domingo, 6 de enero de 2008
TIEMPOS DE CONDENA, Rafael Alberti
Tiempos tristes, feroces,
de condenas a muerte,
de prolongadas sombras en aullidos y llantos.
No se puede dormir y si se duerme,
el sueño es una cárcel clavados los cerrojos.
Tiempos en que el amor pena sobresaltado,
roto por las llamadas urgentes a la lucha,
en que pueden sacarlo a la fuerza del lecho
para ser fusilado una lívida aurora.
tiempos malditos de diarias súplicas,
de noches angustiadas en espera del día,
de ese negro minuto en que una mano helada
tacha sin vacilar la vida de los hombres.
Tiempos desesperados,
infelices, sombríos,
en que es casi un delito el contemplar las flores,
alabar los azules del mar y la armonía
del vuelo de las aves que en otoño se alejan.
Pero a pesar de tantos años oscuros,
tiempos también del alma que en su alto desconsuelo
espera que la luz se filtre entre la sangre
y se establezca en paz por encima de todo.
Rafael Alberti,
España.
sábado, 5 de enero de 2008
POEMAS, Bertolt Brecht
PRIMERO COGIERON A...
Primero cogieron a los comunistas,
y yo no dije nada porque yo no era un comunista.
Luego se llevaron a los judíos,
y no dije nada porque yo no era un judío.
Luego vinieron por los obreros,
y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista.
Luego se metieron con los católicos,
y no dije nada porque yo era protestante.
Y cuando finalmente vinieron por mí
no quedaba nadie para protestar.
MUCHAS MANERAS DE MATAR
Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc...
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.
Bertolt Brecht,
Alemania.
viernes, 4 de enero de 2008
LA VIDA QUE ME DISTE, José Carlos Mariátegui
Renací en tu carne cuatrocentista, como la de
Por ti mi ensangrentado camino tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madona toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste.
José Carlos Mariátegui,
Perú
NO QUIERO, Ángela Figuera
No quiero
Que los besos se paguen
Ni la sangre se venda
Ni se compre la risa
Ni se alquile el aliento
No quiero
Que el trigo se queme ni el pan se escatime
No quiero
Que haya frío en las casas
Que haya miedo en las calles
Que haya rabia en los ojos
No quiero
Que en los labios se encierren mentiras
Que las arcas se encierren millones
Que en la cárcel se encierre a los buenos
No quiero
Que las madres no tengan perfumes
Que las mozas no tengan amores
Que los padres no tengan trabajo
Que a los niños le traigan los Reyes
Camisetas de punto y cuadernos
No quiero
Que el labriego trabaje sin agua
Que el marino navegue sin brújula
Que en la fábrica no haya azucenas
Que en la mina no vean la aurora
Que en la escuela no ría el maestro
No quiero
Que la tierra se parta en porciones
Que en el mar se establezcan dominios
Que en el aire se agiten banderas
Que en los trajes se pongan señales
No quiero
Que mi hijo desfile
Que los hijos de madre desfilen
Con fusil y con muerte en el hombro
No quiero
Que me manden fulano y mengano
Que me fisgue el vecino de enfrente
Que me pongan carteles y sellos
Que decreten lo que es poesía
No quiero
Cantar en secreto
Llorar en secreto
Amar en secreto
No quiero
Que me tapen la boca
Cuando digo
NO QUIERO.
Ángela Figuera,
España.
jueves, 3 de enero de 2008
CARTA TRAS LA MUERTE DEL CHE, Julio Cortázar
París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos:
Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de
Che
Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca
pero no importaba.
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida.
Hasta siempre,
Julio.
Argentina.
HE AQUÍ EL AMOR, Jorge Eduardo Eielson
HE AQUÍ EL AMOR
He aquí el amor.
Repito.
He aquí el amor.
Pero mejor hablaremos de esta puerta.
Una puerta es una puerta
A la que yo golpeo día y noche,
A la que yo golpeo día y noche,
A la que yo golpeo día y noche.
Y aunque nadie responda,
Y aunque nadie responda,
Y aunque nadie responda,
El aire es el aire de todos los días,
Las plantas son verdes como siempre,
Y el mismo cielo esférico me envuelve
Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.
¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
En cambio, esta puerta es indudable;
Por ella entro y salgo día y noche
Hacia los verdes campos que me esperan,
Hacia el mismo cielo esférico y perenne.
¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
Mejor sigo hablando de esta puerta.
Jorge Eduardo Eielson
Perú.
miércoles, 2 de enero de 2008
EN EL INSOMNIO, Virgilio Piñera
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormirse. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.
Virgilio Piñera,
Cuba.