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domingo, 20 de diciembre de 2009

Atahualpa Yupanqui: Las Preguntitas

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com



Un día yo pregunté:
Abuelo, ¿dónde está Dios?

Mi abuelo se puso triste,
y nada me respondió.


Mi abuelo murió en los campos,
sin rezo ni confesión.
Y lo enterraron los indios
flauta de caña y tambor.


Al tiempo pregunté yo:
Padre, ¿qué sabe de Dios?
Mi padre se puso serio
y nada me respondió.


Mi padre murió en la mina
Al fondo del Socavón.
Color de sangre minera
tiene el oro del patrón!


Más luego yo poregunté:
Hermano, ¿dónde está Dios?
Mi hermano bajo los ojos
Y nada me respondió.


Mi hermano vive en el monte
Y no conoce una flor:
Sudor, la malaria, la serpiente,
es la vida del leñador.


Y que nadie le pregunte
si sabe dónde está Dios.
Por su casa no ha pasao
Tan importante señor.


Yo canto por los caminos
Y cuándo estoy en prisión,
oigo las voces del pueblo
que cantan mejor que yo.


Hay un asunto en la tierra
más importante que Dios.
Y es que nadie escupa sangre
pa' que otro viva mejor.


Si Dios vela por los pobres,
Tal vez si, tal vez no.
Lo seguro es que él almuerza
en la mesa del patrón.



martes, 15 de diciembre de 2009

Horacio Ferrer y Astor Piazzola: "Balada para mi muerte"

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

Amigos de BOSQUE DE PALABRAS, hasta hoy he estado publicando una "entrada" diaria en este blog (y cuando estuvo en observación por el servidor blogger lo hice por emial). En adelante, voy a ingresar una entrada por semana. Mi trabajo de creación y de investigación así me lo exigen. Espero, con todo, seguir en contacto. A continuación presento el siguiente poema/canción:



Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.


Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.


Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.
Flotará en mi silencio la mufa perfumada
de aquel verso que nunca yo te supe decir.


Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,
como sombras fugadas de un cansado ballet,
repitiendo tu nombre por una calle blanca,
se me irán los recuerdos en puntitas de pie.


Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.


Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,
cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!

lunes, 14 de diciembre de 2009

José M. Vallejo: "Las de Caín de José Saramago"

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com



A sus 87 años de edad, el Nóbel de la literatura, José Saramago, no pertenece al grupo de escritores que amparados en la fama se inclinan por los temas triviales o insubstanciales, tendencia, hoy en día, animada por la narrativa ligera y sesgada a la frivolidad, puesta en boga por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa después de sus éxitos iniciales con la novela social. Cambio trágico y desafortunado donde prima el significado mercantilista de la producción literaria. De acuerdo a este enfoque divergente entre los literatos citados, vemos que en su reciente libro Caín, el profundo escritor portugués vuelve a cogerse de la Biblia y de la religión para mostrarse irónico, impío y mordaz, todo ello en consonancia a su declarado ateísmo practicante.


La versión bíblica del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín, ambos habiendo ofrecido a Dios lo mejor de su realización, en el caso del muerto las mejores crías de sus ovejas y en el del fratricida los mejores frutos de sus cosechas, es llevada magistralmente al ridículo. Se explota ahí al máximo el absurdo de una concepción de resentimiento celoso, de enojo superfluo, hasta llegar a la envidia criminal. La preferencia de Dios por Abel, sin motivo aparente, contra Caín es aprovechada en la narración con la finalidad de demostrar que el justo Señor, el ser supremo de la bondad, de la equidad y la rectitud, no era de fiarse. Pero el fondo del asunto es, como en el caso de Adán y Eva, la desobediencia y el castigo correspondiente, esencia desde el principio de una domesticación del ser humano a través de un poder abstracto omnipresente representado por Dios y por extensión por la iglesia y la jerarquía eclesiástica, los representantes divinos en la tierra. En tales circunstancias, Saramago, rescata a Caín de los castigos celestiales, en tanto acusa a ese Dios bíblico como el autor intelectual del crimen cometido.


No es la primera vez, ya hace una veintena de años, el Nóbel portugués se ingenió un ataque a la religión cristiana, madre ideológica del mundo occidental, a través de su muy discutido libro “El Evangelio según Jesucristo,” cosa que le valió la censura de los católicos y un veto del gobierno de su país para competir en el Premio Europeo de Literatura. La insistencia en el tema religioso, primero, mediante un punto de vista irónico de los evangelios de Marcos, Mateo, Juan y Lucas (Nuevo Testamento) y ahora utilizando a Caín para traerse abajo el Antiguo Testamento de los judíos y libro sagrado de los cristianos como referencia histórica, persigue, no cabe duda, la desmitificación de la Biblia. Las definiciones de Dios, el demonio, la dicotomía entre el bien y el mal, y sus consecuencias de pecados y perdones, de glorias purificadas y fuegos eternos, son temas tratados en función del dominio ideológico. Temas inventados por los hombres, asevera el escritor Saramago y por consiguiente, despojados de toda divinidad, son manejados humanamente hasta demostrar la existencia de una acumulación de absurdos. En realidad, inventando milagros nuevos y profecías, ridiculizando los mensajes y los salmos, las negociaciones entre Dios y el Diablo o entre el hombre y el diablo como el pacto de Mefistófeles con el doctor Fausto en la obra del poeta Goethe; y observando de manera natural que fue María Magdalena quien desvirgó a Jesús de Nazareth, Saramago se engolosina literariamente con la fantasía, la imaginación, el sueño y la invención.


Especialista en los escenarios fantásticos, descritos en largas sentencias, estilo torrencial de cierta manera vocalizado, José Saramago explota casi siempre una perspectiva subversiva acerca de los eventos históricos y contra el orden establecido. A los temas polémicos, el día a día de la humanidad, con un lenguaje sencillo como el utilizado en sus libros “El año de la muerte de Ricardo Reis,” “La balsa de Piedra,” “Ensayo sobre la Ceguera,” “Ensayo sobre la Lucidez,” “El Viaje del Elefante” entre otras obras célebres, se suma el tema religioso. Y precisamente con su nuevo libro Caín trata de despojarle a la Biblia el carácter de abecedario sagrado, más aún cuando la mayoría, sin haberla leído, la acepta como palabra divina o la voz de Dios. Esta intención de desmitificación bíblica subsiste con ironía y humor a lo largo de la narrativa, tal si fuera un complemento necesario de la visión escéptica postulada en “Los evangelios según Jesucristo.”


Para el escritor lusitano desmitificar a la Biblia no constituye una tarea difícil. El ingenio en el manejo de la sátira cumple con creces la tarea impuesta, pues se comienza y se termina con una secuencia de descubrimientos de situaciones absurdas, donde la recurrencia a Dios a fin de explicar lo inexplicable resulta risible cuando desaparece la lógica del razonamiento elemental y se le reemplaza por el dogma con la finalidad de exponer la fantasía como realidad aceptable. La secuencia de descubrimientos, en cuyos relatos simples destaca lo absurdo y fantasmagórico, se aproxima a la concepción de lo “real maravilloso” perteneciente al escritor cubano Alejo Carpentier. La Biblia a fin de cuentas termina sin línea demarcatoria entre lo real y lo fantástico, en una atmósfera surrealista donde lo supernatural es de representación absolutista y no resulta divulgada como cuestionable.


En estos tiempos de mezcolanza sincrética entre lo pagano y lo religioso, cuando la Navidad ya no pertenece sólo a los cristianos sino se hizo universal y por ejemplo, en Norteamérica, es la más grande fiesta mercantil y comercial habida, con sus luces de colores, pintorescos árboles adornados de regalos, Santa Claus y trineos musicales, Caín ante el olvido de que esta fiesta se debe al nacimiento de Jesús y no a la parafernalia del consumismo desenfrenado, resulta un libro creyente mirando el nuevo mundo que se avecina. Ya tenemos también un avance en este camino con las difundidas novelas de Harry Potter, donde se destaca un mundo sin iglesias, sin cleros ni fe religiosa. La Biblia desmitificada parece ser la búsqueda de Saramago, más todavía cuando ridiculiza los textos asombrosos y los hechos extraordinarios, imbuidos de fantasía en su totalidad, presentados como sucesos concretos ocurridos en el tiempo y el espacio. Rechazo, en realidad, a la creación de un grupo de hombres de inventiva, cuyas versiones mágicas en la mayoría de sus aspectos sirven a un propósito: el ejercer dominio sobre los hombres no pensantes. Se valen de esta manera de los misterios de la existencia misma, rodeados de información elaborada con el fin primordial de impartir la dominación mental.


Saramago en Caín no explica su ateismo, se vale de él para tratar de explicarse irónicamente por qué la gran mayoría es creyente sin importarle el ridículo de aceptar absurdos extravagantes, además sin darse la oportunidad de explicarse lo desconocido. El escritor toma distancia punzante y mordaz respecto a la fantasía y lo mágico, puesto que lo supernatural bíblico no se explica sino se acepta por venir de Dios. De ahí que, el Nóbel de la literatura convierte a la Biblia, por segunda vez, en una especie de novela “mágico realista” escrita por muchos autores sin acuerdo entre ellos, una obra digna de los cuentos infantiles por la simpleza de sus inverosímiles argumentos.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Rocío Silva Santisteban: Clo & Meche

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com




Hace cien años murieron dos de las mujeres pioneras del periodismo de nuestro país: me refiero a Clorinda Matto y a Mercedes Cabello. Ellas representaron no solo el esfuerzo de las primeras mujeres ilustradas por el conocimiento –tuvieron la suerte de ser educadas por maestras que les enseñaron idiomas, por padres que les abrieron las puertas de sus bibliotecas y de sus mentes– y por la búsqueda de justicia –en el caso de la cusqueña Clorinda por los indígenas, Mercedes por las propias mujeres– sino también la pluma de las primeras peruanas que decidieron escribir en revistas y periódicos para participar a través de la prensa en el debate público.




Grimanesa Martina Matto Usandivaras nació en Calca, Cusco, en 1852. Luego de casarse con el comerciante Joseph Turner escribe una serie de “Tradiciones cusqueñas” que le dan mucho prestigio. Después de enviudar a los 28 años se traslada a Arequipa donde dirigió La Bolsa, y finalmente cuando llegó a Lima lo hizo para dirigir una de las revistas más importantes de la época: El Perú Ilustrado. Por la misma fecha (1889) publicó Aves sin nido, novela que causó un gran revuelo pues en sus páginas denunciaba las inmoralidades del clero (un hombre y una mujer no pueden culminar su amor porque se enteran que son hermanos e “hijos de cura”). La Iglesia no olvidaría la ofensa, y pocos meses más tarde, el arzobispo de Lima denunció a la severa Clorinda de “pornógrafa” por publicar en El Perú Ilustrado el cuento “Magdala” de Henrique Coelho Netto (se insinúa una relación non santa entre Jesús y María Magdalena). La excusa fue perfecta: Clorinda es ex comulgada y debe renunciar a la revista. Aves sin nido engrosa el index de libros prohibidos y, como es lógico, se convierte en un best seller. A los pocos años, luego de intentar sacar adelante una pequeña imprenta, Matto es repudiada por Nicolás de Piérola y su casa e imprenta son saqueadas. Tiene que salir del Perú y finalmente muere en Buenos Aires.




La vida de Mercedes Cabello tampoco fue un lecho de rosas, a pesar de que, gracias al apoyo de su familia, Cabello se convierte en una de las primeras intelectuales peruanas del s.XIX. Quizás uno de los motivos fue su estirpe moqueguana: en ese entonces una especie de centro cultural y bibliófilo bastante activo, donde Mercedes pudo aprender varios idiomas y disfrutar de las excelentes bibliotecas de su padre y de su tío. A los 22 años se traslada a Lima y luego se casa con el médico Urbano Carbonera, quien, paradójicamente, la contagia del mal que la llevaría a la “parálisis general progresiva” primero, y a la muerte después: la sífilis. Mercedes Cabello escribió encendidas defensas de la educación de la mujer y varias novelas, dos de las cuales fueron las más conocidas: Blanca Sol y El conspirador, una denuncia frontal contra el gobierno de Nicolás de Piérola.




Clorinda tenía la mirada severa, los ojos encapotados, lentes redondos y una boca muy fina. En uno de sus retratos clásicos se le ve como una severa matrona, con un sombrero de visera y flores de tocado. Por el contrario, Mercedes no usaba lentes, los ojos eran grandes y las cejas muy pobladas, el pelo ensortijado y la cara cuadrada. Clorinda intentó ser sutil y fue una mujer muy astuta; Mercedes nunca tuvo pelos en la lengua y sus denuncias siempre fueron directas y en voz alta. Ambas fueron repudiadas: Clorinda huyó al exilio, Mercedes al manicomio.




Gracias al temple de ambas, se abrieron muchos caminos que nosotras, hoy, transitamos con tanta fluidez. Acá en el Perú las mujeres les debemos –como se dijo sobre Simone de Beauvoir en Francia– todo. ¡Les debemos todo!

viernes, 11 de diciembre de 2009

Antonio Machado: Yo voy soñando caminos

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com




Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…


¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.


“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”.


Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.


La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.


Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Witold Gombrowicz: Contra los poetas

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


SERÍA más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental.


No cabe duda de que la tesis de esta nota: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado, parecerá desesperadamente infantil; y, sin embargo, confieso que los versos no me gustan y hasta me aburren un poco. Lo interesante es que no soy un ignorante absoluto en cuestiones artísticas ni tampoco me falta la sensibilidad poética; y cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostoievski, de Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano, tiemblo como cualquier mortal. Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama "poesía pura" y, sobre todo, cuando aparece versificada. Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima, me extraña dentro del vocabulario poético cierta "pobreza dentro de la nobleza" (rosas, amor, noche, lirios), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto básico.


Yo mismo creía al principio que esto se debía a una particular deficiencia de mi "sensibilidad poética" pero cada vez tomo menos en serio los slogans que abusan de nuestra credulidad. No hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes (finos y cultos, por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta) advertía la treta; o, analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con asombro que los "admiradores" ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la "precisión matemática" de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía de Valéry es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones, porque entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos imaginamos, y tan sarcástica, que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un momento las conversaciones del juego artístico, enseguida tropieza con un enorme montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los principios aristotélicos.


Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema: miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria: yo, con mi convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.


¡Valor, señores! En vez de huir de ese hecho expresamente, tratemos de buscar sus causas como si fuese un hecho como cualquier otro.


Poesía pura y azúcar puro


¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.


¿Cómo hemos llegado a este grado de exceso? Cuando un hombre se expresa en forma natural, es decir en prosa, su habla abarca una gama infinita de elementos que reflejan su naturaleza entera; pero he aquí que vienen los poetas y proceden a eliminar gradualmente del habla humana todo elemento apoético, en vez de hablar empiezan a cantar y de hombres se convierten en bardos y vates, consagrándose única y exclusivamente al canto. Cuando un trabajo semejante de depuración y eliminación se mantiene durante siglos llégase a una síntesis tan perfecta que no quedan más que unas pocas notas y la monotonía tiene que invadir forzosamente el campo del mejor poeta. El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad "profesional" y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos. Pero lo más importante es que todos ellos se vuelven esclavos de su instrumento porque esa forma es ya tan rígida y precisa, sagrada y consagrada que deja de ser un medio de expresión: y podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos.


Por más que se diga que el arte es una especie de clave, que el arte de la poesía consiste precisamente en lograr una infinidad de matices con pocos elementos, tales y parecidos argumentos no ocultarán el primordial fenómeno de que con la máquina del verbo poético ha ocurrido lo mismo que con todas las demás máquinas, pues en vez de servir a su dueño se ha convertido en un fin en sí; y, francamente, una reacción contra ese estado de cosas parece aún más justificada aquí que en otros campos porque aquí estamos en el terreno del humanismo "par excellence". Existen dos formas de humanismo básicas y diametralmente opuestas: una que podríamos llamar "religiosa" que coloca al hombre de rodillas ante la obra cultural de la humanidad y otra, laica, que trata de recuperar la soberanía del hombre frente a sus dioses y sus musas. El abuso de cualquiera de estas formas tiene que provocar una reacción y es cierto que una reacción así contra la poesía sería hoy totalmente justificada porque, de vez en cuando, hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Posiblemente los que han tenido la oportunidad de leer algún texto artístico mío se sentirán extrañados por lo que digo, ya que soy en apariencia un autor típicamente moderno, difícil, complicado y aun a veces -quien sabe- aburrido. Pero, téngase en cuenta que yo no aconsejo a nadie prescindir de la perfección ya alcanzada, sino que considero que esta perfección, este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista. Este equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento de todo buen estilo, más, en los poemas no lo encontraremos, y tampoco se puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la poesía. Libros como "La muerte de Virgilio", de Herman Broch o aun el celebrado "Ulises" de Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado "artísticos". Todo allí es perfecto, profundo, grandioso, elevado y, al mismo tiempo, nada nos interesa porque sus autores no lo han escrito para nosotros sino para el Dios del Arte.


Pero la poesía pura además de constituir un estilo hermético y unilateral, constituye también un mundo hermético. Y sus debilidades aparecen con más crudeza aún, cuando se contempla el mundo de los poetas en su aspecto social. Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable. La primera consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del hecho de si es posible rimar "espesura" y "susurran". Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.


La segunda consecuencia es aún más desagradable: el poeta no sabe defenderse de sus enemigos. Y así vemos cómo en el terreno personal y social se pone en evidencia la misma estrechez de estilo que hemos mencionado más arriba. El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo, pero hay varios y el mundo de un zapatero o de un militar tiene poco que ver con el mundo de los versos: como los poetas viven entre ellos y entre ellos forman su estilo, eludiendo todo contacto con ambientes distintos, quedan dolorosamente indefensos frente a los que no comparten sus credos. Lo único que son capaces de hacer, cuando se ven atacados es afirmar que la poesía es un don de los dioses, indignarse contra el profano o lamentarse por la barbarie de nuestros tiempos lo que, por cierto, resulta bastante gratuito. El poeta se dirige sólo a aquel que ya está compenetrado con la poesía, es decir a uno que ya es poeta, pero esto es como si un cura endilgara su sermón a otro cura. ¡Cuánta más importancia tiene, sin embargo, para nuestra formación el enemigo que el amigo! Sólo frente al enemigo podemos verificar plenamente nuestra razón de ser y sólo él nos procura la clave de nuestros puntos débiles y nos pone el sello de la universalidad. ¿Por qué, entonces, los poetas huyen ante el choque salvador? Ah, porque carecen de medios, de actitud, de estilo para afrontarlo. ¿Y por qué les faltan estos medios? Ah, porque eluden el choque.


El vate y el ridículo


La más seria dificultad de orden personal y social que debe afrontar el poeta proviene de que él, considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde más arriba; pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate. Mas, por otra parte, crece también el número de los poetas y a todos los excesos de la poesía ya enumerados hay que añadir el exceso de bardos y el exceso de versos.


Estas ultrademocráticas cifras minan desde el interior la aristocrática y orgullosa actitud del mundo de los poetas y nada más comprometedor, en ese sentido, que cuando se los ve a todos reunidos, por ejemplo, en un congreso: una muchedumbre de seres excepcionales. Un artista que en verdad se preocupe por la forma buscaría alguna salida a este callejón, porque sin duda estos problemas en apariencia sólo personales están estrechamente vinculados con el arte y la voz del poeta no suena bien, ni puede ser seria y convincente mientras él mismo quede ridiculizado por tales contrastes.


Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente: como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre. Podría también proclamar públicamente esas antinomias y escribir sus versos sin estar satisfecho de ellos y anhelando ser cambiado y renovado por el choque regenerador con los demás hombres. Pero no es posible exigir tanto a los que dedican toda su energía a la "depuración" de su rima. Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder. ¡Qué ilusos! De cada diez poemas uno por lo menos cantará el poder del Verbo y la elevada misión del Poeta lo que, justamente, demuestra que el Verbo y la Misión están en peligro... y los estudios o reseñas sobre poesía nos procuran una rara impresión: porque su inteligencia, sutileza y finura están en contraste con el tono que es a la vez ingenuo y pretencioso. Todavía no han comprendido los poetas que de la poesía no se puede hablar en tono poético y por eso sus revistas están llenas de poetizaciones sobre la poesía muy a menudo horripilantes por su estéril malabarismo verbal. A esos pecados mortales contra el estilo los lleva el temor que sienten ante la realidad y la necesidad de encontrar a toda costa una afirmación de su quebrantado prestigio.


Formas de la salvación


La ceguera voluntaria se nota también en ese simplismo tremendo en que caen hombres, por otra parte muy inteligentes, cuando se trata de su suerte. Muchos poetas pretenden salvarse de las dificultades expuestas más arriba declarando que ellos escriben sólo para sí mismos, para su propio goce estético aunque al mismo tiempo hacen lo posible por publicar sus obras. Otros buscan la salvación en el marxismo y afirman con toda seriedad que el pueblo es capaz de asimilar sus refinadísimos y difíciles poemas, productos de siglos de cultura. Ahora la mayoría de los poetas cree firmemente en la repercusión social de los versos y nos dirán extrañados: "Pero cómo puede usted dudar... Vea las muchedumbres que asisten a cada recital poético. ¡Cuántas ediciones se publican! Cuánto se escribe sobre la poesía y cuán admirados son los que conducen a los pueblos por el camino de la Belleza."


No se les ocurre pensar que en un recital poético es casi imposible asimilar un verso (porque no basta escuchar un verso moderno una sola vez para entenderlo), que miles de libros se compran para no ser leídos nunca, que los que escriben en los periódicos sobre poesía son poetas y que los pueblos admiran sus poetas porque necesitan mitos. No se dan cuenta que si las escuelas no enseñasen a los niños el culto de los poetas en sus tristes y tan formales clases de idioma nacional y si este culto no se mantuviera todavía por inercia entre los adultos nadie, fuera de unos pocos aficionados, se interesaría en ellos. No quieren ver que esa supuesta admiración por el canto versificado es en realidad el resultado de muchos factores como la tradición, la imitación y, aun otros como el sentimiento religioso o la afición deportiva (porque asistimos a un recital poético del mismo modo que a una misa -sin comprenderlo- y sólo cumpliendo un acto de presencia frente a un rito; y porque nos interesa la carrera de los poetas hacia la gloria así como nos interesan las carreras de caballos); no, ese complicado proceso de la reacción de las multitudes se reduce para ellos a la fórmula: "el verso encanta porque es bello..."


Que me disculpen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos y gustoso tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos; sin embargo ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir las ventanas de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma. Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota -¿acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?-. Y, además, mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y por lo tanto, libres para elegir.

(Texto tomado de “Contra los poetas”, Editorial Seguitur, por la revista digital Confabulación: http://con-fabulacion.blogspot.com/

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Pedro Salinas: "Ahora te quiero..."

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com




Ahora te quiero,



como el mar quiere a su agua:


desde fuera, por arriba,


haciéndose sin parar


con ella tormentas, fugas,


albergues, descansos, calmas.


¡Qué frenesíes, quererte!


¡Qué entusiasmo de olas altas,


y qué desmayos de espuma


van y vienen! Un tropel


de formas, hechas, deshechas,


galopan desmelenadas.


Pero detrás de sus flancos


está soñándose un sueño


de otra forma más profunda


de querer, que está allá abajo:


de no ser ya movimiento,


de acabar este vaivén,


este ir y venir, de cielos


a abismos, de hallar por fin


la inmóvil flor sin otoño


de un quererse quieto, quieto.


Más allá de ola y espuma


el querer busca su fondo.


Esta hondura donde el mar


hizo la paz con su agua


y están queriéndose ya


sin signo, sin movimiento.


Amor


tan sepultado en su ser,


tan entregado, tan quieto,


que nuestro querer en vida


se sintiese


seguro de no acabar


cuando terminan los besos,


las miradas, las señales.


Tan cierto de no morir,


como está


el gran amor de los muertos.