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martes, 8 de enero de 2008

RECETA DE MUJER, Vinicius de Moraes


Las muy feas que me perdonen,
Pero la belleza es fundamental. Es necesario
Que haya algo de flor en todo eso,
Algo de danza, algo de haute couture
En todo eso (o entonces
Que la mujer se socialice elegantemente en azul, como en la República Popular China). No hay términos medios posibles. Es necesario
Que todo eso sea bello. Es necesario que de pronto
Se tenga la impresión de ver una garza apenas posada y que un rostro adquiera de vez en cuando ese color sólo aprehensible en el tercer minuto de la aurora.
Es necesario que todo eso sea sin ser, pero que se refleje y germine
En la mirada de los hombres. Es necesario, es absolutamente necesario
Que todo sea bello e inesperado. Es necesario que unos párpados cerrados
Recuerden un poema de Éluard y que se acaricie en unos brazos
Alguna cosa más allá de la carne: que se los toque
Como al ámbar de una tarde. Ah, dejadme deciros
Que es necesario que la mujer que allí está como la corola ante el pájaro
Sea bella o por lo menos tenga un rostro que recuerde un templo y
Sea ligera como un resto de nube: pero que sea una nube
Con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas. Los ojos,
Y esto ni se discute, que miren con cierta maldad inocente. Una boca
Fresca (¡nunca húmeda!) móvil, viva, es también obstinadamente requerible. Es necesario que las extremidades sean flacas: que los huesos
Despunten, sobre todo la rótula al cruzar las piernas, y las pélvicas puntas
En el abrazo de una cintura móvil. Gravísimo es sin embargo el problema de las clavículas: una mujer sin sabrosas clavículas
Es como un río sin puentes. Indispensable
Es que haya una hipótesis de barriguita, e inmediatamente
La mujer se eleve como un cáliz, y que sus senos
Sean de estilo greco-romano, antes que gótico o barroco,
Y puedan iluminar la oscuridad con una capacidad mínima de cinco velas.
Es absolutamente preciso que el cráneo y la columna vertebral
Se vislumbren ligeramente… ¡y que exista un gran latifundio dorsal!
Los miembros que terminen como astas, pero que haya un cierto volumen de muslos
Y que sean lisos, lisos como un pétalo y cubiertos de suavísimo vello
Absolutamente sensible a la caricia en sentido contrario.
Es aconsejable en la axila un dulce césped de aroma propio
Apenas sensible (¡un mínimo de productos farmacéuticos!).
Preferibles son sin duda los cuellos largos
De forma que la cabeza dé a veces la impresión
De no tener nada que ver con el cuerpo, y la mujer nos recuerde
Flores sin misterio. Pies y manos deben contener elementos góticos
Discretos. La piel debe ser fresca en las manos, en los brazos, en la espalda y en la cara,
Pero los recovecos e interioridades deben tener una temperatura nunca inferior A 37° centígrados, capaces eventualmente de provocar quemaduras
De primer grado. Los ojos, que sean de preferencia grandes
Y de rotación por lo menos tan lenta como la de la tierra; y
Que se sitúen siempre más allá de un invisible muro de pasión
Que es necesario sobrepasar. Que la mujer sea alta en principio. O, si es baja, que tenga la actitud mental de los altos pináculos.
Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que, si se cierran los ojos,
Al abrirlos ella no estará más presente
Con su sonrisa y sus intrigas.
Que ella surja, no venga; parta, no vaya;
Y que posea una cierta capacidad de enmudecer súbitamente y hacernos beber
La hiel de la duda. Oh, principalmente
Que ella no pierda nunca, no importa en qué mundo,
No importa en qué circunstancias, su infinita volubilidad
De pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
Se transforme en esfera sin perder su gracia de ave; y que exhale siempre
El imposible perfume; y destile siempre
La embriagante miel; y cante siempre el inaudible canto
De su combustión; y no deje de ser nunca la eterna danzarina
De lo efímero; y en su incalculable imperfección
Constituya la cosa más bella y perfecta de toda la innumerable creación.

Vinicius de Moraes,
Brasil.


lunes, 7 de enero de 2008

RIPIOS DE LA TERCERA EDAD, Wystan Hugh (W.H.) Auden



Nuestra Tierra en 1969
Ya no es el planeta que considero mío,
Me refiero a ese mundo que me da fuerza
Para mantener el caos lejos de mí.

Mis paisajes y climas paradisíacos
Son invenciones de la era eduardiana
Cuando los baños requerían mucho sitio
Y antes de comer se bendecía la mesa.

El automóvil, los aeroplanos
Son cacharros útiles pero profanos:
La ingeniería con que yo sueño
Funciona con agua o con vapor.

La razón me pide que apruebe
La bombilla, pero sigue sin gustarme:
Me provoca más admiración
Un quemador en el descansillo.

Ya derroté a mis fantasmas familiares,
Sin embargo nunca cuestioné sus valores:
Su ética protestante del trabajo
Me parecía práctica y piadosa.

Cuando las parejas cantaban duetos,
Era inmoral tener deudas:
Hasta que me muera seguiré
Pagando lo que compro al contado.

El misal que conocíamos
Era el de 1662: Aunque no están mal los sermones de moda,
Las reformas de la liturgia son horribles.
Por supuesto, el sexo, como siempre,

Era el más tentador de los misterios,
Pero los quioscos todavía no vendían
Toda esa pornografía maniquea.
El Habla era cortés, era un Arte,

Como no eructar o no tirarse pedos:
No consigo decidir qué es peor,
La Antinovela o el Verso Libre.
Tampoco estoy a gusto con los académicos

Que investigan símbolos y mitos:
Me considero un hombre de letras
Que intenta escribir para sus mayores.
¿Acaso es la permisividad

Un éxito de la educación?
Eran más sanas aquellas aulas donde nos sentaban
Y nos forzaban a estudiar latín y griego.
Y si hay una Brecha Generacional

(Aunque sospecho que la palabra apesta),
¿A quién hay que culpar? A los viejos o los jóvenes
Que no quieren aprender su Lengua Materna.
Pero al menos, el Amor no es un estado

Que se halle en vogue o anticuado,
Y tengo amigos de verdad, lo admito,
Con quien sentarme a comer aquí y ahora.
¿Alienado, yo? ¡Huevadas!

Sólo soy
Un ciudadano leal que debe pelearse
Para conseguir aquello que me parece
Más familiar con lo que es Real.


W.H. Auden,
Inglaterra.

domingo, 6 de enero de 2008

TIEMPOS DE CONDENA, Rafael Alberti



Tiempos tristes, feroces,

de condenas a muerte,
de prolongadas sombras en aullidos y llantos.
No se puede dormir y si se duerme,
el sueño es una cárcel clavados los cerrojos.

Tiempos en que el amor pena sobresaltado,
roto por las llamadas urgentes a la lucha,
en que pueden sacarlo a la fuerza del lecho
para ser fusilado una lívida aurora.
tiempos malditos de diarias súplicas,
de noches angustiadas en espera del día,
de ese negro minuto en que una mano helada
tacha sin vacilar la vida de los hombres.

Tiempos desesperados,
infelices, sombríos,
en que es casi un delito el contemplar las flores,
alabar los azules del mar y la armonía
del vuelo de las aves que en otoño se alejan.

Pero a pesar de tantos años oscuros,
tiempos también del alma que en su alto desconsuelo
espera que la luz se filtre entre la sangre
y se establezca en paz por encima de todo.

Rafael Alberti,
España.


sábado, 5 de enero de 2008

POEMAS, Bertolt Brecht



PRIMERO COGIERON A...

Primero cogieron a los comunistas,
y yo no dije nada porque yo no era un comunista.
Luego se llevaron a los judíos,
y no dije nada porque yo no era un judío.
Luego vinieron por los obreros,
y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista.
Luego se metieron con los católicos,
y no dije nada porque yo era protestante.
Y cuando finalmente vinieron por mí
no quedaba nadie para protestar.


MUCHAS MANERAS DE MATAR


Hay muchas maneras de matar.

Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc...
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.

Bertolt Brecht,
Alemania.


viernes, 4 de enero de 2008

LA VIDA QUE ME DISTE, José Carlos Mariátegui


Renací en tu carne cuatrocentista, como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eras el principio de vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del cuatrocientos. Empecé a amarte, antes de conocerte, en un cuadro antiguo. Tu salud y tu gracia antiguas esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de alegría.

Por ti mi ensangrentado camino tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madona toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste.

José Carlos Mariátegui,
Perú

NO QUIERO, Ángela Figuera



No quiero

Que los besos se paguen
Ni la sangre se venda
Ni se compre la risa
Ni se alquile el aliento

No quiero
Que el trigo se queme ni el pan se escatime

No quiero
Que haya frío en las casas
Que haya miedo en las calles
Que haya rabia en los ojos

No quiero
Que en los labios se encierren mentiras
Que las arcas se encierren millones
Que en la cárcel se encierre a los buenos

No quiero
Que las madres no tengan perfumes
Que las mozas no tengan amores
Que los padres no tengan trabajo
Que a los niños le traigan los Reyes
Camisetas de punto y cuadernos

No quiero
Que el labriego trabaje sin agua
Que el marino navegue sin brújula
Que en la fábrica no haya azucenas
Que en la mina no vean la aurora
Que en la escuela no ría el maestro

No quiero
Que la tierra se parta en porciones
Que en el mar se establezcan dominios
Que en el aire se agiten banderas
Que en los trajes se pongan señales

No quiero
Que mi hijo desfile
Que los hijos de madre desfilen
Con fusil y con muerte en el hombro

No quiero
Que me manden fulano y mengano
Que me fisgue el vecino de enfrente
Que me pongan carteles y sellos
Que decreten lo que es poesía

No quiero
Cantar en secreto
Llorar en secreto
Amar en secreto

No quiero
Que me tapen la boca
Cuando digo

NO QUIERO.

Ángela Figuera,
España.

jueves, 3 de enero de 2008

CARTA TRAS LA MUERTE DEL CHE, Julio Cortázar


París, 29 de octubre de 1967


Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.

Che

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca

pero no importaba.

Yo tuve un hermano

que iba por los montes

mientras yo dormía.

Lo quise a mi modo,

le tomé su voz

libre como el agua,

caminé de a ratos

cerca de su sombra.

No nos vimos nunca

pero no importaba,

mi hermano despierto

mientras yo dormía,

mi hermano mostrándome

detrás de la noche

su estrella elegida.



Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida.

Hasta siempre,

Julio.



Julio Cortázar,
Argentina.