre, estáis ciertos?

¿Tenéis todas mis señas?

¿Ya conocéis mi sangre navegable,

Mi geografía llena de oscuros montes,

De hondos y amargos valles

Que no están en los mapas?

¿Acaso visitasteis mis abismos,

Mis galerías subterráneas

Con grandes piedras húmedas,

Islas sobresaliendo en negras charcas

Y donde un puro chorro

Siento de antiguas aguas

Caer desde mi alto corazón

Con fresco y hondo estrépito

En un lugar lleno de ardientes árboles,

Monos equilibristas,

Loros legisladores y culebras?

¿Toda mi piel (debí decir),

Toda mi piel viene de aquella estatua

De mármol español? ¿También mi voz de espanto,

El duro grito de mi garganta? ¿Vienen de allá

Todos mis huesos? ¿Mis raíces y las raíces

De mis raíces y además

Estas ramas oscuras movidas por los sueños

Y estas flores abiertas en mi frente

Y esta savia que amarga mi corteza?

¿Estáis seguros?

¿No hay nada más que eso que habéis escrito,

Que eso que habéis sellado

Con un sello de cólera?

(¡Oh, debí haber preguntado!)

Y bien, ahora os pregunto:

¿No veis estos tambores en mis ojos?

¿No veis estos tambores tensos y golpeados

Con dos lágrimas secas?

¿No tengo acaso

Un abuelo nocturno

Con una gran marca negra

(Más negra todavía que la piel),

Una gran marca hecha de un latigazo?

¿No tengo pues

Un abuelo mandinga, congo, dahomeyano?

¿Cómo se llama? ¡Oh, sí, decidmelo!

¿Andrés? ¿Francisco? ¿Amable?

¿Cómo decís Andrés en Congo?

¿Cómo habéis dicho siempre

Francisco en dahomeyano?

En mandiga ¿cómo se dice Amable?

¿O no? ¿Eran, pues, otros nombres?

¡El apellido, entonces?

¿Sabéis mi otro apellido, el que me viene

De aquella tierra enorme, el apellido

Sangriento y capturado, que pasó sobre el mar

Entre cadenas, que pasó entre cadenas sobre el mar?

¡Ah, no podéis recordarlo!

Lo habéis disuelto en tinta inmemorial.

Lo habéis robado a un pobre negro indefenso.

Lo escondisteis, creyendo

Que iba a bajar los ojos yo de la vergüenza.

¡Gracias!

¡Os lo agradezco!

¡Gentiles gentes, thank you!

Merci!

Merci bien!

Merci beaucoup!

Pero no… ¿Podéis creerlo? No.

Yo estoy limpio.

Brilla mi voz como un metal recién pulido.

Mirad mi escudo: tiene un baobab,

Tiene un rinoceronte y una lanza.

Yo soy también el nieto,

Biznieto,

Tataranieto de un esclavo.

(Que se avergüence el amo)

¿Seré Yelofe?

¿Nicolás Yelofe, acaso?

¿O Nicolás Bakongo?

¿Tal vez Guillén Banguila?

¿O Kumbá?

¿Quizá Guillén Kumbá?

¿O kongué?

¿Pudiera ser Guillén Kongué?

¡Oh, quién lo sabe!

¡Qué enigma entre las aguas!

II

Siento la noche inmensa gravitar

Sobre profundas bestias,

Sobre inocentes almas castigadas;

Pero también sobre voces en punta,

Que despojan al cielo de sus soles,

Los más duros,

Para condecorar la sangre combatiente.

De algún país ardiente, perforado

Por la gran flecha ecuatorial,

Sé que vendrán lejanos primos,

Remota angustia mía disparada en el viento;

Sé que vendrán pedazos de mis venas,

Sangre remota mía,

Con duro pie aplastando las hierbas asustadas;

Sé que vendrán hombres de vidas verdes,

Remota selva mía,

Con su dolor abierto en cruz y el pecho en llamas.

Sin conocernos nos reconoceremos en el hambre,

En la tuberculosis y en la sífilis,

En el sudor comprado en bolsa negra,

En los fragmentos de cadenas

Adheridos todavía a la piel;

Sin conocernos nos reconoceremos

En los ojos cargados de sueños

Y hasta en los insultos como piedras

Que nos escupen cada día

Los cuadrumanos de la tinta y el papel.

¿Qué ha de importar entonces

(¡Qué ha de importar ahora!)

¡Ay! mi pequeño nombre

De trece letras blancas?

¡Ni el mandinga, bantú,

Yoruba, dahomeyano

Nombre del triste abuelo ahogado

En tinta de notario?

¿Qué importa, amigos puros?

¡Oh, sí, puros amigos,

Venid a ver mi nombre!

Mi nombre interminable,

Hecho de interminables nombres;

El nombre mío, ajeno,

Libre y mío, ajeno y vuestro,

Ajeno y libre como el aire.



Nicolás Guillén,

Cuba