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viernes, 4 de enero de 2008

LA VIDA QUE ME DISTE, José Carlos Mariátegui


Renací en tu carne cuatrocentista, como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eras el principio de vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del cuatrocientos. Empecé a amarte, antes de conocerte, en un cuadro antiguo. Tu salud y tu gracia antiguas esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de alegría.

Por ti mi ensangrentado camino tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madona toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste.

José Carlos Mariátegui,
Perú

NO QUIERO, Ángela Figuera



No quiero

Que los besos se paguen
Ni la sangre se venda
Ni se compre la risa
Ni se alquile el aliento

No quiero
Que el trigo se queme ni el pan se escatime

No quiero
Que haya frío en las casas
Que haya miedo en las calles
Que haya rabia en los ojos

No quiero
Que en los labios se encierren mentiras
Que las arcas se encierren millones
Que en la cárcel se encierre a los buenos

No quiero
Que las madres no tengan perfumes
Que las mozas no tengan amores
Que los padres no tengan trabajo
Que a los niños le traigan los Reyes
Camisetas de punto y cuadernos

No quiero
Que el labriego trabaje sin agua
Que el marino navegue sin brújula
Que en la fábrica no haya azucenas
Que en la mina no vean la aurora
Que en la escuela no ría el maestro

No quiero
Que la tierra se parta en porciones
Que en el mar se establezcan dominios
Que en el aire se agiten banderas
Que en los trajes se pongan señales

No quiero
Que mi hijo desfile
Que los hijos de madre desfilen
Con fusil y con muerte en el hombro

No quiero
Que me manden fulano y mengano
Que me fisgue el vecino de enfrente
Que me pongan carteles y sellos
Que decreten lo que es poesía

No quiero
Cantar en secreto
Llorar en secreto
Amar en secreto

No quiero
Que me tapen la boca
Cuando digo

NO QUIERO.

Ángela Figuera,
España.

jueves, 3 de enero de 2008

CARTA TRAS LA MUERTE DEL CHE, Julio Cortázar


París, 29 de octubre de 1967


Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.

Che

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca

pero no importaba.

Yo tuve un hermano

que iba por los montes

mientras yo dormía.

Lo quise a mi modo,

le tomé su voz

libre como el agua,

caminé de a ratos

cerca de su sombra.

No nos vimos nunca

pero no importaba,

mi hermano despierto

mientras yo dormía,

mi hermano mostrándome

detrás de la noche

su estrella elegida.



Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida.

Hasta siempre,

Julio.



Julio Cortázar,
Argentina.



HE AQUÍ EL AMOR, Jorge Eduardo Eielson


HE AQUÍ EL AMOR

He aquí el amor.
Repito.
He aquí el amor.

Pero mejor hablaremos de esta puerta.
Una puerta es una puerta
A la que yo golpeo día y noche,
A la que yo golpeo día y noche,
A la que yo golpeo día y noche.
Y aunque nadie responda,
Y aunque nadie responda,
Y aunque nadie responda,
El aire es el aire de todos los días,
Las plantas son verdes como siempre,
Y el mismo cielo esférico me envuelve
Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.

¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
En cambio, esta puerta es indudable;
Por ella entro y salgo día y noche
Hacia los verdes campos que me esperan,
Hacia el mismo cielo esférico y perenne.

¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?

Mejor sigo hablando de esta puerta.

Jorge Eduardo Eielson
Perú.

miércoles, 2 de enero de 2008

EN EL INSOMNIO, Virgilio Piñera



El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormirse. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.


Virgilio Piñera,
Cuba.

A OTRA COSA, Alejandro Romualdo



Basta ya de agonía. No me importa
La soledad, la angustia ni la nada.
Estoy harto de escombros y de sombras.
Quiero salir al sol. Verle la cara

Al mundo. Y a la vida que me toca,
Quiero salir, al son de una campana
Que eche a volar olivos y palomas.
Y ponerme, después, a ver qué pasa

Con tanto amor. Abrir una alborada
De paz, en paz con todos los mortales.
Y penetre el amor en las entrañas
Del mundo. Y hágase la luz a mares.

Déjense de sollozos y peleen
Para que los señores sean hombres.
Tuérzanle el llanto a la melancolía.
Llamen siempre a las cosas por sus nombres.

Avívense la vida. Dense prisa.
Esta es la realidad. Y esta es la hora
De acabar de llorar mustios collados,
Campos de soledad. ¡A otra cosa!

Basta ya de gemidos. No me importa
La soledad de nadie. Tengo ganas
De ir por el sol. Y al aire de este mundo
Abrir, de paz en paz, una esperanza.

Alejandro Romualdo,
Perú.


martes, 1 de enero de 2008

¿TOMAMOS LA SENDA EQUIVOCADA?, Rosina Valcárcel


(A Elena)

Los célebres nos expulsaron de sus graciosas veladas
Sus hocicos de lobo fueron su don supremo
No obtuvimos medallas ni grandes laureles
Aluciné absurda muchas palabras demás
En las polémicas perdí los jazmines de mi cabellera
Y las revistas de la Pequeña Lulú
Mientras Vargas Llosa brindaba a sus anchas
Sus verdades de Escritor en el Viejo Continente
Tú y yo simplemente jugamos a cruzar caminos y ríos
A escribirnos a hurtadillas

A bailar tango
Y garabatear páginas para nuestro ghetto
Pero en la sala de esgrima nos pusieron 20

¿Tomamos la senda equivocada?


Rosina Valcárcel,
Perú.