Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
Ahora te quiero,
como el mar quiere a su agua:
desde fuera, por arriba,
haciéndose sin parar
con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.
¡Qué frenesíes, quererte!
¡Qué entusiasmo de olas altas,
y qué desmayos de espuma
van y vienen! Un tropel
de formas, hechas, deshechas,
galopan desmelenadas.
Pero detrás de sus flancos
está soñándose un sueño
de otra forma más profunda
de querer, que está allá abajo:
de no ser ya movimiento,
de acabar este vaivén,
este ir y venir, de cielos
a abismos, de hallar por fin
la inmóvil flor sin otoño
de un quererse quieto, quieto.
Más allá de ola y espuma
el querer busca su fondo.
Esta hondura donde el mar
hizo la paz con su agua
y están queriéndose ya
sin signo, sin movimiento.
Amor
tan sepultado en su ser,
tan entregado, tan quieto,
que nuestro querer en vida
se sintiese
seguro de no acabar
cuando terminan los besos,
las miradas, las señales.
Tan cierto de no morir,
como está
el gran amor de los muertos.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
Pablo Neruda: Algunas Reflexiones improvisadas sobre mis trabajos
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
Guillermo Feliú Cruz y la Biblioteca Nacional han dedicado este ciclo de estudio a mis trabajos en un momento apasionado de nuestra vida civil.
Al agradecerlo con emoción, debo declarar que esta actitud entraña una responsabilidad intelectual que desafiando el miedo circundante aparece como una ejemplar y luminosa lección de humanismo .
Entre los conferencistas, ensayistas y escritores que van a participar en este seminario, yo soy, tal vez, el que tiene una posición más difícil, una posición que oscila entre la ignorancia y el pudor. La ignorancia de mi propia obra y el pudor natural de hablar de ella. Sin embargo, veré modo de hacer una pequeña reseña de algunos de los propósitos o intenciones que impulsaron mi poesía, algunos fracasados y otros madurados.
Mi primer libro Crepusculario, se asemeja mucho a algunos de mis libros de mayor madurez. Es, en parte, un diario de cuanto acontecía dentro y fuera de mí mismo, de cuanto llegaba a mi sensibilidad. Pero, nunca, Crepusculario, tomándolo como nacimiento de mi poesía, al igual que otros libros invisibles o poemas que no se publicaron, contuvo un propósito poético deliberado, un mensaje sustantivo original. Este mensaje vino después como un propósito que persiste bien o mal dentro de mi poesía. A ello me referiré en estas confesiones.
Apenas escrito Crepusculario quise ser un poeta que abarcara en su obra una unidad mayor. Quise ser, a mi manera, un poeta cíclico que pasara de la emoción o de la visión de un momento a una unidad más amplia. Mi primera tentativa en este sentido fue también mi primer fracaso.
Se trata de ese ciclo de poemas que tuvo muchos nombres y que, finalmente, quedó con el de El hondero entusiasta. Este libro, suscitado por una intensa pasión amorosa, fue mi primera voluntad cíclica de poesía: la de englobar al hombre, la naturaleza, las pasiones y los acontecimientos mismos que allí se desarrollaban, en una sola unidad.
Escribí afiebrada y locamente aquellos poemas que consideraba profundamente míos. Creí también haber pasado del desorden a un planeamiento formal. Recuerdo que, desprendiéndome ya del tema amoroso y llegando a la abstracción, el primero de esos poemas, que da título al libro, lo escribí en una noche extraordinariamente quieta, en Temuco, en verano, en casa de mis padres. En esta casa yo ocupaba el segundo piso casi por entero. Frente a la ventana había un río y una catarata de estrellas que me parecían moverse. Yo escribí de una manera delirante aquel poema, llegando, tal vez, como en uno de los pocos momentos de mi vida, a sentirme totalmente poseído por una especie de embriaguez cósmica. Creí haber logrado uno de mis primeros propósitos.
Por aquellos tiempos había llegado a Santiago la poesía de un gran poeta uruguayo, Carlos Sabat Ercasty, poeta ahora injustamente olvidado. La persona que me habló y me comunicó un entusiasmo ferviente por la poesía de Sabat Ercasty fue mi gran amigo, el malogrado poeta Joaquín Cifuentes Sepúlveda. Por este joven y generoso poeta, que guardaba una admiración perpetua hacia sus compañeros y una falta de egoísmo casi suicida que lo llevó, tal vez por aminorarse, a la destrucción y la muerte, conocí yo los poemas de Sabat Ercasty.
En este poeta vi yo realizada mi ambición de una poesía que englobara no sólo al hombre, sino a la naturaleza, a las fuerzas escondidas, una poesía epopéyica que se enfrentara con el gran misterio del universo y también con las posibilidades del hombre. Entré en correspondencia con él. Al mismo tiempo que yo proseguía y maduraba mi obra, leía con mucha atención las cartas que él generosamente dedicaba a un tan desconocido y joven poeta. Yo tenía tal vez 17 o 18 años y aquella noche, después de haber escrito ese poema, decidí enviarle este fruto de mi trabajo en el que había puesto lo más original de lo esencial mío. Se lo mandé pidiéndole una opinión muy franca sobre él, a la vez que lo consultaba si le parecía hallar alguna influencia de Sabat Ercasty.
Yo pensé, y mi vanidad me perdió, que el poeta me lanzaría una ininterrumpida serie de elogios por lo que yo creía una verdadera obra maestra dentro de los límites de mi poesía. Recibí poco después, y sin que ello disminuyera mi entusiasmo por él, una noble carta de Sabat Ercasty en que me decía que había leído en ese poema una admirable poesía que lo había traspasado de emoción, pero que, hablándome con el alma y sin hipocresía alguna, hallaba que ese poema tenía “la influencia de Carlos Sabat Ercasty”.
Mi inmensa vanidad recibió esta respuesta como una piedra cósmica, como una respuesta del cielo nocturno al que yo había lanzado mis piedras de hondero. Me quedé entonces, por primera vez, con un trabajo que no debía proseguir. Yo, tan joven, que me proponía escribir una larga obra con propósitos determinados o caóticos, pero que representara lo que siempre busque, una extensa unidad, y aquel poema tembloroso, lleno de estrellas, que me parecía haberme dado la posesión de mi camino, recibía aquel juicio que me hundía en lo incomprensible, porque mi juventud no comprendía la lección.
No comprendía entonces que no es la originalidad el camino, no es la búsqueda nerviosa de lo que puede distinguirlo a uno de los demás, sino la expresión, el camino encontrado a través, precisamente, de muchas influencias y de muchos aportes.
Pero esto es largo de conocer y aprender. El joven sale a la vida creyendo que es el corazón del mundo y que el corazón del mundo se va a expresar a través de él. Terminó allí mi ambición cíclica de una ancha poesía, cerré la puerta a una elocuencia desde ese momento para mí imposible de seguir, y reduje estilísticamente, de una manera deliberada, mi expresión.
El resultado fue mi libro Veinte poemas de amor.
Pero este libro no alcanzó, para mí, aún en esos años de tan poco conocimiento, el secreto y ambicioso deseo de llegar a una poesía aglomerativa en que todas las fuerzas del mundo se juntaran y se derribaran. Era éste el conflicto que yo me reservaba.
Empecé una segunda tentativa frustrada y ésta se llamó verdaderamente Tentativa... En el título presuntuoso de este libro se puede ver cómo esta motivación vino a poseerme desde muy temprano. Tentativa del hombre infinito fue un libro que no alcanzó a ser lo que quería, no alcanzó a serlo por muchas razones en que ya interviene la vida de todos los días. Sin embargo, dentro de su pequeñez y de su mínima expresión, aseguró más que otras obras mías el camino que yo debía seguir. Yo he mirado siempre la Tentativa del hombre infinito como uno de los verdaderos núcleos de mi poesía, porque trabajando en estos poemas, en aquellos lejanísimos años, fui adquiriendo una conciencia que antes no tenía y si en alguna parte están medidas las expresiones, la claridad o el misterio, es en este pequeño libro, extraordinariamente personal.
Curiosamente, en estos días, ha llegado a mis manos el manuscrito de una obra crítica sobre mi poesía, muy extensa, del eminente escritor uruguayo Emilio Rodríguez Monegal. No se halla aún impresa y se me ha enviado para que yo la vea. Entre las cosas que allí aparecen he visto que a este libro mío, Jorge Elliott, escritor chileno a quien conocemos y apreciamos, le atribuye la influencia de Altazor, de Vicente Huidobro. No sabía que Jorge Elliott había expresado tal error. No se trata aquí de defenderse de influencias, (ya he hablado de la de Sabat Ercasty), pero quiero aprovechar este momento para decir que en ese tiempo yo no sabía que existiera un libro llamado Altazor, ni creo que este mismo estuviese escrito o publicado. No estoy seguro porque no tengo a mano los datos correspondientes, pero me parece que no. Yo conocía, sí, los poemas de Huidobro, los primeros excelentes poemas de Horizon Carré, de Tour Eiffel, de los Poemas Articos. Admiraba profundamente a Vicente Huidobro, y decir profundamente es decir poco. Posiblemente, ahora lo admiro más, pues en ese tiempo su obra maravillosa se hallaba todavía en desarrollo. Pero el Huidobro que yo conocía y tanto admiraba era con -el que menos contacto podía tener.. Basta leer mi poema Tentativa del hombre infinito, o los anteriores, para establecer que, a pesar de la infinita destreza, del divino arte de juglar de la inteligencia y de la luz y del juego intelectual que yo admiraba en Vicente Huidobro, me era totalmente imposible seguirlo en ese terreno, debido a que toda mi condición, todo mi ser más profundo, mi tendencia y mi propia expresión, eran la antípoda de esa destreza intelectual de Vicente Huidobro. Este libro Tentativa del hombre infinito, esta experiencia frustrada de un poema cíclico, muestra precisamente un desarrollo en la oscuridad, un aproximarse a las cosas con enorme dificultad para definirlas: todo lo contrario de la técnica y de la poesía de Vicente Huidobro que juega iluminando los más pequeños espacios. Y ese libro mío procede, como casi toda mi poesía, de la oscuridad del ser que va paso a paso encontrando obstáculos para elaborar con ellos su camino.
El largo tiempo de vida ilegal y difícil, provocada por acontecimientos políticos que turbaron y conmovieron profundamente a nuestro país, sirvió para que nuevamente volviera a mi antigua idea de un poema cíclico. Por entonces tenía ya escrito Alturas de Macchu-Picchu.
En la soledad y aislamiento en que vivía y asistido por el propósito de dar una gran unidad al mundo que yo quería expresar, escribí mi libro más ferviente y más vasto: el Canto General. Este libro fue la coronación de mi tentativa ambiciosa. Es extenso como un buen fragmento del tiempo y en él hay sombra y luz a la vez, porque yo me proponía que abarcara el espacio mayor en que se mueven, crean, trabajan y perecen las vidas y los pueblos.
No hablaré de la substancia íntima de este libro. Es materia de quienes lo comenten.
Aunque muchas técnicas, desde las antiguas del clasicismo, hasta los versos populares, fueron empleadas por mí en este Canto, quiero agregar algunas palabras sobre uno de mis propósitos.
Se trata del prosaísmo que muchos me reprochan como si tal procedimiento manchara o empañara esta obra.
Este prosaísmo está íntimamente ligado a mi concepto de CRONICA. El poeta debe ser, parcialmente, el cronista de su época. La crónica no debe ser quintaesenciada, ni refinada, ni cultivista. Debe ser pedregosa, polvorienta, lluviosa y cotidiana. Debe tener la huella miserable de los días inútiles y las execraciones y lamentaciones del hombre.
Mucho me han sorprendido al no comprender simples propósitos que significan grandes cambios en mi obra, cambios que mucho me costaron. Comprendo que mi inclinación fue siempre hacia la expresión más misteriosa de Residencia en la tierra o de Tentativa, y muy difícil fue para mí el arrastrado prosaísmo de algunos fragmentos del Canto General, que escribí porque sigo pensando que así debieron ser escritos.
Porque así escribe el cronista.
Las uvas y el viento, que vienen después, que quiso ser un poema de contenido geográfico y político, fue también una tentativa en algún modo frustrada, pero no en su expresión verbal que algunas veces alcanza el intenso y espacioso tono que quiero para mis cantos. Su vastedad geográfica y su inevitable apasionamiento político lo hacen difícil de aceptar a muchos de mis lectores. Yo me sentí feliz escribiendo este libro.
Otra vez volvió a mí la tentación muy antigua de escribir un nuevo y extenso poema. Fue por una curiosa asociación de cosas. Hablo de las Odas Elementales. Estas Odas, por una provocación exterior, se transformaron otra vez en ese elemento que yo ambicioné siempre: el de una poesía de extensión y totalidad. La incitación provocativa vino de un periódico de Caracas, El Nacional, cuyo Director, mi querido compañero Miguel Otero Silva, me propuso una colaboración semanal de poesía. Acepté, pidiendo que esta colaboración mía no se publicara en la página de Artes y Letras, en el Suplemento Literario, desgraciadamente ya desaparecido, de ese gran diario venezolano, sino que en sus páginas de crónica. Así logre publicar una larga historia de este tiempo, de las cosas, de los oficios, de las gentes, de las frutas, de las flores, de la vida, de mi visión, de la lucha, en fin, de todo lo que podía englobar de nuevo en un vasto impulso cíclico mi creación. Concibo, pues, la Odas Elementales como un solo libro al que me llevó otra vez la tentación de ese antiguo poema que empezó casi cuando comenzó a expresarse mi poesía.
Y ahora unas últimas palabras para explicar el nacimiento de mi último libro, Memorial de Isla Negra.
En esta obra he vuelto también, deliberadamente, a los comienzos sensoriales de mi poesía, a Crepusculario, es decir, a una poesía de la sensación de cada día. Aunque hay un hilo biográfico, no busqué en esta larga obra, que consta de cinco volúmenes, sino la expresión venturosa o sombría de rada día. Es verdad que está encadenado este libro como un relato que se dispersa y que vuelve a unirse, relato acosado por los acontecimientos de mi propia vida y por la naturaleza que continúa llamándome con todas sus innumerables voces.
Es todo cuanto por ahora, en la intimidad, podría decir de la elaboración de mis libros. No sé hasta qué punto podrá ser verdadero cuanto he dicho. Tal vez se trata sólo de mis propósitos o de mis inclinaciones. De todos modos, los ya explicados han sido algunos de los móviles fundamentales en mis trabajos. Y no sé si será pecar de jactancia decir, a los años que llevo, que no renuncio a seguir atesorando todas las cosas que yo haya visto o amado, todo lo que haya sentido, vivido, luchado, para seguir escribiendo el largo poema cíclico que aún no he terminado, porque lo terminará mi última palabra en el final instante de mi vida.
en: revista Mapocho, tomo II, numero 3, p. 180-182, 1964
(Texto proporcionado por Luis E. Aguilera).
Es todo cuanto por ahora, en la intimidad, podría decir de la elaboración de mis libros. No sé hasta qué punto podrá ser verdadero cuanto he dicho. Tal vez se trata sólo de mis propósitos o de mis inclinaciones. De todos modos, los ya explicados han sido algunos de los móviles fundamentales en mis trabajos. Y no sé si será pecar de jactancia decir, a los años que llevo, que no renuncio a seguir atesorando todas las cosas que yo haya visto o amado, todo lo que haya sentido, vivido, luchado, para seguir escribiendo el largo poema cíclico que aún no he terminado, porque lo terminará mi última palabra en el final instante de mi vida.
en: revista Mapocho, tomo II, numero 3, p. 180-182, 1964
(Texto proporcionado por Luis E. Aguilera).
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Prosa: Neruda
lunes, 7 de diciembre de 2009
Manuel Délano: La muerte lenta de Víctor Jara
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
Torturado y asesinado por los golpistas chilenos, el cantautor fue sepultado de forma casi clandestina en un modesto nicho. EL PAÍS reconstruye su muerte con los recuerdos de los testigos
© El País
Cansados y con sus manos entrelazadas en la nuca, los 600 académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE) tomados prisioneros por los militares golpistas iban entrando al Estadio Chile, un pequeño recinto deportivo techado cercano al palacio de La Moneda. Un oficial con lentes oscuras, rostro pintado, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, observaba desde arriba de un cajón a los prisioneros, que habían permanecido en la universidad para defender el Gobierno del presidente socialista Salvador Allende. Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet.
Con voz estentórea, el oficial repentinamente gritó al ver a un prisionero de pelo ensortijado:
—¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto, recuerda el abogado Boris Navia, uno de los que caminaba en la fila de prisioneros.
"¡A ese huevón!, ¡a ése!", le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero. "¡No me lo traten como señorita, carajo!", espetó insatisfecho el oficial. Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.
—¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial. Navia rememora. Es uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes emblemáticos de la dictadura, porque Jara fue con su guitarra y con sus versos el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende en Chile. Por su impacto y la impunidad en que están los culpables, el crimen de Jara es en Chile el equivalente al asesinato de Federico García Lorca en España.
"Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente", cuenta a este periódico el abogado Navia.
Los prisioneros se habían quedado pasmados mirando la escena. Cuando el oficial, conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado con plena certeza, se cansó de golpear, ordenó a los soldados que pusieran a Jara en un pasillo y que lo mataran si se movía. El autor de canciones como El cigarrito y Te recuerdo Amanda, que Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez y Víctor Manuel han incorporado en sus repertorios, entró así al campo de prisioneros improvisado por los militares donde vivió sus últimas horas.
Muchos recordaron a Jara con emoción esta semana, cuando su viuda e hijas y la fundación que lleva su nombre organizaron el funeral que no pudo tener en 1973, la despedida popular que merecía, para sepultar los restos del cantautor, exhumados en junio por orden del juez y devueltos a la familia después de una nueva autopsia, que confirmó las huellas de bala y torturas.
El ensañamiento con Jara fue uno de los signos de la dictadura de Pinochet (1973-1990), que truncó con brutalidad el Gobierno de Allende y los sueños socialistas, dejando un reguero de más de 3.200 muertos y desaparecidos, alrededor de 30.000 torturados y decenas de miles de exiliados. El Chicho, como era conocido Allende, un médico socialista y masón, había llegado a la presidencia en 1970, en su cuarto intento, con el 36% de los votos, encabezando la Unidad Popular, la coalición que reunía a la izquierda chilena en un arco multicolor.
Con un programa que ofrecía reforma agraria, medio litro de leche diaria para los niños y la nacionalización del cobre, principal riqueza de Chile, en manos de empresas norteamericanas, la victoria de Allende en las urnas, la primera de un marxista en Occidente en plena guerra fría, sorprendió a Estados Unidos e insufló esperanzas en muchos países, incluidos los opositores de Franco en España. Un irritado presidente Richard Nixon ordenó en la Casa Blanca intensificar las acciones desestabilizadoras.
Pero en Chile se vivían tiempos de efervescencia. Las movilizaciones sociales iban en ascenso y con Allende en La Moneda, el Gobierno ganó apoyo en las urnas en lugar de perderlo. El cerrojo norteamericano se apretó con el embargo de las exportaciones de cobre, en réplica a una nacionalización en la que Chile resolvió no indemnizar a las empresas expropiadas por haber obtenido ganancias excesivas, mientras la oposición de centro y derecha se reunió en una coalición contra Allende, y la izquierda más radicalizada comenzó a desbordar al Gobierno acusándolo de reformista. La lucha política se exacerbó.
El Gobierno socialista concitó una amplia adhesión de artistas e intelectuales. En los tres años de Allende, Chile vivió un destape cultural como nunca antes y Víctor Jara fue uno de los protagonistas. Hijo de inquilinos campesinos, conoció de la explotación y miseria en su infancia y juventud. Aprendió música por la intuición de su madre. Cuando ella falleció, viajó a Santiago a estudiar teatro. Como director teatral recibió premios de la crítica y la prensa por sus montajes e hizo giras por dos continentes.
Mientras estudiaba dramaturgia, comenzó a tocar y componer con el grupo Cuncumén. Después trabajó con la pléyade del folclor chileno: Quilapayún, Inti Illimani, Ángel e Isabel Parra, Patricio Manns, Rolando Alarcón. Violeta Parra, la autora del universal Gracias a la vida, fue una de las que descubrió tempranamente el talento de Jara como compositor e intérprete.
Militante comunista, Jara defendió a la Unidad Popular con su guitarra, hizo canciones de protesta, pero sus obras mayores, aquellas más sencillas e imperecederas, son las que brotan desde la tierra y de la pobreza de las barriadas periféricas de Santiago, las fuentes de su saber. Víctor creía que "la mejor escuela para el canto es la vida", recuerda su viuda, Joan Turner, en Un canto trunco, las memorias de Jara. Nombrado embajador cultural por Allende, prefería compadrear en una peña popular a los cócteles de diplomáticos.
Durante el paro de octubre de 1972, con el que la oposición quiso poner de rodillas al Gobierno, junto con decenas de miles de personas, Jara salió a realizar trabajos voluntarios para impedir que la economía se detuviera. En la vorágine escribió Manifiesto, su testamento musical: "Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón".
Con la inflación desbocada, desabastecimiento y mercado negro, el transporte paralizado y con el mayor partido opositor, la Democracia Cristiana, cerrando las puertas al diálogo para encontrar una salida, a Allende casi no le quedan opciones, y muchos creen que un golpe militar es inminente. Resuelve que el martes 11 septiembre llamará a un plebiscito que decidirá si sigue o no en el poder. Enterados, los militares adelantan el golpe militar para ese martes.
El escenario que había escogido Allende para pronunciar este discurso que podría haber cambiado la historia es la sede de la UTE. Nunca llegó. Enterado de la sublevación militar, Allende acude con sus colaboradores más cercanos a La Moneda, a defender la democracia. Dispuestos a todo, los militares bombardean el palacio y Allende, que sólo saldrá sin vida de ese lugar, pide a los trabajadores que permanezcan en sus puestos, pero que no se dejen provocar, y anticipa en su lúcido discurso final que otras generaciones superarán ese momento.
En asambleas por facultad, la comunidad de la UTE resolvió permanecer en la sede universitaria, como pidió Allende. Entre ellos, Víctor Jara, que trabajaba en extensión en la universidad e iba a cantar en el acto de Allende. Habla dos veces por teléfono con Joan y cree que volverá a casa al día siguiente. Esa noche anima a los estudiantes en su último recital, mientras en todo Santiago suenan las balas de los militares.
Al día siguiente, los militares instalan un cañón frente a la universidad y disparan a la rectoría mientras un centenar de soldados vacía sus cargadores. No hay resistencia: estaban desarmados. Rompen puertas y cerrojos y toman prisioneros a los 600 que permanecían ahí.
El infierno está a un par de kilómetros, en el Estadio Chile, rebautizado en democracia como Estadio Víctor Jara. Ahí el cantautor queda tendido en el suelo. A un estudiante peruano que confunden con cubano le cortan una oreja con un cuchillo. A un profesor de ciencias sociales que llevaba pruebas recién corregidas de sus alumnos le piden las dos mejores notas, las entrega y lo obligan a que se coma las hojas. Los amenazan con barrerlos con "las sierras de Hitler", ametralladoras de gran calibre cuyas balas cortan los cuerpos. Un obrero grita: "¡Viva Allende!", y se arroja desde las graderías, muriendo desangrado. En el recinto caben apretadas 2.000 personas, pero hacinan a más de 5.000 prisioneros.
El Príncipe tiene visitas de oficiales y quiere exhibir a Jara. Un oficial de la Fuerza Aérea que está con un cigarrillo le pregunta a Jara si fuma. Con la cabeza, niega. "Ahora vas a fumar", advierte, y le arroja el cigarrillo. "¡Tómalo!", grita. Jara se estira tembloroso para recogerlo. "¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!", grita el oficial y pisotea las manos de Jara, relata Navia.
"Cuando llegaron más prisioneros y los soldados fueron a recibirlos, Víctor se quedó sin custodia. Entre varios lo arrastramos adonde estábamos y comenzamos a limpiar sus heridas. Llevaba casi dos días sin comida ni agua", dice Navia. Un detenido consigue que un soldado le regale un tesoro: un huevo crudo. Se lo dan a Jara. Con un fósforo, el cantautor perfora el huevo en ambos extremos y lo sorbe. "Nos dijo que así aprendió en su tierra a comer los huevos", recuerda.
A Jara le vuelven las energías. "Mi corazón late como campana", dice. Y habla, de Joan y sus hijas. Dos detenidos logran salir libres gracias a contactos. Varios escriben mensajes breves para que avisen a sus parientes de que están vivos. Víctor pide lápiz y papel. Navia le pasa una libreta pequeña de apuntes, que hoy conserva la Fundación Jara como pieza de museo. Escribe con dificultad sus últimos versos: "Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero".
Repentinamente, dos soldados lo toman y arrastran, y Jara alcanza a arrojar la libreta. Navia se queda con ella. Comienza una golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. Otros prisioneros lo verán con vida horas después. Un conscripto, José Paredes, confiesa 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos. Es el único procesado vivo en el caso. El otro, el jefe del recinto, el coronel Mario Manríquez, falleció. La primera autopsia, en 1973, revela 44 disparos. La nueva, en 2009, confirma que Jara murió por múltiples impactos. Pero Paredes se retracta de su confesión.
Al anochecer del sábado 15 de septiembre trasladan a los prisioneros del Estadio Chile al mayor recinto del país, el Estadio Nacional. "Al salir al foyer para irnos, vemos un espectáculo dantesco. Hay entre 30 y 40 cadáveres apilados, y dos de ellos están más cercanos. Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco, porque cerca estaban apilados unos sacos de cal para hacer reparaciones, que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar, y después al abogado y director de Prisiones Littré Quiroga", relata Navia.
A Jara le han quitado el chaquetón que otro prisionero le había pasado porque tenía frío. Esa noche, los soldados arrojan seis de estos cadáveres, Jara entre ellos, junto al Cementerio Metropolitano, en el acceso sur de Santiago. Una vecina reconoce al cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, un trabajador de este servicio, que era comunista, también reconoce a Jara y avisa a su esposa Joan para que lo sepulte antes de que lo sepulten en una fosa común.
El cuerpo del cantautor está junto al de cientos de víctimas en un mesón de la morgue, al final de una fila de jóvenes. Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho. Jara está en su cenit creativo, poco antes de cumplir 41 años, y quienes tronchan su vida no saben que lo están haciendo más universal, a él, pero también a ellos mismos. [fontanamoncada]
domingo, 6 de diciembre de 2009
Héctor Berenguer: La poesía y el hombre, un ensayo eterno (2)
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com
El hombre atareado y enajenado en la maquina civilizadora pierde sus vínculos con la tierra para recuperarlos en la forma del dominio y la manipulación ejercida sobre ella. Un río por ejemplo, no es un don sagrado sino la materia prima para extraer de ella la energía hidráulica. Cuando el hombre habita poéticamente la tierra participa de sus milagros, de su cotidiana donación; mientras que el llamado hombre pragmático, es quien se ha sustraído y separado de ella, para habitar en una realidad cada vez mas abstracta engendrada por la máquina civilizadora. Ese hombre pragmático que se atribuye la condición de realista, ha perdido ya hace tiempo "la noción de lo sagrado". Ejerce su señorío creyendo que es el quien lo gobierna. En su lugar instaura un YO SOY y un YO CONTROLO, vacío e insustancial, testimonio del poder bajo el cual ha caído y que gracias a la ignorancia que lo preserva se hace en él su incondicional súbdito.
Es hora de arrancar a la vida de la camisa de fuerza del determinismo social imperante, de activar en el artista otra mirada más cercana a las fuentes de la vida y no sus incontables fragmentaciones, esa libertad del artista ente su obra debería vincularlo con la noción nietzscheana hoy olvidada de: "Quiero ser el poeta de mi propia vida". Para Nietzsche la "naturaleza" está vinculada estrechamente al hombre y juega el juego del mundo al estilo heraclitiano, la naturaleza forma figuras y las rompe, es un incesante proceso creador en el que triunfa lo vital, pleno de su intrínseco poderío y no lo adaptado. Sobrevivir no significa ningún triunfo que no sea la duración sin riesgo al estilo de los perdurables ostracodermas refugiados perpetuamente en sus caparazones. Vivir es "otra cosa", es generosidad, es derroche en expansión y esta visión es también una estética de lo político, que le proporciona al arte y al artista un proceso curativo y regenerador. Si el arte y la naturaleza no concuerdan entre sí "tanto peor para la naturaleza y para el hombre que también es naturaleza" Y se nutren mutuamente. El arte es jubileo y esta muy claro que la vida engendra diversidad de formas y múltiples constantes. Esta riqueza exime de mayores consideraciones. Los términos a los que deseo llegar son compatibles con incorporar las imágenes poéticas como "material numinoso" para una visión de la vida mas amplia, mas afín al sentido del hombre. Este acontecimiento al que se lo define, como cambio de perspectiva de las cosas, es una "cuestión de ascenso vital". Comprender en poesía, es "fluidificar el ámbito del entendimiento y la imaginación". Esto es fundamental, y es la única posibilidad de reiterar la vigencia de las vivencias humanas y de su albedrío sobre la inexorable caducidad del tiempo, un intento amoroso de conservar los infinitos rostros de lo viviente. La poesía puede ayudar a vivir no a través de sutiles y extrañísimos merodeos sino en la humilde acción cotidiana, aportando esas ricas imágenes que mas tardes serán: "objetos concretos dentro del imaginario colectivo" o soluciones a zonas paradojales a las que no tienen acceso otras áreas del conocimiento. Sin el entendimiento de lo paradojal "dentro del mundo" no tiene sentido la vida toda. Es necesario como lo pensó el surrealismo en su momento, reconquistar en el hombre "el derecho a la imaginación". Podemos crear para distanciarnos de toda apropiación, solo nos quedará la extrañeza de la ruptura. Crear para dejar atrás la obra de la que nos distanciamos, recreándonos en otra, es a la vez, nuestra enfermedad y nuestra salud. Una forma a la que aspira la poesía es transmutación en la alquimia de la palabra. Ya que los sucesos nos rondan en constantes permutaciones, como los astros, como los sueños, la realidad esta hecha de esos materiales cambiantes e indefinibles.
Es necesario restaurar al hombre dentro del marco de su propia naturaleza alienada del mundo por su propia "mismidad" y con su incomprensión de las circunstancias inéditas que vivimos. Así lo agradecerá "el todo del cual somos parte" cuando con nuestra entrega estemos contribuyendo a "estabilizar la vacilante oscuridad de la creación", que en mucho depende de nosotros "los más evanescentes". No debemos extinguirnos dentro de nosotros mismos, dentro de la esclavitud del "ego" que tanto nos sofoca. Rozamos el tiempo de la desesperación y el absurdo, circunstancias que llevan consigo la consumación del nihilismo que es la mayor amenaza contra todas las formas de civilización. Pedimos a lo imprevisible que frustre a lo esperado y con Heráclito de Éfeso aquél sabio auroral decimos: "Si no se espera lo inesperado no se lo hallará, dado lo inhallable y difícil de acceder que es".
Hay que proseguir el ensayo. / No importa que debamos improvisar, /que no haya director / y que la pieza que ensayamos no se estrene nunca.
También la flor es un ensayo, / la palabra un ensayo, / el silencio un ensayo, /el amor un ensayo/ los dioses fueron un ensayo.
Aunque el anfiteatro esté vacío/ y nos desnuden las ausencias, /como a la flor la desnuda / el hecho elemental de que todo no sea flor, /que el aire no sea flor, / que la luz no sea flor, /que el tiempo, el pensamiento no sean flor.
Aunque la voz del hombre / esté llena de hueco, / hay que proseguir el ensayo. Es el único modo/ de que al menos los otros ensayos /quizá se estrenen algún día. Y entonces tal vez ellos nos arrastren.
Con este poema de Roberto Juarroz 1925-1995, poeta argentino de quien muchos poco conocen, quiero ir cerrando este intento de alumbramiento que también señala como la grieta de un muro por la que se entreve, un jardín distante. Un jardín cerrado y abierto.
Para mí, el autoconocimiento ético y moral sigue siendo la experiencia clave, de un artista. Una experiencia de hombres que tienen que hacer solos e irremplazables ese deseo fuerte y perenne de descontento con el sufrimiento por la insuficiencia del propio yo y sus limites.
En el arte, el hombre se apropia de la realidad de su experiencia subjetiva, y por el deslumbramiento artístico surgen imágenes nuevas y únicas. A veces se presentan como una revelación, como un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y de su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge en auxilio de toda su comunidad. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia y se expresa en medio de muchas dificultades. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo.
El arte no se conforma con la individualidad sino que esta sirve a otra idea más general y elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro, pero el hombre moderno no quiere sacrificarse a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por el sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y con ello nos estamos olvidando de nuestra determinación con los demás hombres.
Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la meta del arte surgido por ansia de lo ideal es precisamente ese ideal, no quiero decir con esto que el arte debe evitar el polvo de lo terreno… todo lo contrario: la imagen artística es siempre un símbolo que sustituye una cosa por otra, la mayor por la menor .Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una ilusión, una imagen.
Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esta contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa unidad, en la que todo halla contiguo al resto, se puede hablar de la idea de una imagen, expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero ninguna descripción nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. Por último el arte proporciona esa posibilidad y hace que sea perceptible con disposición de servir y sin ningún compromiso externo, sólo por libertad. De este modo cada generación de artistas se siente consagrada a rehacer el mundo. La mía seguramente ya no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida donde se mezclan las revoluciones abatidas, las técnicas descabelladas, los dioses muertos y las ideologías agotadas, donde los mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo, pero ya no saben convencer a nadie, donde la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en sirvienta del odio.
La libertad es y será peligrosa pero es el don mas apreciado por un artista honesto, renunciar a esa luz, es perder la propia claridad que aunque sea modestísima, nos separa del agotado mundo de las silenciosas repeticiones. La vida, prueba al modo de las mareas una y otra vez. No se detiene jamás, vulnerables y obstinados somos quienes entendemos esa fragilidad de la forma mas expuesta e intentamos edificar naderías en el movimiento de la historia. [Héctor Berenguer, Rosario, Argentina, poeta y animador cultural, autor de varios libros de poesía]
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sábado, 5 de diciembre de 2009
Gabriel García Márquez: La polémica de la ortografía
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de http://www.mesterdeobreria.blogspot.com/
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de http://www.mesterdeobreria.blogspot.com/
A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras.
No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.
No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber como se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: "Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.
En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.
Tomado de La Jornada, México, 8 de abril de 1997
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Prosa: García Márquez
viernes, 4 de diciembre de 2009
Guy de Maupassant: "Procedimientos de composición"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com
"El novelista que transforma la verdad constante, brutal y desagradable, para lograr una aventura excepcional y seductora, debe, sin preocuparse demasiado por la verosimilitud, manejar a su antojo los acontecimientos, prepararlos y arreglarlos para complacer al lector, emocionarle o enternecerle. El plan de su novela no es más que una serie de combinaciones ingeniosas que conducen con habilidad al desenlace. Los incidentes se disponen y dirigen hacia el punto culminante, y el resultado final, que es un acontecimiento capital y decisivo, debe satisfacer todas las curiosidades excitadas al principio, poniendo un limite al interés y acabando de una manera tan completa la historia relatada, que ya no se desee saber qué les ocurrirá en el futuro a los personajes más sobresalientes.
En cambio, el novelista que pretende darnos una imagen exacta de la vida debe evitar cuidadosamente cualquier encadenamiento de hechos que pudiera parecer excepcional. Su finalidad no estriba en contarnos una historia, divertirnos o entristecernos, sino en forzarnos a pensar, a comprender el sentido profundo y oculto de los sucesos. A fuerza de observar y meditar, mira el universo, las cosas, los hechos y los hombres de cierto modo que le es peculiar y que se deriva del conjunto de sus observaciones meditadas. Esta es la visión personal del mundo que intenta comunicarnos reproduciéndola en un libro. Para conmovernos, como le ha conmovido a él mismo el espectáculo de la vida, debe reproducirla ante nuestros ojos con escrupulosa semejanza. Por lo tanto, deberá componer su obra de una matera tan hábil, tan disimulada y en apariencia tan sencilla, que sea imposible adivinar e indicar el plan, descubrir sus intenciones.
En lugar de tramar una aventura y desarrollarla de modo que resulte interesante hasta el desenlace, tomará al personaje en determinado período de sus existencia y lo conducirá, mediante transiciones naturales, hasta el siguiente período. Así dará a conocer cómo se modifican los caracteres bajo la influencia de las circunstancias inmediatas, cómo se desarrollan los sentimientos y las pasiones, cómo se ama, cómo se odia, cómo se combate en todos los medios sociales, cómo luchan los intereses de familia y los intereses políticos.
Por lo tanto, la habilidad de su plan no consistirá en la emoción o el hechizo, en un comienzo atractivo o en una catástrofe emocionante, sino en la hábil agrupación de pequeños hechos constantes, de donde se desprenderá el sentido definitivo de la obra. Si hace caber en trescientas páginas diez años de una vida para demostrarnos cuál ha sido, en medio de todos los seres que la han rodeado, su significación particular y muy característica, deberá saber eliminar, entre los innumerables y menudos hechos cotidianos, todos los que le resulten inútiles, y destacar de una manera especial todos aquellos que pasarían inadvertidos para observadores poco perspicaces y que proporcionan al libro su interés y su valor de conjunto
Se comprende que semejante manera de componer, tan diferente del antiguo procedimiento visible a todos los ojos, desconcierte con frecuencia a los críticos, y que éstos no descubran todos los hilos, tan tenues, tan secretos, casi invisibles, empleados por ciertos artistas modernos en lugar de la trama única cuyo nombre era intriga.
En resumidas cuentas, si el novelista de ayer escogía y relataba las crisis de la vida, los estados agudos del alma y del corazón, el actual novelista escribe la historia del corazón, del alma y de la inteligencia en estado normal. Para producir el estado que persigue, es decir, la emoción de la simple realidad, y para hacer resaltar la enseñanza artística que pretende descubrir, o sea la revelación de lo que es verdaderamente a sus ojos el hombre contemporáneo, deberá emplear tan sólo hechos de una verdad irrecusable y constante.
Pero, al situarnos en el mismo punto de vista de esos artistas, debemos discutir e impugnar su teoría, que parece poder resumirse con estas palabras: «Nada más que la verdad y toda la verdad.»
Siendo su propósito hacer resaltar la filosofía de ciertos hechos constantes y corrientes, deberán modificar con frecuencia los acontecimientos en provecho de la verosimilitud y en menoscabo de la verdad, ya que “Lo verdadero puede, a veces, no ser verosímil."
*Guy de Maupassant (escritor francés, 1850-1893) estudió Leyes en Ruán y París, pero la guerra franco-prusiana lo condujo a abandonar sus estudios y comenzar una carrera como funcionario público. Los consejos de Gustave Flaubert lo convencieron de dedicarse a la literatura. Su estilo es bello y preciso, y refleja preocupación por el detalle, a la vez que una visión pesimista y angustiosa de la vida.
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Prosa:Maupassant
jueves, 3 de diciembre de 2009
Héctor Berenguer:" La poesía y el hombre, un ensayo eterno" (1)
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com
El destino de los pueblos está regido por las formas de sus pensamientos y sentimientos, ellos interactúan modelando su imaginario colectivo. Esa fuerza genera formas nuevas y con ellas produce sus propias circunstancias de organización social. Los pueblos, no son entes abstractos, son seres humanos que en una constante interacción con su medio ambiente deciden su avance o retroceso. Solo lo humano es histórico. Sabiamente describe el Mahabharatta: "el hombre se convierte en lo que piensa". ¿Y que piensa el hombre, cuando piensa lo que piensa y lo lleva a ser lo que es? ¿Sabe quién es? ¿O en su errancia camina sin darse cuenta de su entorno vital, diseña su propio futuro, qué bien puede ser alguna de las formas de autoextinción ya conocidas en el pasado o otras acorde a nuevas circunstancias que puedan producirse?
He aquí unas preguntas abiertas por nuestros antecesores ancestrales, que auque no puedan aclarar los misterios del presente, pueden dar alguna perspectiva para aquéllos que no hayan perdido el interés en el fenómeno humano y sus complejidades. Los homínidos, nuestros antepasados remotos, pero no tanto, provocaron en los sabios más de un malentendido. La aparición del australopitecus fue todo un desafío a la imaginación. Parece que estos antecesores del "homo erectus", como grupo zoológico, intentaron muchas veces, en extraña geometría disímil cruzar la "delgada línea de la hominización" y que algunos, lograron esa extrema metamorfosis entre lo indefinible y el actual grupo zoológico humano. Es decir, un animal capaz de pensar y transformarse autodiseñándose en lenta y plástica transformación, producto la más de las veces de la emergencia de las circunstancias que lo rodearon y que lo empujaron a ser lo que es, una parcela de infinito, tan cercana y lejana como una galaxia, encantado en el misterio de los lenguajes, que construyeron el habla. Parece sin embargo, que se han encontrado entre las muchas tendencias, diseños de homínidos y su lento devenir en los tiempos sin historia, más fracasos que éxitos. ¿Pero que sucedió? Es evidente que el: "alzamiento de la conciencia" fue una celebración, un triunfo, pero también hubo regresiones comprobables. Como si "sin la certeza animal" a unos que se les daba por homínidos o homo erectus fueron en realidad "regresiones muy próximas". ¿Fue entonces posible una regresión tan cercana? ¿Tan capaz de confundirse con la geometría corporal humana? ¿Qué los diferenciaría? ¿Dejaron de pensar los unos y perdieron su atributo humano? ¿Y los otros siguieron afrontando el riesgo de la azarosa existencia pensante? Tal vez el "HAZ DEL PSIQUISMO HUMANO", no fue ni será homogéneo, ni hegemónico, sino heterogéneo. No se despliega siguiendo un mismo patrón rítmico, sino un inmenso abanico de linajes. ¿Será siempre el hombre un paso hacia el hombre? ¿Por qué se supone que es uno solo de entre todos los linajes, el que participó del gran impulso, hacia donde la conciencia rompe sus cadenas, introduciendo la reflexión en los dominios de la vida, imprimiendo a la evolución un nuevo curso?
De la era de las evoluciones que se desenvuelven en cierto modo por inercia, característica inevitable del mundo infrahumano, entramos sin saber, con el hombre en la evolución conciente de sí misma. Ella introduce el factor más original y sin precedentes…"la inteligencia en expansión". Esa inteligencia fue posible por la aportación inestimable del lenguaje. No es tan importante el hombre que nos precedió sino la lección que nos deja. Su largo aprendizaje camino hacia el habla, es decir, camino a su asilo, a su morada. "Reflexionar sobre el habla de un modo tal que el hablar advenga como aquello que otorga morada a la esencia de los mortales". (M.Heidegger "De camino al habla")
"El hombre debe terminar lo que la naturaleza a dejado inconcluso" (Proverbio alquímico) . Según R. M. Rilke, nos llevaremos algunas palabras primordiales, quizás la palabra puente, casa, fuente, ánfora o árbol de las frutas, ventana o más, columna, torre? Cada uno se llevará las palabras que más haya amado. Como un mandala sagrado, una palabra penetra la creación hasta sus raíces profundas. En la materia parece existir un dios dolido que nos llama en espera que le revelemos los abismos de sus goces y sus penurias. Este acto de la creación es casi imperceptible, pero "modifica" la sustancia de la vida misma. El mismo Rilke decía en una de sus "ELEGIAS DE DUINO": "Porque el estar aquí es mucho/ y porque todo lo de aquí nos necesita en apariencia, lo evanescente/ lo que de una rara manera nos toca. / A nosotros los más evanescentes. Una vez cada cosa. / Solo una vez y no más. / Y nosotros también una vez. Nunca jamás. / Pero este haber sido una vez, aunque solamente una vez; / haber sido terrestre, parece irrevocable… Y estas cosas cuyo vivir es desfallecimiento / comprenden que tú las alabas; perecederas, confían en nosotros, los más efímeros, como capaces de salvar. / Quieren que nos obliguemos a trasmutarlas del todo, / en nuestro corazón invisible/ ¡Oh infinitamente! En nosotros, / quienesquiera que seamos al final. Tierra, ¿No es esto lo que tu quieres, rebrotar en nosotros invisible? ¿No es tu sueño ser invisible? ¡Tierra! ¡invisible! / Pues ¿Qué otra cosa sino trasformación es tu apremiante mandato?
El hombre es producto de la naturaleza y sin embargo se rebela contra ella. Esto se debe a que en la naturaleza existiría también desde siempre, y esta noción atraviesa todas las antiguas culturas, a través de sus cultos y sistema de creencias, algo más que un ser ciego y sufriente, otra fuerza que la cruza de parte a parte y que nos empuja al sacrificio, y a la rebelión, esa OTRA FUERZA que posiblemente también forme parte de la misma naturaleza. Es decir, que aquello que nos empuja a la rebelión quizás sea lo mismo que nos induce a amarla. Los pueblos llamados "primitivos" conocen desde sus orígenes esta circularidad de la materia como paradigma de "Creación y destrucción". Fundidos en esta contemplación del mundo como mito, el chamán se unge de palabras maravillosas y enigmáticas en la representación ritual del drama del universo. Es que también allí un dios dolido y gozoso al mismo tiempo, nos llama en la espera de que le revelemos los abismos de sus goces y penurias. El poeta auténtico "conoce" y es parte activa de esa contemplación, sabe la proporción entre la palabra y la "cosa" que actúa como causa engendradora y que constituye el fundamento de la palabra que se hace poética. No por lo que ella dice en sí misma, sino por estar en el límite de lo decible, produciendo así su propio acontecimiento cuya manera de acaecer se superpone tanto al mundo de lo fenoménico como a los criterios de "verdad y "validez". La palabra poética cuestiona a la lógica del sentido y a toda teoría del lenguaje. En el decir poético, la materialidad de las palabras se hace palpable por medio del sonido y de la letra, colisiona a su vez con lo impalpable de su referente produciéndose con ello un acontecimiento singular según la articulación de dos momentos simultáneos. En el primer momento, lo palpable (sonido, oralidad, discurso, letra, escritura) se pliega sobre lo intangible (ausencia de referente, significado, desproporción palabra /cosa). En el segundo momento, lo intangible regresa sobre lo palpable mostrando la desproporción y lo indecible. En lo cual se funda el hecho poético.¬
El efecto de la palabra se demora, por así decirlo, en el intervalo imperceptible que se sitúa entre dos momentos produciéndose el "milagro del acontecer poético", que no es otro que el transformar en "tesoro" la indigencia del lenguaje y en otorgar existencia a lo que carece de ella. De este modo, los objetos bajo relaciones inusitadas emergen de los umbrales del lenguaje común y muestran por sí mismos la sutil existencia que les ha sido conferida por la obra del acto poético. El decir poético es una alquimia sutil obtenida en los márgenes, en los bordes, en las fronteras, en el más allá de las convenciones lingüísticas.
El modo de habitar lo poético es aquel que responde, como señala Heidegger, a la exhortación del lenguaje que nos atraviesa. El hombre vulgar no puede percibir lo poético, ya que es ciego con respecto a lo que allí se muestra y sordo con respecto a lo que allí se hace oír. No puede aprehender lo poético, se requiere una red sutil de fina malla. La opinión cosificante es creer que el poeta es el "señor del lenguaje y no su devoto sirviente esperanzado" y no es mero azar que se lo presente como alguien divorciado de la realidad y que vive, según el triste adagio popular "en las nubes", mientras que el hombre atareado, es quien afirma tener sus pies en la tierra. Sin embargo el poetizar, no aleja al hombre de la tierra. Por el contrario, el poetizar consagra al hombre a su esencia terrenal, lo entrega a la tierra, pues es la tierra donde reside, aún cuando muere.
[Héctor Berenguer, Rosario, Argentina, poeta y animador cultural, autor de varios libros de poesía]
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