Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
La devaluación de la palabra ha llegado a tal nivel, que no es vano preguntarse si escribir tiene todavía sentido y si la literatura es sólo un oficio comercial e industrial que pasó a la historia, en tiempos de imágenes y competitividad desbocadas. Los autores de hoy están avorazados por obtener premios y subir a los podios como reinas de belleza y obedecer mansos a las órdenes de los editores que planean en sus oficinas olas sucesivas de novelas históricas, autobiográficas, policiacas o sobre temas de autoayuda para amas de casa. Y para sostenerse en la efímera pasarela del cabaret, el autor produce a destajo obras cada vez más vacías y ridículas.
Hoy un autor discreto y profundo como Juan Rulfo o Elías Canetti sería impensable y a cambio tenemos que soportar cada semana la risa Pepsodent de Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes con sus cien doctorados honoris causa y el premio semanal. El silencio es un pecado en tiempos de literatura espectáculo, donde reinan las obviedades y los temas correctos y perfumados de historia patria, cuando no el fácil escándalo autobiográfico para asustar monjas. Y para sobrevivir en la farándula, el escritor debe volverse el perro faldero e inicuo de los poderosos y de los grupos de influencia mediática.
Todo comenzó con las tabletas de los grandes imperios perdidos, cuando funcionarios y sacerdotes plasmaban jeroglíficos sobre un barro que luego, ya seco, viajó milenios hasta nosotros. Es saludable observar esos escritos de piedra en las estanterías de los grandes museos que nos hacen viajar hacia los tiempos de Babilonia, Nínive o Alejandría, para entender el olvido y la pervivencia simultánea de esas voces lejanas. Nada tan impactante como la observación del pequeño escriba sentado de Egipto, expuesto en una sala del Louvre, que nos maravilla e interroga siempre desde su época con la ignota mirada. Esa figura me fascina desde la escuela, cuando la descubrimos en viejos libros de historia que mirábamos durante horas con sus figuras borrosas de grandes templos y ciudades milenarias desaparecidas en el cataclismo del vasto Oriente Medio, de donde provienen casi todas las cosas. El escriba esta ahí, perfecto, silencioso, con sus ojos de vidrio insondables, imagen del letrado que nos viene desde el más profundo pasado y del más allá. Hay algo en él que resume en su gloria la labor de quienes escribían sobre papiros o cueros para la eternidad o el olvido. En el mundo egipcio, la escritura impregna todas las enormes superficies de los templos y las criptas selladas. De ellos nos quedan muchas cosas gracias a las arenas secas del desierto y tanto o más tuvo que haber en otras civilizaciones borradas del mapa por inundaciones, incendios o guerras en las interminables rutas del Extremo Oriente.
Lo que ha llegado a nosotros es ínfimo fruto del azar. Del escultor Praxiteles sólo tenemos copias de sus obras inolvidables. Y de Sócrates, sus palabras rebeldes nos llegan a través de su discípulo Platón. Ellos existieron e hicieron parte de la obra colectiva del hombre en su larga aventura, después de milenos de ver amanecer y atardecer y atestiguar las acciones de la muerte, la enfermedad, el poder, la gloria, la derrota y el olvido. Con los clásicos de la filosofía y tragedia griegas es suficiente. Esquilo, Sófocles y Eurípides dijeron todo lo que había que decir sobre la aventura humana. ¿Entonces para qué escribir hoy banalidades y creerse el cuento?
Muchas de esas voces colectivas quedaron para siempre en los libros sagrados que hoy por fortuna se leen en todos los puntos cardinales y nos impactan con la misma fuerza que hace milenios y nos iluminan como en tiempos de anacoretas y guerreros. ¿Qué misterio hay ahí en esas obras que siguen firmes pese a los progresos de las ciencias y los avances y retrocesos de la razón, que todo explica y desmenuza? Hay gran belleza en esas palabras antiguas, en los libros de viejos filósofos que como Lucrecio trataron de entender el mundo y sus misterios con una voz llena de poesía que está viva tiempo después de la caída del Imperio Romano, el de Pompeya, a la vez tan lejano y tan cercano que nos prueba lo poco que el mundo ha cambiado pese a las nuevas proezas técnicas. Lucrecio y Propercio han sobrevivido y una escasa cofradía de hombres de hoy accedemos a ellos y los disfrutamos. Somos la minoría y qué importa. Es preferible pertenecer a la minoritaria cofradía anacrónica que ir entre el rebaño de los lectores de best sellers.
¿Para qué escribir entonces hoy? Los escritores milenarios lo hacían por otras razones. Grababan ideogramas en esos papiros para nada y para nadie, sin imaginar que un día estarían tan cerca de quienes habitamos en el mundo tres mil o cuatro mil años después. Los motivos de la escritura presente son tan deleznables que uno se pregunta por el sentido de escribir hoy y perder el tiempo leyendo contemporáneos. La pulsión actual es competitiva, comercial, vanidosa, corroída por la envidia y la emulación, y el individualismo del éxito y la vanidad patética llevan indefectiblemente a endiosar a escritores payasos y a olvidar a quienes están lejos de los tronos y los corredores del poder y cerca de la ebriedad y la locura como Sócrates y Diógenes en su tiempo.
En la guerra el héroe arriesga su vida, pero en la literatura y la escritura de hoy nadie arriesga nada. El escritor de hoy está equivocado porque busca izarse en un podio de dólares y volverse estatua de pacotilla para una corte de ilusos. ¿Para qué escribir hoy si nos hemos olvidado de que todo es olvido y que no quedará rastro de tantos libros y textos lanzados en la red? Todo será sólo la voz colectiva de una época. El escritor como individuo, el que surgió en la era moderna, se ha ido para siempre en el remolino de la proliferación. Volveremos a los libros sagrados, donde la voz no tiene autor ni estatua. La palabra hoy es sólo polvo, ruido y viento. Y como diría nuestro poeta Porfirio Barba Jacob, es sólo "Polvo de Pericles, polvo de Simón".
lunes, 2 de noviembre de 2009
domingo, 1 de noviembre de 2009
Cristina Castello: "La hora de la espada: Borges, Pinochet y Videla"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a “Bepo”, su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente “cien años de dictadura militar”.
“Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno”, dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida.
El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato “Bepo”, recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá.
Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque “lo dijo Borges”?
Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet, fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado.
Borges fue Borges, ni más ni menos y sin «ismos», a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario “Los salmos rojos”, que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista “Grecia”, en un periódico de España y en otro de Ginebra.
De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas.
En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato “Agosto 25, 1983”. Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador?
Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas.
Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida.
Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el “Padre Nuestro”, porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el “inútil” e “infeliz”–, obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86.
“Me duele una mujer en todo el cuerpo”
(Borges, en El oro de los tigres)
Su padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo.
El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: “Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa.
La soledad puede ser una telaraña.
A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia:
―”No se dio”, contó, apenas.
―”Sólo la esperaba a ella”, gimió el poeta a modo de narración.
Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más.
Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó.
Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ―“¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto”, dijo a su futura nuera.
El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó:
―”¿Quién es?”, preguntó el poeta, ya totalmente ciego.
―”Es Elsa, tío”, fue la respuesta.
―”¿Y quién es Elsa?”, repreguntó Borges.
Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait?
Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento “La visera fatal”, inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés “El príncipe feliz” de Oscar Wilde.
Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que dos de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo.
Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto “su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol”.
“Ulrica”, según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir “Osita”–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. “Osita” fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección “Biblioteca personal”; y escribieron juntos, en colaboración, “Breve antología anglosajona” y “Atlas”.
Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad.
María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa –por su elección– en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia.
Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes.
Elsa le había dicho:
-“Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos”.
María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo. “Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio”, le escribió, entre tantos versos. Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer.
“Y que nadie temiera”, está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos “toffie” que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe.
¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? “Debo justificar lo que me hiere./ No importa mi ventura o mi desventura. / Soy el poeta”, había escrito.
Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión.
Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a “Bepo”, su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente “cien años de dictadura militar”.
“Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno”, dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida.
El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato “Bepo”, recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá.
Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque “lo dijo Borges”?
Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet, fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado.
Borges fue Borges, ni más ni menos y sin «ismos», a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario “Los salmos rojos”, que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista “Grecia”, en un periódico de España y en otro de Ginebra.
De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas.
En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato “Agosto 25, 1983”. Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador?
Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas.
Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida.
Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el “Padre Nuestro”, porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el “inútil” e “infeliz”–, obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86.
“Me duele una mujer en todo el cuerpo”
(Borges, en El oro de los tigres)
Su padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo.
El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: “Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa.
La soledad puede ser una telaraña.
A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia:
―”No se dio”, contó, apenas.
―”Sólo la esperaba a ella”, gimió el poeta a modo de narración.
Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más.
Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó.
Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ―“¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto”, dijo a su futura nuera.
El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó:
―”¿Quién es?”, preguntó el poeta, ya totalmente ciego.
―”Es Elsa, tío”, fue la respuesta.
―”¿Y quién es Elsa?”, repreguntó Borges.
Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait?
Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento “La visera fatal”, inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés “El príncipe feliz” de Oscar Wilde.
Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que dos de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo.
Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto “su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol”.
“Ulrica”, según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir “Osita”–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. “Osita” fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección “Biblioteca personal”; y escribieron juntos, en colaboración, “Breve antología anglosajona” y “Atlas”.
Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad.
María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa –por su elección– en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia.
Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes.
Elsa le había dicho:
-“Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos”.
María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo. “Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio”, le escribió, entre tantos versos. Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer.
“Y que nadie temiera”, está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos “toffie” que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe.
¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? “Debo justificar lo que me hiere./ No importa mi ventura o mi desventura. / Soy el poeta”, había escrito.
Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión.
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Prosa: Castello
lunes, 26 de octubre de 2009
Khalil Gibran: "Los niños"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió:
Háblanos de los niños.
Y él dijo: Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los
hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a
través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque
están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles
vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque
ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis albergar
sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas
habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis
visitar, ni siquiera en sueños. Podéis esforzaros en ser
como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el
ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos,
como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os
doblega con su poder para que su flecha vaya veloz y
lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os
doblegue. Porque, así como Él ama la flecha que vuela,
así ama también el arco, que es estable.
Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió:
Háblanos de los niños.
Y él dijo: Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los
hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a
través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque
están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles
vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque
ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis albergar
sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas
habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis
visitar, ni siquiera en sueños. Podéis esforzaros en ser
como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el
ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos,
como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os
doblega con su poder para que su flecha vaya veloz y
lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os
doblegue. Porque, así como Él ama la flecha que vuela,
así ama también el arco, que es estable.
domingo, 25 de octubre de 2009
Eduardo García Aguilar: “ARTE, COCAÍNA Y PERFORMANCE”
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
El escándalo provocado por el performance de la prestigiosa artista cubana Tania Bruguera en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, durante el cual circularon tres bandejas con 20 líneas de cocaína cada una, como metáfora de un problema real e ineludible, muestra los niveles de intolerancia y ridiculez a los que está llegando Colombia en la primera década del siglo XXI, después de casi ocho años de estar centrada en la palabra supuestamente divina de un caudillo mediocre, autoritario y abusivo.
Un país que tuvo en los años 60 del siglo pasado una generación de artistas de avanzada en los campos de la poesía, las artes plasticas, la crítica y el teatro como Alejandro Obregón, Gonzalo Arango, X-504, Enrique Buenaventura, Santiago García y Marta Traba, entre otras muchas figuras, ha retrocedido en unas décadas a niveles impensables de ñoñez parroquial.
Cuando sabemos que a Palacio de Nariño han entrado en secreto personas ligadas al narcotráfico y que el Congreso nacional, compuesto en gran parte por personas relacionadas con la delincuencia, recibió con honores a narcoparamilitares de alto nivel, no entiendo como saltan algunos a pedir la expulsión de la artista cubana y exigir que se le haga un exorcismo, cuando ha estado presente en los principales lugares de la expresión artística contemporánea, donde, como en los performance presentados en la Bienal de Venecia, se logra por medio de duras escenas poner el dedo en la llaga de la realidad.
El fotógrafo norteamericano Serrano provocó escándalo al mostrar imágenes de Jesús sumergidas en enormes vasos de vidrio llenos de orina, Anselm Kiefer presentó en el Gran Palais de París una exhibición de lo que sería una nueva guerra destructiva, un artista representó al papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito, y así sucesivamente el nuevo arte de hoy revela, como lo hicieron en su tiempo dadaístas y surrealistas, y con toda libertad además, las heridas y las verdades de nuestro tiempo. Marcel Duchamp causó y causa polémica todavía con su famoso orinal, considerado un punto básico de ruptura del arte del siglo XX. La artista francesa Louise Bougeois nos estremece con obras escalofriantes que nos obligan a veces a retirar la mirada, como ocurre con Christian Boltanski, uno de mis más admirados artistas de hoy, cuyos performance pueden hacernos vomitar de angustia o de dolor. Otro artista ha osado con fortuna vender mierda humana enlatada como obras de arte. Warhol se hizo rico con sus famosas latas de sopas Campbell.
En este caso la artista cubana no iba a presentar una obra "políticamente correcta" para dejar contentos a todos y partir del país como otro artista más domesticado después del coctel, de los tantos que hay en este país y en el mundo entre novelistas, poetas y artistas plásticos que prefieren callar y ser melifluos para quedar bien con todo el mundo: la izquierda y la derecha, los militaristas y los pacifistas, los gazmoños y los libertinos, los camanduleros y los ateos, los pobres y los ricos.
El arte verdadero es el subversivo y no vale la pena dedicarse a ese oficio para ser complacientes. Kafka desenmascaró los horrores de la burocracia y la novela norteamericana contemporánea va directo al centro de los problemas reales dejando fluir el lenguaje de las calles. Finalmente el arte y la literatura colombianos se han convertido por lo general en un ejercicio de arribistas que quieren ascender y tener la bendición de los poderosos escribiendo o haciendo obras insípidas para consumo y aplauso general. Tania Bruguera le ha dicho a los artistas colombianos que despierten como Lázaro, pues en las últimas décadas se han vuelto momias putrefactas de hipocresía, miedo y arribismo.
Por el contrario los colombianos deberíamos felicitar a la artista cubana por su valentía y porque en un gesto maravilloso, mostró lo que es cosa común en los salones de los ricos del mundo, en los balnearios más exclusivos y en las altas esferas de los potentados, empresarios, ejecutivos, corredores de bolsa, modelos y actores de glamour, en las fiestas de las juventudes doradas de todos los países del primer mundo, empezando por Estados Unidos, que son los consumidores de la droga por la cual tienen estigmatizada a Colombia por la única razón de que enormes intereses se niegan a legalizarla.
No nos metamos mentiras: Colombia es el principal productor del mundo de cocaína porque hay millones de consumidores en los países ricos, que están dispuestos a comprarla al precio que sea para amenizar sus fiestas o mantener la energía en las interminables y deliciosas rumbas de la sociedad de consumo. Si no existiera tal demanda libre en los países industrializados no habría producción en Colombia y volveríamos a nuestras actividades tradicionales. Con su "arte de conducta" la cubana Bruguera prueba que la legalización dejaría en manos de cada quien la responsabilidad de consumir o no, como ocurre con el alcohol, que es un elíxir tan peligroso como la cocaína, el cigarrillo, los autos de lujo y otras drogas legalizadas por las multinacionales.
Si se legalizara el consumo, como ocurrió en los tiempos de la prohibición del alcohol, se acabarían las mafias, los capos, el lavado de dinero, la corrupción de los gobiernos, las policías y los ejércitos, y las sumas multimillonarias destinadas a una guerra inútil podrían aplicarse a prevenir y ayudar a los adictos y el resto a elevar el nivel de vida de los miserables o a mejorar los niveles de educación o la salud. Ya basta del Plan Colombia y los miles y miles de millones de dólares destinados a hacer la guerra al interior del país, cuando el verdadero problema son los consumidores en Estados Unidos y Europa que hacen posible la producción mafiosa.
¿Cuántas generaciones hemos perdido los colombianos en esta lucha absurda? Miles de presidiarios en todo el mundo por el simple hecho de ser pobres "mulas" utilizadas, jóvenes en la flor de su edad que ven sus vidas arruinadas en las cárceles por el error de hacer un viaje equivocado con droga y decenas de miles de muertos en una guerra sin fin entre bandas y autoridades, que conduce sólo al derroche de sangre y dinero. Y mientras tanto los verdaderos capos y lavadores de dinero, los millonarios y los magnates, siguen libres gozando de su renta millonaria en los balnearios del poder y la gloria o entran como pedro por su casa al Palacio Presidencial.
A Tania Bruguera deberíamos darle la nacionalidad honorífica como se la dieron a la polémica crítica argentina Marta Traba y a su coterránea la actriz Fanny Mickey, a quien alguna vez también se le consideró sulfurosa en Colombia por su irreverencia. Con su "arte de conducta" Tania Bruguera ha desatado la polémica sobre un tema esencial: ¿por qué no legalizar la cocaína en vez de sostener solos una guerra inútil en la que Colombia da los muertos y la sangre y los países del primer mundo sólo ofrecen sus narices? Dejemos de ser más papistas que el papa y ojalá quede atrás para siempre esta guerra absurda en la que nos tienen sumidos los energúmenos del Palacio de Nariño y sus áulicos hipócritas.
(Texto tomado de: Con-Fabulación periódico virtual.
Colombia.)
El escándalo provocado por el performance de la prestigiosa artista cubana Tania Bruguera en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, durante el cual circularon tres bandejas con 20 líneas de cocaína cada una, como metáfora de un problema real e ineludible, muestra los niveles de intolerancia y ridiculez a los que está llegando Colombia en la primera década del siglo XXI, después de casi ocho años de estar centrada en la palabra supuestamente divina de un caudillo mediocre, autoritario y abusivo.
Un país que tuvo en los años 60 del siglo pasado una generación de artistas de avanzada en los campos de la poesía, las artes plasticas, la crítica y el teatro como Alejandro Obregón, Gonzalo Arango, X-504, Enrique Buenaventura, Santiago García y Marta Traba, entre otras muchas figuras, ha retrocedido en unas décadas a niveles impensables de ñoñez parroquial.
Cuando sabemos que a Palacio de Nariño han entrado en secreto personas ligadas al narcotráfico y que el Congreso nacional, compuesto en gran parte por personas relacionadas con la delincuencia, recibió con honores a narcoparamilitares de alto nivel, no entiendo como saltan algunos a pedir la expulsión de la artista cubana y exigir que se le haga un exorcismo, cuando ha estado presente en los principales lugares de la expresión artística contemporánea, donde, como en los performance presentados en la Bienal de Venecia, se logra por medio de duras escenas poner el dedo en la llaga de la realidad.
El fotógrafo norteamericano Serrano provocó escándalo al mostrar imágenes de Jesús sumergidas en enormes vasos de vidrio llenos de orina, Anselm Kiefer presentó en el Gran Palais de París una exhibición de lo que sería una nueva guerra destructiva, un artista representó al papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito, y así sucesivamente el nuevo arte de hoy revela, como lo hicieron en su tiempo dadaístas y surrealistas, y con toda libertad además, las heridas y las verdades de nuestro tiempo. Marcel Duchamp causó y causa polémica todavía con su famoso orinal, considerado un punto básico de ruptura del arte del siglo XX. La artista francesa Louise Bougeois nos estremece con obras escalofriantes que nos obligan a veces a retirar la mirada, como ocurre con Christian Boltanski, uno de mis más admirados artistas de hoy, cuyos performance pueden hacernos vomitar de angustia o de dolor. Otro artista ha osado con fortuna vender mierda humana enlatada como obras de arte. Warhol se hizo rico con sus famosas latas de sopas Campbell.
En este caso la artista cubana no iba a presentar una obra "políticamente correcta" para dejar contentos a todos y partir del país como otro artista más domesticado después del coctel, de los tantos que hay en este país y en el mundo entre novelistas, poetas y artistas plásticos que prefieren callar y ser melifluos para quedar bien con todo el mundo: la izquierda y la derecha, los militaristas y los pacifistas, los gazmoños y los libertinos, los camanduleros y los ateos, los pobres y los ricos.
El arte verdadero es el subversivo y no vale la pena dedicarse a ese oficio para ser complacientes. Kafka desenmascaró los horrores de la burocracia y la novela norteamericana contemporánea va directo al centro de los problemas reales dejando fluir el lenguaje de las calles. Finalmente el arte y la literatura colombianos se han convertido por lo general en un ejercicio de arribistas que quieren ascender y tener la bendición de los poderosos escribiendo o haciendo obras insípidas para consumo y aplauso general. Tania Bruguera le ha dicho a los artistas colombianos que despierten como Lázaro, pues en las últimas décadas se han vuelto momias putrefactas de hipocresía, miedo y arribismo.
Por el contrario los colombianos deberíamos felicitar a la artista cubana por su valentía y porque en un gesto maravilloso, mostró lo que es cosa común en los salones de los ricos del mundo, en los balnearios más exclusivos y en las altas esferas de los potentados, empresarios, ejecutivos, corredores de bolsa, modelos y actores de glamour, en las fiestas de las juventudes doradas de todos los países del primer mundo, empezando por Estados Unidos, que son los consumidores de la droga por la cual tienen estigmatizada a Colombia por la única razón de que enormes intereses se niegan a legalizarla.
No nos metamos mentiras: Colombia es el principal productor del mundo de cocaína porque hay millones de consumidores en los países ricos, que están dispuestos a comprarla al precio que sea para amenizar sus fiestas o mantener la energía en las interminables y deliciosas rumbas de la sociedad de consumo. Si no existiera tal demanda libre en los países industrializados no habría producción en Colombia y volveríamos a nuestras actividades tradicionales. Con su "arte de conducta" la cubana Bruguera prueba que la legalización dejaría en manos de cada quien la responsabilidad de consumir o no, como ocurre con el alcohol, que es un elíxir tan peligroso como la cocaína, el cigarrillo, los autos de lujo y otras drogas legalizadas por las multinacionales.
Si se legalizara el consumo, como ocurrió en los tiempos de la prohibición del alcohol, se acabarían las mafias, los capos, el lavado de dinero, la corrupción de los gobiernos, las policías y los ejércitos, y las sumas multimillonarias destinadas a una guerra inútil podrían aplicarse a prevenir y ayudar a los adictos y el resto a elevar el nivel de vida de los miserables o a mejorar los niveles de educación o la salud. Ya basta del Plan Colombia y los miles y miles de millones de dólares destinados a hacer la guerra al interior del país, cuando el verdadero problema son los consumidores en Estados Unidos y Europa que hacen posible la producción mafiosa.
¿Cuántas generaciones hemos perdido los colombianos en esta lucha absurda? Miles de presidiarios en todo el mundo por el simple hecho de ser pobres "mulas" utilizadas, jóvenes en la flor de su edad que ven sus vidas arruinadas en las cárceles por el error de hacer un viaje equivocado con droga y decenas de miles de muertos en una guerra sin fin entre bandas y autoridades, que conduce sólo al derroche de sangre y dinero. Y mientras tanto los verdaderos capos y lavadores de dinero, los millonarios y los magnates, siguen libres gozando de su renta millonaria en los balnearios del poder y la gloria o entran como pedro por su casa al Palacio Presidencial.
A Tania Bruguera deberíamos darle la nacionalidad honorífica como se la dieron a la polémica crítica argentina Marta Traba y a su coterránea la actriz Fanny Mickey, a quien alguna vez también se le consideró sulfurosa en Colombia por su irreverencia. Con su "arte de conducta" Tania Bruguera ha desatado la polémica sobre un tema esencial: ¿por qué no legalizar la cocaína en vez de sostener solos una guerra inútil en la que Colombia da los muertos y la sangre y los países del primer mundo sólo ofrecen sus narices? Dejemos de ser más papistas que el papa y ojalá quede atrás para siempre esta guerra absurda en la que nos tienen sumidos los energúmenos del Palacio de Nariño y sus áulicos hipócritas.
(Texto tomado de: Con-Fabulación periódico virtual
Colombia.)
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Prosa: García Aguilar
viernes, 23 de octubre de 2009
Juan Cristóbal: 1 / (mundo, problemas)
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
¿Es bueno conocer el misterio de la vida?
¿El secreto de los días? ¿La indiferencia de los llantos?
¿La hipocresía de la niebla? ¿Los insultos del verano?
¿Lo insondable de las playas? ¿Los deterioros del olvido?
¿La delicia celosamente guardada de la estrella?
¿No sería mejor vivir con el espíritu nocturno de las aves?
¿Con la dimensión intolerable de la orilla?
¿Con el enigma manifiesto e irreprochable de los trigos?
¿Con la terquedad silenciosa y condenada de las cuevas?
¿Con la suerte inquietante del sonido?
¿De qué manera el nacimiento favorece nuestras huellas?
¿La sabiduría nuestras dudas? ¿Las equivocaciones nuestras fiebres?
¿Los problemas nuestros signos? ¿Las grietas nuestras penas?
¿El suicidio nuestras sombras? ¿Nuestras palabras el futuro?
¿No es verdad que la indignación de las mañanas
los insultos de los días la historia terca e incorregible de los años
perturban y cambian nuestras voces la sinceridad de nuestra culpa?
¿Qué hacer entonces con el tiempo que sobrevive a la tragedia?
¿Con los complejos que tratan de fundar una nueva situación
en la atrocidad de la esperanza? ¿O con esa forma diferente
y resignada de ver las cosas y comprenderlas
más allá del sueño y la sobriedad del infinito?
¿Llegar hasta el enigma de lo oscuro?
¿Hasta la frustración del desaliento?
¿Hasta la vergüenza punible de la ausencia?
¿Hasta el sinfín irracional de las ciudades?
Como véis no son preguntas sin respuestas
ni respuestas sin preguntas Son preguntas llenas de respuestas
que no alcanzan a resolver todos los atentados y delitos en el agua
Porque nadie es indispensable en el espejo
en las caricias de los labios en las contusiones de las manos
Ni siquiera el final de la existencia puede trascender
o redimir los umbrales tendenciosos de la infancia
Lo que viene y se hunde para siempre
en el árbol desdibujado y melindroso de la nada
(Texto proporcionado por el autor).
¿Es bueno conocer el misterio de la vida?
¿El secreto de los días? ¿La indiferencia de los llantos?
¿La hipocresía de la niebla? ¿Los insultos del verano?
¿Lo insondable de las playas? ¿Los deterioros del olvido?
¿La delicia celosamente guardada de la estrella?
¿No sería mejor vivir con el espíritu nocturno de las aves?
¿Con la dimensión intolerable de la orilla?
¿Con el enigma manifiesto e irreprochable de los trigos?
¿Con la terquedad silenciosa y condenada de las cuevas?
¿Con la suerte inquietante del sonido?
¿De qué manera el nacimiento favorece nuestras huellas?
¿La sabiduría nuestras dudas? ¿Las equivocaciones nuestras fiebres?
¿Los problemas nuestros signos? ¿Las grietas nuestras penas?
¿El suicidio nuestras sombras? ¿Nuestras palabras el futuro?
¿No es verdad que la indignación de las mañanas
los insultos de los días la historia terca e incorregible de los años
perturban y cambian nuestras voces la sinceridad de nuestra culpa?
¿Qué hacer entonces con el tiempo que sobrevive a la tragedia?
¿Con los complejos que tratan de fundar una nueva situación
en la atrocidad de la esperanza? ¿O con esa forma diferente
y resignada de ver las cosas y comprenderlas
más allá del sueño y la sobriedad del infinito?
¿Llegar hasta el enigma de lo oscuro?
¿Hasta la frustración del desaliento?
¿Hasta la vergüenza punible de la ausencia?
¿Hasta el sinfín irracional de las ciudades?
Como véis no son preguntas sin respuestas
ni respuestas sin preguntas Son preguntas llenas de respuestas
que no alcanzan a resolver todos los atentados y delitos en el agua
Porque nadie es indispensable en el espejo
en las caricias de los labios en las contusiones de las manos
Ni siquiera el final de la existencia puede trascender
o redimir los umbrales tendenciosos de la infancia
Lo que viene y se hunde para siempre
en el árbol desdibujado y melindroso de la nada
(Texto proporcionado por el autor).
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Verso: Juan Cristóbal
miércoles, 21 de octubre de 2009
Rosina Valcárcel: "Ahí pudiste contemplar las montañas"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
(A Julio Nelson)
1
Eras alto y tenías veinte años
bajo el aire transparente del otoño
en la Universidad de San Marcos
Gustabas leer a los surrealistas
Te agradaba el sabor del buen vino
y los ojos grandes de las mujeres
Caminaron bajo la llovizna de Lima
con los compañeros de Piélago
Partiste a Europa súbito
Cual trueno de golpe caíste una mañana
Tu espíritu tenaz dejó que volvieras
Entonces festejaron amor y poesía
En los años '70 te fuiste a los Andes
A la Toma de Tierras en Ancash
Ahí pudiste contemplar las montañas
Ahí renació tu escritura
Mientras leías al Viejo Mao
Qué tiempo inocente
Qué verdad pura
Qué anhelo de Revolución
Qué Historia!
Imaginaban otra película
Otra canción Otro final
En la Estación de los Desamparados
Penélope estuvo meses
Aguardando tus cartas o tu voz
Mas la vida les echó humo en el rostro
Mi querido Odiseo
Los despojaron de todo
Quedaron ciegos sobre el río
2
Se llevaron a nuestros padres
Nos dejaron el pavor de los solitarios
el desvelo y la amenaza
Pero aquella rebeldía maravillosa
está grabada en las flores de lumbre
como la música que arde
cerca a la frontera del Perú.
Rosina Valcárcel
(Texto proporcionado por la autora)
Julio Carmona
Miembro del Comité de Redacción de la Revista Digital argentina
Colaborador de la Revista Digital española
http://www.municipalidadycultura.es
También se me puede escribir a:
te.educa2008@gmail.com
carmonajulio3@gmail.com
No dejes de visitar los siguientes blogs:
http://www.mesterdeobreria.blogspot.com
http://www.papelesparalahistoria.blogspot.com
http://nuevaspaginaslibres.blogspot.com
http://vosquedepalabrasvives.blogspot.com
http://teeducaUNP.blogspot.com
-Si estos envíos llegan a tu dirección es porque ella ha llegado a mi agenda de Contactos. Si te molesta recibirlos, házmelo saber para dejar de enviártelos. Gracias.
(A Julio Nelson)
1
Eras alto y tenías veinte años
bajo el aire transparente del otoño
en la Universidad de San Marcos
Gustabas leer a los surrealistas
Te agradaba el sabor del buen vino
y los ojos grandes de las mujeres
Caminaron bajo la llovizna de Lima
con los compañeros de Piélago
Partiste a Europa súbito
Cual trueno de golpe caíste una mañana
Tu espíritu tenaz dejó que volvieras
Entonces festejaron amor y poesía
En los años '70 te fuiste a los Andes
A la Toma de Tierras en Ancash
Ahí pudiste contemplar las montañas
Ahí renació tu escritura
Mientras leías al Viejo Mao
Qué tiempo inocente
Qué verdad pura
Qué anhelo de Revolución
Qué Historia!
Imaginaban otra película
Otra canción Otro final
En la Estación de los Desamparados
Penélope estuvo meses
Aguardando tus cartas o tu voz
Mas la vida les echó humo en el rostro
Mi querido Odiseo
Los despojaron de todo
Quedaron ciegos sobre el río
2
Se llevaron a nuestros padres
Nos dejaron el pavor de los solitarios
el desvelo y la amenaza
Pero aquella rebeldía maravillosa
está grabada en las flores de lumbre
como la música que arde
cerca a la frontera del Perú.
Rosina Valcárcel
(Texto proporcionado por la autora)
Julio Carmona
Miembro del Comité de Redacción de la Revista Digital argentina
Colaborador de la Revista Digital española
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También se me puede escribir a:
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Verso: Valcárcel Rosina
martes, 20 de octubre de 2009
Diego Manso: “Vivir en voz”
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más emblemáticas del siglo XX. Su voz llevó el pulso trágico y heroico de Latinoamérica alrededor del mundo. Aquí, una evocación.
1. La muerte siempre es ajena y, a veces, pero sólo a veces, consiste en una función biológica de los cuerpos amados. De los muertos amados, porque los demás se olvidan en la articulación de un pésame o en el remate de una noticia, nos quedan las menudencias que destrozan el corazón, el orden de los objetos en un cuarto cerrado, y nos queda cierto impulso, recóndito al principio, que confirma nuestros modos de acentuar una palabra, alzar la mano para componer un gesto o escoger, entre cientos, una perspectiva para la mirada. De los muertos apenas se avienen los rastros. Nada más. No balconean desde una nube ni recorren esferas innominadas ni aguardan con batas blancas el veredicto de un tribunal. Nadie va a ningún lado, todos somos parte de un mismo y único engrudo. Nuestros muertos son lo que somos, aunque vivir se trate, mayormente, de escurrirse a través de esa evidencia. Ahora que Mercedes Sosa está muerta y que los fastos necrológicos insisten en repetir las conjeturas de algún catecismo y machacan con la noción de eternidad, como si existiera certidumbre de cosa semejante, corresponde allanar las distancias: de los muertos nos separa una escasa milésima de segundo.
2. El canto es una potestad femenina que, salvo las excepciones a la regla (se me ocurren Carlos Gardel y Ney Matogrosso), los varones cultivaron con recato. En ese sentido, Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más grandiosas de la historia del mundo. Tal vez la última, por mero azar cronológico. En Argentina todavía no nos dimos palmaria cuenta, más allá de las aquiescencias de última hora, que siempre funcionan más como un pedido de disculpas que como una apuesta crítica. Sólo Ella Fitzgerald, Nina Simone, Amália Rodrigues, Edith Piaf o Elis Regina le son en rango comparables. Todas inventaron algo y todas discurrieron sobre su invento para, más tarde, comentar el origen con las heridas de la voz. Amália, por caso, concibió la forma de cantar la música orillera de Portugal, la revolucionó después para gloria y también escarnio, y regresó, hacia el final de su vida, al repertorio del autor Frederico Valério ("Confesso", "Que Deus me perdoe") para quitarle los ornatos de la juventud y afirmarlo como nostalgia o despojo del dolor. Mercedes otro tanto: fundó el movimiento Nuevo Cancionero "para dejar de robarle a la gente del pueblo su tesoro" literario musical, visitó géneros ajenos al folclore argentino a partir de la década de los ochenta (hasta grabó canciones indignas de su figura) y tornó en los últimos años hacia el revisionismo sensibilizado que se comprueba en los discos Acústico (2002) y Corazón libre (2005). El primero, recoge algunas piezas sustanciales de su discografía inicial, como las pasmosas "Zamba del chaguanco" (Hilda Herrera y Antonio Nella Castro) y "Canción de las cantinas" (Manuel J. Castilla y Rolando Valladares), en versiones que parecen enmalladas por la rumia de los tiempos. Su voz ya era allí la definitiva, la de la vejez. ¿Qué extraño erotismo descansa en las voces viejas? Escuchemos si no, el dúo de Mercedes con Eduardo Falú en "Tonada del viejo amor" y tratemos de encontrar la revelación. Está allí, un paisaje de cuerpos desnudos y mustios que reposan unos sobre otros, sujetos entre sí por las pobres hilachas del amor.
3. Un cantante popular es la representación de sí mismo, de allí nace la empatía que le profesamos. Un cantante popular no es un cantante pop porque no precisa colocar énfasis alguno sobre su identidad ni cubrirse de embozos. Un cantante popular es un ser arremangado frente al mundo. "Canto así porque soy comunista", me dijo Mercedes cierta vez y fue título en Ñ. Un cantante popular es siempre un misterio de interpretación porque no existe en él nada que delate la impostura. Un cantante popular es un prodigio de ascesis interior. Un cantante popular es apoteósico a su pesar, no sobredimensiona la marca de la acción, es acción misma. Un cantante popular arroja su voz; un cantante pop sólo la impulsa. La voz de un cantante popular es trasunto de una interioridad y no técnica pura aplicada a la emoción o a sus signos consensuados. Un cantante popular es heroico por oposición al silencio. Así, Mercedes fue una cantante popular en la acepción profunda. Revisar su primer disco (que no se trata del clásico Canciones con fundamento, como creen algunos, si no de otro que lleva simplemente su nombre) devela que entre aquella Mercedes y la última, mucho más allá del derrotero que siguieron sus graves, late el mismo pulso. ¿Quién tuvo tanto swing para la chacarera? ¿Quién se apoyó como ella en los estribos de una zamba? A veces, se nace sabiendo.
4. Que Mercedes nació quince días después de que Gardel fuese, en Medellín, carboncitos. Que Mercedes partió al exilio luego de cantar "Cuando tenga la tierra" y de que la policía se la llevara presa junto a todos los presentes de un boliche de La Plata. Que Mercedes nació un 9 de Julio y que su madre oyó, mientras la paría, las salvas de los festejos por la Independencia. Que sus anécdotas, de inmensas oraciones subordinadas, transcurrían de aquillá sin miramientos: de pronto en la estepa rusa, de pronto en una horrible callecita limeña, como si el planisferio cupiese en la palma de una mano y los mares se contuvieran en un vaso... Son razones para el mito que se edificará al costado de la voz. Porque siempre importará más la voz que el mito. Porque Mercedes no necesitó morirse para ser milagrosa.
5. Barthes ensayó una definición preciosa para la voz: "mixtura erótica de timbre y de lenguaje". La voz es, ni más ni menos, una prolongación del cuerpo en el espacio. A la voz interior, en cambio, nadie la conoce, salvo nosotros mismos, que la atesoramos como un magma. "Estos son la soledad de la noche, el contorno de mi cuerpo sin las caricias que extraño, mi desorden de papeles, mi dialecto de la infancia, mis saquitos de té y mi calle", nos decimos –incluso en presencia de extraños– pero nadie nos escucha. Sólo nosotros sabemos cómo suenan esas palabras, qué ecos estallan detrás del pronunciamiento de la mudez. Está nuestra voz social y está nuestra voz interior. Sin embargo, ahora mismo, cabe pensar que aquello que Mercedes consiguió durante toda su vida de cantante fue descorrer el velo entre esas dos zonas independientes. Cuando canta Mercedes, entonces, escuchamos nuestra voz interior. Una de las pocas epifanías capaces de conjurarse en un mundo que suele negarlas. Mercedes reinventó la intimidad del canto en tiempos donde resulta arduo encontrar un rincón donde estarse solo sin dar explicaciones.
6. La muerte no conduce a ninguna parte ni se precisan retornos cuando quedan inmanencias. Carece de importancia el motivo, pero he llorado en brazos de Mercedes. Y ella en los míos. La anécdota nos es privada. Lloramos largamente abrazados una tarde de otoño con mucho sol, frente a ese balcón que se ve en la foto. Un balcón lleno de plantas, que Mercedes adoraba cuidar. Yo le dije que la amaba y ella también me dijo que me amaba porque en ese momento era cierto. Estábamos hermanados en ese abrazo, que aún me dura. Nos llorábamos a nosotros mismos y no fue patético ni triste. Apenas nos conocíamos, pero fue necesario. Ella recordaba esa tarde tiempo después: "cómo lloramos juntos", recordaba. Cómo lloramos juntos... Hay encuentros resistentes a las despedidas. Que cada cual enumere los suyos. Por suerte, el amor no es tumor: no se extirpa ni mata. Matan la idiotez y el olvido. Mercedes ya no está en ningún lado, sólo en los discos. Y en nosotros, que no somos negligentes ni idiotas. Una mano sobre el corazón: es acá.
Mercedes Sosa Básico [San Miguel de Tucumán, 1935 - Buenos Aires, 2009]
Grabó alrededor de cuarenta discos y con su voz inmortalizó temas como Gracias a la vida. Interpretó a los más importantes de la canción popular latinoamericana como Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra, y a músicos de rock como Fito Páez (en el disco Yo vengo a ofrecer mi corazón, de 1985) y Charly García (Alta fidelidad, de 1997). Sus últimos discos, Cantora 1 y 2 (2009) incluyen duetos con cantantes de diferentes extracciones, desde Luis Alberto Spinetta a Teresa Parodi y de Shakira a Caetano Veloso, entre muchos otros.
(Texto tomado del periódico digital MEDIAISLA).
[giecoleon]
Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más emblemáticas del siglo XX. Su voz llevó el pulso trágico y heroico de Latinoamérica alrededor del mundo. Aquí, una evocación.
1. La muerte siempre es ajena y, a veces, pero sólo a veces, consiste en una función biológica de los cuerpos amados. De los muertos amados, porque los demás se olvidan en la articulación de un pésame o en el remate de una noticia, nos quedan las menudencias que destrozan el corazón, el orden de los objetos en un cuarto cerrado, y nos queda cierto impulso, recóndito al principio, que confirma nuestros modos de acentuar una palabra, alzar la mano para componer un gesto o escoger, entre cientos, una perspectiva para la mirada. De los muertos apenas se avienen los rastros. Nada más. No balconean desde una nube ni recorren esferas innominadas ni aguardan con batas blancas el veredicto de un tribunal. Nadie va a ningún lado, todos somos parte de un mismo y único engrudo. Nuestros muertos son lo que somos, aunque vivir se trate, mayormente, de escurrirse a través de esa evidencia. Ahora que Mercedes Sosa está muerta y que los fastos necrológicos insisten en repetir las conjeturas de algún catecismo y machacan con la noción de eternidad, como si existiera certidumbre de cosa semejante, corresponde allanar las distancias: de los muertos nos separa una escasa milésima de segundo.
2. El canto es una potestad femenina que, salvo las excepciones a la regla (se me ocurren Carlos Gardel y Ney Matogrosso), los varones cultivaron con recato. En ese sentido, Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más grandiosas de la historia del mundo. Tal vez la última, por mero azar cronológico. En Argentina todavía no nos dimos palmaria cuenta, más allá de las aquiescencias de última hora, que siempre funcionan más como un pedido de disculpas que como una apuesta crítica. Sólo Ella Fitzgerald, Nina Simone, Amália Rodrigues, Edith Piaf o Elis Regina le son en rango comparables. Todas inventaron algo y todas discurrieron sobre su invento para, más tarde, comentar el origen con las heridas de la voz. Amália, por caso, concibió la forma de cantar la música orillera de Portugal, la revolucionó después para gloria y también escarnio, y regresó, hacia el final de su vida, al repertorio del autor Frederico Valério ("Confesso", "Que Deus me perdoe") para quitarle los ornatos de la juventud y afirmarlo como nostalgia o despojo del dolor. Mercedes otro tanto: fundó el movimiento Nuevo Cancionero "para dejar de robarle a la gente del pueblo su tesoro" literario musical, visitó géneros ajenos al folclore argentino a partir de la década de los ochenta (hasta grabó canciones indignas de su figura) y tornó en los últimos años hacia el revisionismo sensibilizado que se comprueba en los discos Acústico (2002) y Corazón libre (2005). El primero, recoge algunas piezas sustanciales de su discografía inicial, como las pasmosas "Zamba del chaguanco" (Hilda Herrera y Antonio Nella Castro) y "Canción de las cantinas" (Manuel J. Castilla y Rolando Valladares), en versiones que parecen enmalladas por la rumia de los tiempos. Su voz ya era allí la definitiva, la de la vejez. ¿Qué extraño erotismo descansa en las voces viejas? Escuchemos si no, el dúo de Mercedes con Eduardo Falú en "Tonada del viejo amor" y tratemos de encontrar la revelación. Está allí, un paisaje de cuerpos desnudos y mustios que reposan unos sobre otros, sujetos entre sí por las pobres hilachas del amor.
3. Un cantante popular es la representación de sí mismo, de allí nace la empatía que le profesamos. Un cantante popular no es un cantante pop porque no precisa colocar énfasis alguno sobre su identidad ni cubrirse de embozos. Un cantante popular es un ser arremangado frente al mundo. "Canto así porque soy comunista", me dijo Mercedes cierta vez y fue título en Ñ. Un cantante popular es siempre un misterio de interpretación porque no existe en él nada que delate la impostura. Un cantante popular es un prodigio de ascesis interior. Un cantante popular es apoteósico a su pesar, no sobredimensiona la marca de la acción, es acción misma. Un cantante popular arroja su voz; un cantante pop sólo la impulsa. La voz de un cantante popular es trasunto de una interioridad y no técnica pura aplicada a la emoción o a sus signos consensuados. Un cantante popular es heroico por oposición al silencio. Así, Mercedes fue una cantante popular en la acepción profunda. Revisar su primer disco (que no se trata del clásico Canciones con fundamento, como creen algunos, si no de otro que lleva simplemente su nombre) devela que entre aquella Mercedes y la última, mucho más allá del derrotero que siguieron sus graves, late el mismo pulso. ¿Quién tuvo tanto swing para la chacarera? ¿Quién se apoyó como ella en los estribos de una zamba? A veces, se nace sabiendo.
4. Que Mercedes nació quince días después de que Gardel fuese, en Medellín, carboncitos. Que Mercedes partió al exilio luego de cantar "Cuando tenga la tierra" y de que la policía se la llevara presa junto a todos los presentes de un boliche de La Plata. Que Mercedes nació un 9 de Julio y que su madre oyó, mientras la paría, las salvas de los festejos por la Independencia. Que sus anécdotas, de inmensas oraciones subordinadas, transcurrían de aquillá sin miramientos: de pronto en la estepa rusa, de pronto en una horrible callecita limeña, como si el planisferio cupiese en la palma de una mano y los mares se contuvieran en un vaso... Son razones para el mito que se edificará al costado de la voz. Porque siempre importará más la voz que el mito. Porque Mercedes no necesitó morirse para ser milagrosa.
5. Barthes ensayó una definición preciosa para la voz: "mixtura erótica de timbre y de lenguaje". La voz es, ni más ni menos, una prolongación del cuerpo en el espacio. A la voz interior, en cambio, nadie la conoce, salvo nosotros mismos, que la atesoramos como un magma. "Estos son la soledad de la noche, el contorno de mi cuerpo sin las caricias que extraño, mi desorden de papeles, mi dialecto de la infancia, mis saquitos de té y mi calle", nos decimos –incluso en presencia de extraños– pero nadie nos escucha. Sólo nosotros sabemos cómo suenan esas palabras, qué ecos estallan detrás del pronunciamiento de la mudez. Está nuestra voz social y está nuestra voz interior. Sin embargo, ahora mismo, cabe pensar que aquello que Mercedes consiguió durante toda su vida de cantante fue descorrer el velo entre esas dos zonas independientes. Cuando canta Mercedes, entonces, escuchamos nuestra voz interior. Una de las pocas epifanías capaces de conjurarse en un mundo que suele negarlas. Mercedes reinventó la intimidad del canto en tiempos donde resulta arduo encontrar un rincón donde estarse solo sin dar explicaciones.
6. La muerte no conduce a ninguna parte ni se precisan retornos cuando quedan inmanencias. Carece de importancia el motivo, pero he llorado en brazos de Mercedes. Y ella en los míos. La anécdota nos es privada. Lloramos largamente abrazados una tarde de otoño con mucho sol, frente a ese balcón que se ve en la foto. Un balcón lleno de plantas, que Mercedes adoraba cuidar. Yo le dije que la amaba y ella también me dijo que me amaba porque en ese momento era cierto. Estábamos hermanados en ese abrazo, que aún me dura. Nos llorábamos a nosotros mismos y no fue patético ni triste. Apenas nos conocíamos, pero fue necesario. Ella recordaba esa tarde tiempo después: "cómo lloramos juntos", recordaba. Cómo lloramos juntos... Hay encuentros resistentes a las despedidas. Que cada cual enumere los suyos. Por suerte, el amor no es tumor: no se extirpa ni mata. Matan la idiotez y el olvido. Mercedes ya no está en ningún lado, sólo en los discos. Y en nosotros, que no somos negligentes ni idiotas. Una mano sobre el corazón: es acá.
Mercedes Sosa Básico [San Miguel de Tucumán, 1935 - Buenos Aires, 2009]
Grabó alrededor de cuarenta discos y con su voz inmortalizó temas como Gracias a la vida. Interpretó a los más importantes de la canción popular latinoamericana como Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra, y a músicos de rock como Fito Páez (en el disco Yo vengo a ofrecer mi corazón, de 1985) y Charly García (Alta fidelidad, de 1997). Sus últimos discos, Cantora 1 y 2 (2009) incluyen duetos con cantantes de diferentes extracciones, desde Luis Alberto Spinetta a Teresa Parodi y de Shakira a Caetano Veloso, entre muchos otros.
(Texto tomado del periódico digital MEDIAISLA).
[giecoleon]
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