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viernes, 7 de octubre de 2011

Belén Gopegui: Literatura y política bajo el capitalismo

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir"
es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


Describiremos el contexto en que hoy ha de abrirse paso un texto sobre literatura y política que no pida perdón, que no acuda a generalidades tales como el principal compromiso del escritor es con su propia obra, que quiera para sí un mayor margen de precisión y elija ser llamado: literatura y política bajo el capitalismo
En su libro Entre la pluma y el fusil, que lleva por subtítulo “Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina”, Claudia Gilman afirma en relación a la cultura militante y revolucionaria de los años 60-70: “Esta época constituye la gran expectativa frustrada, el canto de cisne de la cultura letrada en América latina y en el mundo. Conocemos los hechos: la revolución mundial no tuvo lugar. Esa comunidad de izquierda, tan potente en su producción de discursos y tan convincente respecto de los cambios que anunciaba; y ese período, en el cual grandes masas se movilizaron como pocas veces antes, ¿fue resultado de una ilusión sin fundamento?” Desde una pequeña revista argentina, Lucha de clases, alguien llamado Demián Paredes escribe a su vez sobre el libro de Gilman y juzga que la autora sólo entiende en un sentido romántico o superficial “la pérdida del Che y el aborto del proceso chileno y toda la reacción que se instala en los setenta –y aún antes, ¡Brasil!- con las dictaduras militares en el Cono Sur”. La autora, en un gesto intelectual poco frecuente hoy día, se toma el trabajo de contestar a la pequeña revista señalando que en el primer capítulo del libro ella misma se ha preguntado si no es posible pensar que “la sucesión de golpes militares y represiones brutales fue una respuesta imbuida de la misma convicción de que la revolución estaba por llegar (y que por lo tanto era necesario combatirla); se ha preguntado y cita: “¿Estaban errados los diagnósticos o las relaciones de fuerza se modificaron con el propósito de sofocar pulsiones revolucionarias existentes?”. A lo que Demián Paredes responde: “Efectivamente fue así, como señala en último término”. Esto es: efectivamente las relaciones de fuerza se modificaron con el propósito de sofocar pulsiones revolucionarias existentes. Nos interesa señalar el proceso por el cual una afirmación como la anterior que muchos aún hoy juzgamos evidente, pierde el derecho a existir y debe por el contrario ser formulada en términos interrogativos. Lo que está en juego es la diferencia entre el fracaso y la derrota, entendiendo por fracaso el hecho de no dar una cosa el resultado perseguido con ella por multitud de factores que pueden ser inherentes a la cosa misma, mientras que la derrota ha de ser infligida por otro. La diferencia es grave porque a través de ella se dirime el rumbo, la dirección, se trata de saber si había -se trata de saber al fin si hay- o no que dirigirse hacia donde se dirigían los movimientos revolucionarios quizá con otra estrategia, quizá a un ritmo más lento, o acaso más rápido, pero hacia ahí. ¿La expectativa de justicia, la expectativa de un comportamiento equitativo en la distribución del placer y del sufrimiento, la expectativa de un mundo sin esclavos de hecho o de derecho, regido por un principio mejor que la ganancia del más fuerte, era y sigue siendo una ilusión sin fundamento o, por el contrario, esa expectativa no estaba errada sino que la frustraron otros, sino que estrellaron otros las revoluciones incipientes contra los escollos aun cuando entre esos otros podamos incluir también -también pero no sólo- el oportunismo y la confusión? Nuevamente hemos de responder: efectivamente, es como señala el segundo término, la expectativa no estaba errada sino que otros frustraron su cumplimiento.

Entre la pluma y el fusil, por su amplia y al mismo tiempo sintética documentación, se convertirá en obligada estación de paso para quien quiera indagar sobre las relaciones entre literatura y política en los años sesenta y setenta. No está escrito con saña ni con ironía. Y esta misma circunstancia vuelve aún más significativo el sonido de fondo que incorpora con aparente naturalidad, un contexto en donde no sólo nadie, al parecer, reclama la necesidad de una literatura revolucionaria, sino en donde la existencia de fuerzas reaccionarias que actúan en la historia y, por cierto, también en la literatura, pasa a ser considerado algo inseguro, improbable, algo sobre lo cual habría, en todo caso, el deber de preguntar. Semejante, diremos, ¿incertidumbre? con respecto a golpes de Estado, invasiones, bloqueos, torturas, expolios, es propia no de la época sobre la que Gilman escribe sino de la época en la que escribe, época que ha producido a su vez una visión del presente como lo menos malo, una visión de la desigualdad, la incontinencia y la voracidad como lo inevitable. Época que soslaya el hecho de que en la isla de Cuba una revolución no pudo ser destrozada, el hecho de que hoy, a pesar del acoso, un pueblo vive y lucha porque le sigan dejando vivir sin imponerle desde fuera los criterios sobre qué sea lo bueno, lo justo, lo vergonzoso; época que ante procesos históricos como el que se está viviendo en Venezuela una vez más acude al mito del intelectual contra el poder olvidando que hasta hace muy poco existía una simbiosis entre poder y cultura en Venezuela como existe en todos los países capitalistas, olvidando que no es esa simbiosis lo que cabe reprochar sino al servicio de qué está puesta, para favorecer qué acciones.

Ya en 1967, en su célebre discurso “La literatura es fuego” con motivo de la aceptación del premio Rómulo Gallegos por La casa verde, Vargas Llosa afirmaba: “La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista”. Desde otra posición, en 1972 el escritor argentino Haroldo Conti se dirigía en estos términos a la Fundación Guggenheim: “...con el respeto que ustedes merecen por el solo hecho de haber obrado con lo que se supone es un gesto de buena voluntad, deseo dejar en claro que mis convicciones ideológicas me impiden postularme para un beneficio que, con o sin intención expresa, resulta cuanto más no sea por la fatalidad del sistema, una de las formas más sutiles de penetración cultural del imperialismo norteamericano en América Latina....”.

Las palabras de Conti reconocían así en la literatura algo más maleable que el fuego, algo que puede ser penetrado, influido, modificado. Como tantas veces, de una concepción materialista de la realidad se seguía un comportamiento regido por ideales, mientras que la voluntad de no ver ataduras, influencias, vínculos, acabaría respondiendo a lo que José Carlos Mariátegui había descrito como la costumbre de la burguesía de idealizar o disfrazar sus móviles. No obstante, el discurso que casi cuarenta años después se ha convertido en “lo normal” no es el de Haroldo Conti sino el de Vargas Llosa. La independencia del escritor, la autonomía insondable de la literatura aun cuando en esa autonomía se reconozcan posibles tensiones y equilibrios, reglas del juego a la manera de Bourdieu pero que actúan sólo como factores secundarios de un fuego que no puede ni debe ser sometido a ninguna política, a ninguna exigencia colectiva, a ningún "plan quinquenal" pues cuando así ha ocurrido la literatura ha muerto. Llama la atención que sólo cuando el socialismo trata de someter a la literatura ésta muera mientras que cuando el capitalismo diariamente la somete, condiciona, penetra, compra, seduce, alecciona, eso en nada afecte a su salud. Llama la atención que se pretenda de la literatura, hecha para contar la vida, una existencia en otra órbita, allá donde la vida, los miedos, los deseos de una sociedad no puedan alcanzarla. Llama la atención porque nunca nadie leyó ni escribió esa literatura.

Toda literatura es política; preguntarse sobre literatura y política en las actuales condiciones significa preguntarse si la literatura, como la política, puede hacer hoy algo distinto de traducir, acatar o reflejar el sistema hegemónico. Estuvo a veces la literatura al servicio de causas revolucionarias. Pero muchas más veces estuvo al servicio de lo existente y, muchas otras, el poder capitalista cortó el camino, torturó, silenció, arrasó las condiciones de existencia en las que habrían podido germinar referentes distintos. Es imprescindible recordar que la historia de la literatura revolucionaria no se escribe sólo con rechazos como el de Conti o Viñas, se escribe también con las obras de aquellos que no estuvieron siquiera en la posición de rechazar. De aquellos que no llegaron a ser lo suficientemente conocidos como para que el capitalismo intentara cooptarlos y no llegaron a serlo porque nunca se adaptaron a las exigencias del canon, o porque eligieron la militancia en vez de la escritura, o eligieron una escritura militante que les alejó de posibles ofertas, o porque habiendo elegido la “alta” escritura un día renunciaron a ella por las presiones de la vida diaria, o para trabajar por las revoluciones que existían o por las que podrían llegar a existir. Como es preciso tener presente que mientras Haroldo Conti fue secuestrado en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy permanece en la lista de desaparecidos, todos los que se sumaron a la propuesta metafísica del Gran Rechazo de Adorno jamás rechazaron nada físico procedente del imperialismo capitalista, ni una beca Guggenheim, ni un premio Planeta ni un ciclo de conferencias en una universidad norteamericana.

Hablemos entonces de lo que se entiende por literatura capitalista en la fase actual del capitalismo. Hablemos de un libro que se ha convertido en un estandarte de lo que sí debe hacerse, La fiesta del chivo de Vargas Llosa. A diferencia de lo sucedido con frecuencia en la época descrita por Francis Stonors Saunders en La guerra fría cultural, en estos momentos el capitalismo no necesita tanto explicitar sus demandas pero, si lo necesitara, habría formulado el encargo más o menos así: “Conviene que quien en su día defendió la literatura como una forma de insurrección permanente, y hoy está claramente al servicio del llamado neoliberalismo, escriba una novela sobre una dictadura latinoamericana. Conviene que se trate de una dictadura antigua, sobre la que ya se hayan cerrado teóricamente las heridas. Conviene distanciar esa dictadura de los Estados Unidos lo más posible aunque sin incurrir en mentiras gruesas puesto que hay hechos que ya son de dominio público.

Prestaría un gran servicio, desde el punto de vista de la escala de valores dominante, convirtiendo cualquier acto de resistencia en fruto de la inquina o la venganza personal. Se le sugiere, puesto que al fin y al cabo no le llevará mucho trabajo, haga de un personaje cercano a Trujillo un simpatizante de Fidel Castro. Alguien particularmente abyecto, por ejemplo el jefe de la policía política, el máximo torturador. Si la verdad histórica dice que ese hombre formó parte de una operación encubierta de la CIA contra Fidel Castro no la mencione, en este caso no es demasiado conocida.

No olvide la rentabilidad de sobrecargar su novela con violaciones, impotencia, miedo a ser acusado de “mariconería”, esto es, el cuerpo y en especial el sexo llevados a sus extremos más patéticos, morbo, a fin de cuentas, aun cuando recubierto de algún adjetivo barroco que permita a los lectores de clase media sentirse distintos y mejores que los lectores de novelas seriadas, y permita a la crítica traducir la palabra morbo por cosas como una penetrante mirada sobre el mal o una bajada a los infiernos. La economía, la política, la inteligencia, el interés, la capacidad de elegir, los argumentos que se emplean a la hora de ejercer esa capacidad, los trabajadores, los revolucionarios, los movimientos populares, todo esto debe estar ausente de su novela. Se trata de simplificar la condición humana hasta reducirla a dos o tres pasiones y traumas incontrolables.

El autor debe por último extremar sus críticas a Trujillo, que ya está muerto y bien muerto, para recuperar algo de la legitimidad que ha perdido en los últimos años sobre todo con respecto al público de América Latina. Se espera poder presentar al autor, un ideólogo del neoliberalismo, como crítico de un agente de los Estados Unidos; esto, unido a una gran campaña de promoción en América Latina, le conferirá nueva legitimidad, la que subyace en frases del tipo: aunque no estamos siempre de acuerdo con sus artículos, como escritor es un gran escritor que llega hasta el fondo de las miserias humanas y de las dictaduras más crueles”.

Los encargos del capitalismo “están en el aire”, el autor los percibe con claridad ya sea si los reconoce de forma explícita o si los interioriza como su particular percepción de lo adecuado en ese momento. El capitalismo literario, en su fase actual, ha llevado hasta el límite la división burguesa entre lo público y lo privado como si esa división pudiera en verdad efectuarse. Y ha logrado que la inmensa mayoría de la literatura se retire a la esfera de lo privado: secretos familiares, pasiones escondidas, asesinatos de psicópatas, y que cuando en algún caso se aborden cuestiones públicas sea por la vía de privatizarlas como así ocurre con una la política de Trujillo dictada por su próstata privada, o con las historias sobre la guerra civil española en donde el núcleo argumental se reduce a actos privados de amor u odio. No es tarea de un solo artículo describir y analizar los componentes de la literatura capitalista del tiempo que antecedió y siguió a la caída del muro de Berlín. Baste quizá con que el artículo sugiera el actual florecimiento de un realismo capitalista sin trabas, exonerado al parecer de tarea de argumentar, dar respuesta o siquiera combatir una escala de valores que a lo largo de los siglos ha luchado, con mayor o menor potencia de difusión, por abrirse camino.

Hoy, se nos advierte, es preciso huir de cualquier asociación con una máxima como la enunciada por Brecht: “Los artistas del realismo socialista tratan la realidad desde el punto de vista de la población trabajadora y de los intelectuales aliados con ella y que están a favor del socialismo”. Sin embargo, ¿podríamos convenir con el opuesto de esa máxima, afirmar que los artistas del realismo capitalista tratan la realidad desde el punto de vista de la burguesía y de los intelectuales aliados con ella y que están a favor del capitalismo? Podríamos, y para que hacerlo no cree ninguna incomodidad el discurso dominante ha sustituido la palabra burguesía por la palabra condición humana, y la palabra capitalismo por la palabra leyes naturales de la existencia o algo semejante, sin permitir que se desarrollen en parte alguna aquellos planteamientos que quisieran analizar las implicaciones de esa sustitución.

En cuanto a la pregunta sobre si es posible hacer bajo el capitalismo una literatura que no sea capitalista, decir, sin bajar la voz: el único camino es una escritura hacia la revolución, esto es, una escritura que alcance a cuestionar la idea misma de literatura pero no lo haga desde la "novedad" aislada ni acepte tampoco circunscribirse sólo a la tradición hegemónica; una escritura, por tanto, capaz de concebir el paso siguiente en un proceso liberador que no comienza hoy. “Sin una memoria colectiva que contribuya a forjar una narración común acerca de lo que ocurre, que proporcione algún tipo de inmortalidad mitológica a los individuos que lo apuestan y lo pierden todo por cambiar el futuro, no existe la menor posibilidad de resistencia”, ha escrito Guillermo Rendueles en referencia a cómo en las manifestaciones antiglobalización de Barcelona, Carlo Giuliani, asesinado a tiros por la policía genovesa, apenas fue recordado. Rendueles señala así sus dudas sobre la viabilidad de un nuevo sujeto contestatario fluctuante, sin historia, casa común, e incluso sin memoria para recordar a los suyos. En 1970, Rodolfo Walsh decía a Ricardo Piglia en una entrevista: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Hablemos ahora de literatura. Digamos ahora que quienes con honestidad y auténtica militancia, muy lejos del oportunismo que también hubo en la izquierda, perdieron su capital cultural, su prestigio, un lugar en el canon, ofertas económicas y glamour y complicidades por cambiar el futuro, por hacer una literatura tal vez en exceso didáctica, acaso ingenua, quizá demasiado sencilla, tal vez de una grandeza que aún no hemos comprendido, merecen nuestro respeto. No merecen nuestro paternalismo ni nuestra vergüenza ni nuestro arrepentimiento. Porque sea lo que sea una escritura revolucionaria, no parece creíble que consista en encontrar una figura mediática “del otro lado”, una figura que escriba “buenos” libros, esto es, tan “buenos” que hasta la noble Academia por supuesto independiente y objetiva se vea obligada a reconocerlo, y el noble Mercado por supuesto libre y sin dueños, se vea obligado a reconocerlo, y la noble autonomía de la literatura por supuesto desvinculada de intereses, por supuesto incapaz de fomentar un tipo de narraciones y dejar fuera de la circulación otras, se vea obligada a admitirlo. No se quiera ver aquí la clásica condena del autor de éxito o la idea de que el fracaso es necesariamente una marca de honestidad. Pero que nada tampoco nos impida decir que la construcción de una escritura revolucionaria no puede ser sólo un proyecto individual sino que requiere construir también un lugar a donde dirigirse y un espacio común que no podrá coincidir con el espacio en donde habita ni el lugar hacia donde se dirige la inmensa mayoría de la literatura capitalista de nuestro tiempo. Y si expresiones como “realismo socialista” o “novela social española” no designan el final del trayecto, que no sean tampoco la excusa perfecta con que regresar justificados al discurso dominante.

Por estar referidas a la ciencia, las palabras del inmunólogo cubano Agustín Lage permiten aproximarse de otro modo al tema que nos ocupa: “La ciencia aprende por ensayo y error, pero los sistemas de ideas generales determinan qué es lo que se ensaya y qué sectores de la realidad se exploran”. Habiendo convenido en este aserto resulta más sencillo asumir que los sistemas generales de ideas determinan también qué se ensaya en literatura y qué sectores de la realidad se exploran, determinan, en consecuencia, sobre qué no se va a seguir ensayando, qué sectores dejarán de explorarse. Determinan cómo se volverá inútil tanto conocimiento, cómo lo que supimos del camino, sus curvas, la espesura, los animales feroces, la fuente turbia y el lugar de aquella otra fuente donde sí se podía beber, el barranco oculto, las dos encrucijadas, todo se volverá inútil porque hoy los sistemas generales de ideas dicen: quedémonos aquí, dicen: dejemos de pensar que hay que adentrarse donde no hay más carretera, quedémonos, exploremos el horror nuestro de cada día pero no sus causas, exploremos la inconsciencia pero no su necesidad.

La novela desde su nacimiento como género ha dado multitud de pasos en falso, ha emprendido multitud de caminos que conducían a un callejón sin salida, ha tomado recursos de otros géneros, ha evolucionado adaptándose al medio literario en cada momento. Y cada uno de esos pasos en falso, como cada una de sus metamorfosis, ha sido estudiada, valorada, ha pasado a formar parte de una suerte de capital acumulado llamado cultura. No así la escritura revolucionaria. Ni se estudiará ni pasará a formar parte de bagaje alguno pues su sola mención producirá rubor, deseos de renegar de ella, arrepentimiento. ¿Pero de qué se reniega, del camino escogido para atravesar el cerco o de la voluntad de atravesarlo?

En 1997, a partir de las conocidas palabras de José Martí, “dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?”, el escritor y entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba Abel Prieto, con motivo de un debate interno sobre el papel de la literatura, reivindicaba la noche para la posible literatura que se escribiera en Cuba. Tal vez no se trata, o no sólo, de que los novelistas revolucionarios creen personajes colectivos, o de que frente al consuelo y el acompañamiento en lo oscuro que parece ofrecer a veces la novela burguesa, ofrezcan siempre el sol del mediodía y los cantares de la comunidad. No siempre, no sólo. No sólo, diríamos entonces, reafirmar las certidumbres sino latir también junto a lo incierto, y en lo incierto residirá además la idea de literatura.

Con todo, importa recordar que ni siquiera la noche es la misma para quienes viven a costa de otros y para quienes son obligados a vivir para otros. Ése “no ser la misma” a menudo se ha visto exclusivamente como una limitación, lo que daba lugar al deseo del esclavo de convertirse en amo y no de convertirse en hombre libre, o al deseo del escritor revolucionario de hacer alta literatura sin poner en duda al legislador que había dictado las leyes por las que se regía el ingreso en la alta literatura. Desde la posición contraria se quiso en cambio convertir la noche del oprimido en hogar propio, como si ella fuera el único recinto admisible y de ahí nacieron discursos que remedaban o halagaban una cultura obrera, o campesina, o una cultura colonizada sin cuestionar cuanto de heredado, impuesto, mutilado había en esa cultura y en la literatura circunscrita a unos límites que tampoco eran suyos. Ahora sabemos que cualquiera que estas dos opciones es insuficiente, y no lo sabemos en el vacío sino en la historia, y si lo sabemos es porque no renegamos ni estamos solos, porque no venimos de ninguna parte sino de una ola de siglos en la que los conflictos se han manifestado y siempre fue posible decir qué es lo que estaba en juego, qué clase de vida y para cuántos y para quiénes.

Desde este conocimiento cabe proponer una poética para una escritura impura y condicionada y material. Una escritura consciente de que ni aún en los países en donde las revoluciones no pudieron ser destrozadas, el socialismo ha llegado a existir sin la amenaza permanente y sin los condicionantes que esa amenaza impone. Propongamos entonces la poética de una escritura militante.

Escribió Tolstoi que el arte comienza cuando una persona expresa un sentimiento a través de ciertas indicaciones externas “con el objeto de unir a otro u otros en el mismo sentimiento”. Ha escrito Raymond Williams que el significado de la palabra comunicación puede resumirse como la “transmisión de ideas, informaciones y actitudes de una persona hacia otra”. Partiendo de cuanto tiene la literatura de comunicación, que es mucho, bien saben los formalistas que es mucho, y recordando a Brecht cuando decía que los sentimientos se piensan, nace una visión de la literatura como actividad destinada a unir a las personas en actitudes comunes, siendo la actitud un sentimiento pensado y siendo, en el caso de cierta literatura, la representación el modo particular de pensar los sentimientos.

La escritura actúa siempre como proyección, los sentimientos pensados en la literatura han sido los sentimientos pensados en la sociedad y sólo la sólo la conjunción de factores de lucha, azar y militancia ha permitido a veces que, en el seno de sociedades capitalistas la literatura dejase de transmitir el discurso de las clases dominantes y acertar a pensar, representar y escribir otra vida. Se trata entonces, y hasta tanto el discurso que una hipotética literatura pueda proyectar sea otro, de provocar esa conjunción de factores. Provocarla, producirla activamente ahora que ya la posmodernidad declina y sabiendo que el regreso al sujeto moderno no es nuestra reivindicación, porque no es cuestión de volver y porque aquel sujeto llevaba dentro de sí la falacia de la naturaleza burguesa universal.

La escritura que tiende a la revolución, la que se escribió, la que se escribirá, no está hecha, está siempre por hacer y su estructura, sus temas, su práctica de la autoría, habrán de ajustarse a cada momento, no podrán fijarse. Pero sí cabe hablar hoy de una poética de astucia e indigencia, rebeldía y dignidad, y diremos ahora qué son astucia e indigencia, rebeldía y dignidad.

Es indigencia escribir por ejemplo, como así en este artículo, “muchos juzgamos”, es indigencia saber que muchos no habrán reparado en ello y algunos y, probablemente, algunas, sí. Es indigencia no tener una lengua capaz de condensar el “muchos y muchas de nosotros y de nosotras”, indigencia no tener una realidad en donde el género gramatical sea sólo un instrumento de economía lingüística y no articule el silenciamiento o el desdén. Es, en otro orden de cosas, indigencia no heredar tradición alguna a no ser en conflicto, a no ser con violencia y sin dejar a un lado, como tanto se ha querido, la sospecha; indigencia no poder descansar en lo que aprendimos –pero quién nos enseñó, pero con qué ojos- a ver como admirable.

Es astucia lo contrario de la franqueza, no escribir como si se hubiera ganado la batalla porque no se ha ganado. Acaso algunos escritores revolucionarios creyeron que podían empezar desde el principio, que podían ser francos, pero no podían; por eso hoy, aun cuando nos conmueve su franqueza hasta el dolor, decimos: hay que seguir adelante, no era tiempo de pararse todavía, no bastaba entonces y menos basta hoy con hablar como si no existiera el discurso dominante pues existe, domina, y cerrar los ojos sólo nos hace más débiles. Finge el astuto guerrero no socorrer a la ciudad amiga que está sitiada y atacar en cambio la capital del enemigo, finge y logra así deshacer el cerco de la ciudad y sorprender al enemigo en el camino cuando éste regresa para proteger su capital, logra con procedimientos engañosos el guerrero más débil triunfar en la batalla pero sabe, no obstante, que si su argucia fuera descubierta no renunciaría, que defendería a la ciudad amiga aun en las circunstancias menos ventajosas, y jura que cuando adoptar las maneras del enemigo implique servirle, entonces ha de rechazar esas maneras. Pues la astucia termina en el instante en que comienza la traición.

De la dignidad supimos que no es nunca individual, la dignidad del hombre más solo de la tierra es colectiva, la dignidad de aquel que dice “no” y nadie le oye, y su “no” jamás será contado es colectiva, existe porque ese “no” es con otros, para otros que en él se apoyan. La rebeldía pertenece a la historia y hoy rehúsa pactar con la injusticia de la explotación, convenir en la tristeza del esclavo, celebrar la mezquindad del dueño. El texto literario no termina en sí mismo, es un hecho extensivo; como se proyecta la luz, como se propaga por el solo hecho de existir y no es posible detener una ola del mar sin perder la ola y no es posible que una onda esté quieta, así ocurre que no es posible cercenar de cada texto literario el viento, el haz, el foco que en la lectura se constituye y del que somos parte. Y hay un viento distinto del que procede del capitalismo, un foco sin filtros, un haz incontenible de claridad y de rabia.

Tomado de la Revista Guaraguao. Número 21. Madrid, Diciembre, 2005.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Gabriel García Márquez: DULCE SABOR DE UNA MUJER EXQUISITA

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
www.mesterdeobreria.blogspot.com




Si aún no ha pasado el bisturí por tu piel, 
si no tienes implantes de silicona en alguna parte de tu cuerpo, 
si los rollitos no te generan trauma, 
si nunca has sufrido de anorexia o bulimia, 
si tu estatura no afecta tu desarrollo personal, 
si cuando vas a la playa prefieres divertirte en el mar y no estar
sobre una toalla durante horas o tapada ocultando tu cuerpo, 
si crees que la fidelidad sí es posible y la practicas, 
si sabes cómo se prepara un arroz, 
si puedes preparar un almuerzo completo con postre, 
si tu prioridad no es ser rubia a como dé lugar, 
si no te levantas a las 4:00 a.m. para llegar de primera al gimnasio, 
si puedes salir con ropa de gimnasia tranquila a la calle un domingo, 
sin una gota de maquillaje en el rostro... 
ESTÁS EN VÍA DE EXTINCIÓN... Eres una mujer exquisita! 

Una mujer exquisita no es aquélla que más hombres tiene a sus pies; 
sino aquélla que tiene uno sólo que la hace realmente feliz. 
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca, 
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo; 
es aquélla que con tan sólo una franca y abierta sonrisa, 
con una simple caricia y un buen consejo puede alegrarte la vida. 

Una mujer valiosa no es aquélla que tiene más títulos, ni más cargos académicos; 
Una mujer exquisita no es la más ardiente (aunque si me preguntan a mí,
todas las mujeres son muy ardientes... y los que estamos fuera de foco 
somos los hombres);
sino la que vibra al hacer el am or solamente con el hombre que ama.

Una mujer interesante no es aquélla que se siente halagada al ser admirada por su belleza y elegancia; 
es aquella mujer firme de carácter que puede decir NO. 

Y un HOMBRE... UN HOMBRE EXQUISITO es aquél que valora a una mujer así.
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera... 
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo toca su amado instrumento... 
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles, desde lavar platos y tender la ropa,
hasta devolverle los masajes y cuidados que ella le prodigó antes... 

La verdad, compañeros hombres, es que las mujeres en eso de ser "muy machas"
nos llevan un gran recorrido... 


¡Qué tontos hemos sido -y somos- cuando valoramos el "regalo" 
solamente por la vistosidad de su empaque...! 
Tonto y mil veces tonto el hombre que come bagazo en la calle,
teniendo 
un exquisito manjar en su casa. 


martes, 6 de septiembre de 2011

Silvio Rodríguez: Llover sobre mojado

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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Album Tríptico, 1979


Despierto en una erótica caricia
y, sin amanecer, me estoy quemando.
Ruego que antes del fin de la delicia
la luz me diga quién estoy amando.
Hago un café romántico o barroco,
recobro mi cabeza en agua fría
y en el espejo veo al viejo loco
que cada día piensa que es su día.
Vaya forma de saber
que aún quiere llover
sobre mojado.
Leo que hubo masacre y recompensa,
que retocan la muerte, el egoísmo.
Reviso, pues, la fecha de la prensa.
Me pareció que ayer decía lo mismo.
Me entrego preocupado a la lectura
del diario acontecer de nuestra trama.
Y sé por la sección de la cultura
que el pasado conquista nueva fama.
Vaya forma de saber
que aún quiere llover
sobre mojado.
Salgo y pregunto por un viejo amigo
de aquellos tiempos duramente humanos,
pero nos lo ha podrido el enemigo,
degollaron su alma en nuestras manos.
Absurdo suponer que el paraíso
es sólo la igualdad, las buenas leyes.
El sueño se hace a mano y sin permiso,
arando el porvenir con viejos bueyes.
Vaya forma de saber
que aún quiere llover
sobre mojado.

sábado, 3 de septiembre de 2011

César Lévano: Adiós a Natalia, mi amada inmortal

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir" es el lema de
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Respetando ese dolor
me aúno a la condolencia:
de todo queda la esencia,
mucho más cuando hay amor.

Julio Carmona
He sido huérfano de padre y madre desde niño. Pero ahora soy más huérfano que nunca. Ayer me dejó Natalia, mi esposa de toda la vida, la delicada y hermosa flor que no sé cómo supo acompañarme y ayudarme siempre, en las buenas, en las malas y en las pésimas.


Ni siquiera cuando, con cuatro hijos a cuestas, estaba en la lista negra redactada en Palacio y no me daban trabajo, nunca jamás le escuché una queja, un reproche, una cólera. Era el retrato vivo de la mujer fuerte y dulce de nuestro pueblo.

Yo no puedo olvidar los años en que, siendo mi enamorada, me esperó hasta que saliera de la prisión en los tiempos del dictador Odría.

Por eso recuerdo ahora con más fuerza el día en que Juan Gonzalo Rose, recién llegado del destierro, me dijo:

“Voy a escribir un poema, pero no sobre ti, sino sobre la mujer que te esperó tantos años cuando estabas detrás de las rejas”.

Ignoro si Rose llegó a escribir tal poema; pero la idea lo muestra como era: poeta hasta las raíces del amor.

Al conjuro de esa remembranza aprovecho para transcribir aquí en homenaje a Natalia un soneto que ella me inspiró, que inscribí en la memoria, cuando estaba encerrado en una jaula de cemento y hierro, en el Panóptico, a pocos metros del Paseo de la República, por donde circulaban los tranvías.



Dice así:

El ruido pasajero de un tranvía
me hurta la almohada oscura de aquel silencio denso,
y en la celda, de los sayones ya vacía,
se llena de ciudad el aire intenso.

Viaja tal vez allí la amada mía
con ojos tristes que mejor ni pienso,
rodeada por la aureola de su melancolía.
Mal retiene su llanto el nervio tenso.

¡Oh, delicados tiempos que fuimos de las manos
paseando por las calles y los parques urbanos
y un tranvía llevaba tu risa y mi alegría!

Hemos sido felices como en cuentos y sueños,
Hemos sido tan claros, que éramos dos pequeños
Dando vueltas y vueltas en el mismo tranvía.

Penitenciaría de Lima, febrero del 53.


Al poco tiempo de salir yo de la prisión, nos casamos. Era casi una irresponsabilidad edulcorada por el amor. Yo era un pobre aprendiz de periodista. Un cuarto de callejón en la calle Salitral del Rímac fue nuestro albergue nupcial durante meses, con un colchón tendido en el suelo, un primus y muchos libros regados encima de diarios.

Después, ella me ayudó a levantar el hogar en que hemos vivido con nuestros hijos, y en el que hemos compartido manjares, alegrías, dolores, amigos. Durante lustros, mi casa era una fiesta. Que lo digan Manuel Acosta, Carlos Hayre, Alicia Maguiña y otros muchos: Algunos de ellos compartirán el cielo con Natalia, si es que el cielo existe. Debería existir para acoger a seres como ella. Allí Pablo casas, su tío, la acogería con una melodía que cantara la dulzura, la altivez, la divina fineza.

Natalia: seguiremos dando vueltas y vueltas en el mismo tranvía.



lunes, 29 de agosto de 2011

Varios: Trabajo, rutina e inspiración

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir"
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Flor de carne



Artistas e intelectuales, en su mayoría, coinciden: si las musas existen, se acercan solo a quienes están transpirando: 

“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, aseguraba el pintor Pablo Picasso. 

"Si la inspiración no viene a mí, salgo a su encuentro, a la mitad del camino", advertía Sigmund Freud, médico austríaco (o creativo intelectual, si se tiene en cuenta que fundó el psicoanálisis). 

“El genio es 1% de inspiración y un 99% de sudor”, declaraba el inventor Thomas Alva Edison. 

La pregunta es: "¿Existe para usted una rutina a la hora de escribir? ¿Repentina inspiración o hábito sostenido?". Aquí, las respuestas más jugosas: 

Andrés Neuman, contra el lugar común acostumbrado (inspiración vs. hábito), plantea:
"Creo que no existe ninguna diferencia entre el hábito y la inspiración. La costumbre fabrica epifanías. ¿Alguna rutina? La salvaje: escribir todo lo que pueda, siempre que pueda. 

La autora Elsa Drucaroff opina:
"Sin el hábito sostenido, la repentina inspiración se pasa rápido y además nos maneja, llega cuando llega. Sola no sirve. Sirve cuando irrumpe mágicamente (me ocurrió, pero pocas veces), si no, hay que aprender a convocarla, facilitarla. El negro Fontanarrosa decía que la inspiración existe y a él siempre lo agarró trabajando. Ídem. Mi rutina para escribir consiste en usar todo el tiempo que puedo en depositar mi trasero en una silla preferentemente cómoda, ponerme los anteojos y empezar a teclear. Hay un momento en la elaboración de las novelas (cuando están bastante avanzadas y ese mundo y los personajes andan desplegándose en mí casi sin esfuerzo mío) en que preciso aislarme de la familia: me quedo completamente sola en algún lugar y trabajo ocho o nueve horas diarias, suelo escribir así un tercio del libro y o lo termino, o vuelvo con todo casi terminado". 

Noé Jitrik, por su parte, define:
"Podría creer que padezco de inspiración pero en realidad son solo ocurrencias a las que no les atribuyo ese carácter divino. Diría, correlativamente, que escribo por hábito sostenido; eso puede ser considerado rutina, pero en realidad escribo en cualquier parte y en cualquier momento". 

Abelardo Castillo responde con determinación: 
"Ninguna rutina; detesto la palabra rutina. También detesto la palabra inspiración, que me hace pensar en señoritas sublimes al borde del desmayo. Escribo como puedo y cuando puedo". 

Y, finalmente, la siempre libre de corsets Hebe Uhart declara: 
"No tengo rutina, y no sé por qué le parece a la gente tan importante la rutina de un escritor cuando al ser individuos tan distintos los escritores todos tienen hábitos tan distintos como sus peculiaridades como individuos. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, la repentina inspiración y el hábito sostenido no son dicotómicos: la inspiración (configuración de una imagen, sensación, etc.) suele venir cuando uno está o estuvo pensando largamente en una dirección". 

martes, 9 de agosto de 2011

Juan Cristóbal: Poema de amor

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
 "Si no vives para servir, no sirves para vivir"
es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


(s/n)

descubrí
mirando las azoteas
y los pequeños pasos
que los peregrinos daban
antes de llegar a los sueños
que era mejor
estar enfermo que sano
porque podía escuchar llorar a los gatos
a los frutos caer y saludar a la luna en mis manos
y decirte mirando a los ojos
como si mirara duraznos
 te amo
llueve
                                                                           y te amo

jueves, 28 de julio de 2011

Siete escritores comentan sobre el escribir…

Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
"Si no vives para servir, no sirves para vivir"
es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com


Oswaldo Soriano



“Tratá de no meter todo en tu primer libro. El primer libro es eso, el primero. Después tiene que seguir otro. Y otro. Este oficio consiste en trabajo, paciencia y no aflojar”. 
- No es saludable que con un primer libro te vaya ni muy bien ni muy mal. Si te va fenómeno, después te va a costar el doble que el primero llegar al segundo. Si te ignoran o te aplastan, se necesita mucha fuerza para levantarse después”. “Cuando te ganás lectores, tenés una responsabilidad. Los lectores te pueden perdonar un tropiezo, dos. Pero así como te siguieron, si les mentís se dan cuenta. Y te abandonan. 

- No sé qué es el estilo. Quizá no conviene que un autor lo sepa. Pero los que sí lo saben son los lectores. 

- Hay cosas que los argentinos, y en particular los intelectuales, no perdonan. Que te vaya bien. Hay ejemplos. 

- Nadie escribe para no publicar. Es mentira que a uno no le importan ni la crítica ni la opinión de los lectores. 

- Hay escritores que no se traban nunca, que no tienen problemas con la página en blanco. Por lo general, son los más prolíficos, los más petulantes y, por supuesto, también los más mediocres. Cuando te trabás, ahí es donde hay que retomar el impulso, insistir. 

- No hay que mostrar mucho lo que uno anda escribiendo. Con unos pocos buenos amigos, que sean también buenos lectores y no perdonavidas, es suficiente. La crítica de un amigo suele ser más justa que el elogio de un crítico. 

- No hay que confiar nunca en los editores. Sí, hay editores honestos, pero sobran los dedos de una mano para contarlos. Mientras un escritor tiene tres, cuatro, a lo sumo una docena de libros para escribir en toda una vida, un editor tiene cientos de miles, para vender. El autor se envanece con la posibilidad de dar conocer su obra. El editor, en cambio, se conforma con hacer un buen negocio a costo de otro. Se supone que un escritor es valiente. Sin embargo, cada vez que se discuten estas cuestiones de los derechos de autor, somos siempre los mismos dos o tres desconocidos de siempre los que puteamos. Y nos toman por borrachos. 

- Los perdedores son siempre más interesantes que los ganadores. A los ganadores no se les cree. Por lo general, se agrandan y mienten. Por eso los perdedores resultan más atractivos, más humanos. Los perdedores todavía ignoran cómo se hace para ganar, prueban, lo intentan y fracasan, vuelven a intentarlo y vuelven a fracasar. Además se mantienen fieles a sí mismos en esa lucha. 

Jorge Luis Borges


El tiempo me ha enseñado algunas astucias: 

* Eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias. 

* Eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos. 

* Preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas. 

* Intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector. 

* Simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es. 

* Narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo. 

* Recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas. 


Friedrich Wilhelm Nietzsche



1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.

2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.

3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente como se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser solo una imitación.

4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.

5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.

6. Cuidado con el período. Solo tienen derecho a el aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan solo una afectación.

7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no solo que los piensa, sino que los siente.

8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.

9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.

10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular el mismo la última palabra de nuestra sabiduría.


Augusto Monterroso



El Decálogo del Escritor

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

( El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez. ) 

Horacio Quiroga



Decálogo del perfecto cuentista

I. Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tu mismo.

III. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, el solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII. Toma a tus personajes de la mano y llevalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo t? lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Dejala morir, y continúa luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento. 

Gabriel García Márquez



Advertencias de un escritor

1. Una cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada.

2. El final de un reportaje hay que escribirlo cuando vas por la mitad.

3. El autor recuerda más como termina un artículo que como empieza.

4. Es más fácil atrapar un conejo que un lector.

5. Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad.

6. Cuando uno se aburre escribiendo el lector se aburre leyendo.

7. No debemos obligar al lector a leer una frase de nuevo. 

Ernest Hemingway



Consejos para escribir sin miedo

1. Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.
2. La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
3. Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.
4. Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
5. Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
6. Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias…
7. A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos
8. Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

Diez Consejos de Hemingway para escribir algo importante en la vida

1. Enamorarse.

2. Creer en uno mismo cuando se escribe.

3. Mirar el mundo.

4. Frecuentar a los escritores del barrio.

5. No perder el tiempo.

6. Escuchar música y mirar pintura.

7. Leer sin parar.

8. No buscar explicarse a uno mismo.

9. Seguir aquello que te da placer.

10. Callarse la boca