Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
Sé que pasas largas horas en la computadora navegando por todos los rumbos disponibles. No te envidio la adolescencia. A tu edad yo me estaba iniciando en la militancia estudiantil y me inyectaba utopía en las venas. Ya había leído todo el Monteiro Lobato y me adentraba en las obras de Jorge Amado guiado por los "Capitanes de arena".
No me atraía la televisión y después del almuerzo me juntaba con mi pandilla en la calle, entregado a las emociones de amoríos juveniles, o me sentaba con mis amigos en la barra de una sangüichería para hablar del Cinema Nuovo, de la bossa nova -porque todo era nuevo- o de las obras de Jean Paul Sartre.
Sé que Internet es una inmensa ventana al mundo y a la historia, y suelo parafrasear diciendo que Google es mi pastor y nada me ha de faltará
Lo que me preocupa de ti es la falta de síntesis cognitiva. Al ponerte ante la computadora recibes una avalancha de informaciones y de imágenes, al igual que las oleadas de lava de un volcán se precipitan sobre una aldea. Sin tener claridad acerca de lo que realmente suscita tu interés, no consigues transformar información en conocimiento ni entretenimiento en cultura. Mariposeas por interminables sitios, mientras que tu mente navega a la deriva cual barca sin remos llevada al capricho de las olas.
¿Cuánto tiempo pierdes recorriendo sitios de conversación insulsa? Sí, está bien intercambiar mensajes con los amigos; pero al menos conviene saber qué decir y qué preguntar. Es excitante perderse por los corredores virtuales de personas anónimas acostumbradas al juego del escondite. ¡Pero cuidado! Esa joven que te fascina con tanto palabrerío picante quizás no pase de ser un viejo pedófilo que, encubierto por el anonimato, se disfraza de beldad.
Desconfía de quien no tiene nada que hacer, excepto atrincherarse durante horas en la digitación compulsiva a la caza de incautos que se dejan encandilar por mensajes eróticos.
Haz buen uso del Internet. Úsalo como herramienta de investigación para profundizar en tus estudios; visita los sitios que emiten cultura; conoce la biografía de personas que admiras; consulta la historia de tu época preferida; mira las increíbles imágenes del Universo captadas por el telescopio Hubble; escucha sinfonías y música pop.
¡Pero cuida tu salud! El uso prolongado de la computadora puede causarte lesiones en las manos por el esfuerzo repetitivo (leer) y volverte sedentario, obeso, sobre todo si, al lado del teclado, mantienes una botella de refresco y un paquete de papas fritas.
Cuida la vista, aumenta el tipo de las letras, deja que tus ojos se distraigan periódicamente en algún paisaje que no sea la simple pantalla del monitor.
Presta atención: no hay comida gratis. No te engañes con la idea de que la computadora te cuesta apenas el consumo de energía eléctrica, la mensualidad del proveedor y el acceso a Internet. Lo que mantiene en funcionamiento esta máquina en la que estoy redactando este artículo es la publicidad. Fíjate que aparecen anuncios por todos los rincones. Ellos enmarcan el Google, las noticias, la Wikipedia, etc. Es la polución consumista al acecho de nuestro inconsciente.
No te dejes esclavizar por la computadora. No permitas que robe tu tiempo de descanso, de leer un buen libro (de papel, no virtual), de convivencia con tu familia y tus amigos. Sométela a tu ritmo de vida. Ponla a funcionar sólo algunas horas al día.
Vence el arrebato que ella provoca en muchas personas.
Y no te dejes engañar. Nunca la máquina será más inteligente que el ser humano. Ella contiene millones de informaciones, pero no sabe nada. Es capaz de vencer en el ajedrez, pero porque alguien semejante a ti y a mí la programó para jugar. Exhibe las mejores películas y nos permite escuchar las músicas más emocionantes, pero nunca se deleitará con el amplio menú que nos ofrece.
Si prefieres la máquina a las personas y la usas como refugio de tu aversión a la sociabilidad, te recomiendo que busques un médico; porque tu autoestima está muy baja y la computadora nunca dirá que tienes que tratarla como si fuera un virus. O tu autoestima alcanzó las nubes y crees que no existen personas a tu altura, que es mejor quedarse solo.
En ambas hipótesis estás siendo canibalizado por la computadora. Y poco a poco te transformarás en un ser meramente virtual. Lo que no es ninguna virtud; antes bien la comprobación de que ya sufres de una enfermedad grave: el síndrome del onanismo electrónico.
(*) Frei Betto (1944) es un fraile dominico brasileño, teólogo y uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación.
viernes, 13 de noviembre de 2009
jueves, 12 de noviembre de 2009
Julio Carmona: "JUAN RAMÍREZ RUIZ: EN LA PERIFERIA DEL HOMBRE Y EN LO HONDO DEL POETA"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
(Avance de un trabajo mayor)
Al proponerme hacer la introducción de este artículo, paré en mientes que nunca fui presentado formalmente a Juan Ramírez Ruiz. Pero, desde los “años maravillosos” de la década del setenta, supimos reconocernos y saludarnos, a la distancia. Las décadas de los 70 y 80 estuvieron saturadas de hondos resentimientos o desconfianzas mutuas o recíprocas. Era una suerte de muros invisibles la que distanciaba a los grupos. La pasión política (muchas veces prejuiciosa y la más de las veces no esclarecida) tuvo mucho que ver en ese derrotero (de ruta y derrota).
Mi conocimiento de Juan Ramírez Ruiz hombre fue, pues, periférico, aunque respaldado por el respeto que su primera obra, Un par de vueltas por la realidad, me inspiró (y que la subsecuente, Las armas molidas, reafirmó). Creo haberlo escrito –al poco tiempo de conocida su desaparición física–: la última vez que nos vimos, en una exposición de pintura de Bruno Portuguez, en Chiclayo, nos dimos la mano y nos saludamos con un calor impropio del pasado, pero esclarecedor de que a los hombres no los separan los sentimientos sino los resentimientos.
Releyendo su poesía, me convenzo de que su sentimiento –excluyendo matices– no era diferente del mío. Fueron los resentimientos camuflados como ideología de grupo (Hora Zero, en su caso, y Primero de Mayo, en el mío) los que marcaron la distancia. Por ello, ese reencuentro, cálido, después de más de veinte años, me alegró; aunque también me causó desazón, porque lo vi muy desmejorado, no sólo físicamente porque su vitalidad de antes ya no era la misma, sino porque no vi en él esa fuerza en la mirada que lo singularizaba, aunque sí -siempre- la sonrisa enigmática (que muy bien ha captado la difundida foto en que aparece con su libro, Las armas molidas, en las manos).
No es éste, pues, un testimonio completo (como el de muchos otros manifestantes que tuvieron la oportunidad de tratarlo de cerca). No obstante es la opinión de un lector de su poesía. Seguramente, tampoco es una lectura completa, porque no puedo dejar de parcializarme. Es una costumbre lectora (discriminadora) que quedó como resabio de esa desconfianza política arriba acusada. Y, por ello, voy a pasar por alto el estudio estructural, estilístico o de renovada técnica poética (que la hay, y muy notoria) de su obra. Voy, sí, a incidir en la proyección de su sentimiento que, siendo tan vívido, no puede negligirse, y que no deja de tener vínculos con la posición de clase reflejada, consciente o inconscientemente, en su Un par de vueltas por la realidad, la única que analizaré aquí; abarcar todo su corpus poético, sería entrar en contradicción con los límites concedidos por la revista a este artículo.
La realidad
Un indicio de esa postura tendenciosa de la poética de Juan, aparte su explícita formulación en los textos introductorio y epilogal del libro aludido, está en el mismo título de éste: su palmario vínculo con la realidad. Ésta –la realidad, considero– es la piedra de toque del trabajo poético, en particular, y artístico, en general. Y en el caso de la poesía, específica, de Juan Ramírez Ruiz, la realidad no es un tópico accesorio. No es un telón de fondo ni un abalorio de utilería dramática. Porque aun cuando en ella se traten temas descarnados (la pobreza, la miseria, la angustia humanas: puestas en evidencia con casos puntuales y hasta personales) no deja de sentirse un escondido regocijo de pertenecer a esa realidad, con júbilo, como se manifiesta desde el primer poema, repitiéndose la misma expresión (y otras sinónimas) en todo lo extenso del texto. La soledad, el pesimismo, la angustia, no constituyen una sumatoria conclusiva de esa visión de la realidad: “¡Oiga usted! ¡A qué tanta queja, por qué tanto lamento!” (Un par de vueltas… “Máximo de velocidad”). Y aquí es preciso destacar un elemento técnico, complementario de este subyacente optimismo: los signos de admiración, caídos en descrédito para la lírica, son reivindicados por esta poética (nótese su uso reiterativo en muchos de los poemas del texto elegido).
La solidaridad
Desde el primer poema (“El júbilo”, ya mencionado) se anuncia el rechazo a la soledad (un tópico tan caro al imaginario burgués o pequeñoburgués). Su contrario es el acto solidario, biunívoco o multívoco, y, en el poema “El júbilo”, se manifiesta en principio como un diálogo que aspira a la multiplicación: “(…) Elfina/ deja la tarde en la calle, avisa y que vengan, que se alejen de las ofensas, que descuiden la/ acechanza, el improperio, la alevosía,/ aviso, dilo y abandona las oficinas,/ corre, ven con todos, corre, separa tus dedos/ de las máquinas sumadoras, cierra, cierra,/ los libros, los llaveros, los insultos, éste es el júbilo,/ este es el júbilo, reconócelo, Elfina, éste es el júbilo.”
Y, de inmediato, se señala el camino con un epígrafe extraído de “El (supuesto) Manual de los nuevos ferroviarios”, que me arriesgo en conjeturar como el título proyectivo de otro libro de Juan. Y el epígrafe tiene título “VIA FERREA”. Y alude al viaje (que es, al mismo tiempo, la lectura del libro), que requiere de un medio y, en este caso, el poeta ha elegido la metáfora del tren que es, nos dice: “un conjunto de vagones y cuando un tren se mueve, se mueven todos los vagones”, ¿por qué no pensar en toda empresa humana: en toda acción social que reclama no sólo unidad sino además solidaridad?, porque “cuando un vagón no está enlazado con otros se sale de la vía férrea y termina entre matorrales o estrellado contra las rocas, deshecho.” ¿Es ésta, a la vez, una imagen premonitoria de su propio fin? Cuánta cercanía entre la expresión “termina entre matorrales”, y el verso tan rememorado de Heraud: “morir entre pájaros y árboles”. Juan Ramírez Ruiz, el gran reclamador de la solidaridad (como lo estamos sugiriendo), terminó atenazado por la soledad, y concluyó su viaje como un cadáver anónimo luego de terminar “entre matorrales o estrellado contra las rocas, deshecho”.
Esta contradicción (de fusionar dolor con alegría, solidaridad con soledad) es tan propia de los trágicos, y viene a mi memoria Federico Hölderlin, el gran romántico alemán: “Solamente en el dolor cobramos conciencia de nuestra libertad interior (…) Dolor o alegría son parejamente buenos y quizá también irreales” (pese a que todas las evidencias presentan a esa dupla de dolor y alegría como lo esencial de la realidad, su emparejamiento, su fusión los hace parecer irreales). Pero volvamos a la imagen del tren; no es éste sólo el medio, es también el fin, el viaje en sí, porque en él está el ser humano, por eso nuestro poeta se apresura a rechazar este terrible silogismo: “Un tren vale más que todos los que están dentro de él”. El viaje, que –para nuestro poeta– está constituido por los vagones y los seres humanos que van “dentro de él”, no vale por sí mismo sino por su destino, y “el destino de un vagón es el de todos los vagones”.
La alegría y la solidaridad (y sus opuestos dialécticos, el dolor y la soledad) son elementos consustanciales de la realidad, y lo son, por ende, del realismo poético. Por eso, Juan no admite que se le califique de “poeta puro”: “(Aquí la noche del 14 de mayo/ me enteré que he tenido un aire puro/ porque alguien lo dijo entre botellas de pisco de Ica/ con rabia y para insultarme)”, él prefiere autoproclamarse lo contrario: “poeta realista” (y lo hace –reitero– desde el título del libro) y, por eso, en la continuación de los versos citados del poema “(Paradero)”, dirá: “Y yo salgo a la calle a repartirme como obsequio./ Por las calles de mi país camino con un sonido./ Y soy un lugar con mucha luz, /soy un aullante canto ambulatorio,/ mi cuerpo está lleno de poemas y/ salgo a la calle a repartirme como obsequio.” Para concluir la requisitoria solidaria de este poema: “Y cuando el individualismo se enreda y me llega a las pelotas/ aquí estoy yo vivo y fogoso” (…) “Yo entrego mi vehemencia y mi amor/ a esta vía que se ensancha hacia toda la extensión del universo”. Y la solidaridad es parte de la visión ecuménica de nuestro poeta: “Porque –él sabe con todo realismo que– ningún problema es personal” (verso éste, del último y grandioso poema que da título al libro).
Si a Juan, en vida, se le encasilló en un tardío vanguardismo y hasta en un sedicente purismo (expresión que -como hemos visto supra- no le era del todo grata), hoy, que ya pertenece a la inmortalidad, podemos rescatarlo con todo derecho para el realismo poético que es también el realismo político y el realismo vivífico.
(Avance de un trabajo mayor)
Al proponerme hacer la introducción de este artículo, paré en mientes que nunca fui presentado formalmente a Juan Ramírez Ruiz. Pero, desde los “años maravillosos” de la década del setenta, supimos reconocernos y saludarnos, a la distancia. Las décadas de los 70 y 80 estuvieron saturadas de hondos resentimientos o desconfianzas mutuas o recíprocas. Era una suerte de muros invisibles la que distanciaba a los grupos. La pasión política (muchas veces prejuiciosa y la más de las veces no esclarecida) tuvo mucho que ver en ese derrotero (de ruta y derrota).
Mi conocimiento de Juan Ramírez Ruiz hombre fue, pues, periférico, aunque respaldado por el respeto que su primera obra, Un par de vueltas por la realidad, me inspiró (y que la subsecuente, Las armas molidas, reafirmó). Creo haberlo escrito –al poco tiempo de conocida su desaparición física–: la última vez que nos vimos, en una exposición de pintura de Bruno Portuguez, en Chiclayo, nos dimos la mano y nos saludamos con un calor impropio del pasado, pero esclarecedor de que a los hombres no los separan los sentimientos sino los resentimientos.
Releyendo su poesía, me convenzo de que su sentimiento –excluyendo matices– no era diferente del mío. Fueron los resentimientos camuflados como ideología de grupo (Hora Zero, en su caso, y Primero de Mayo, en el mío) los que marcaron la distancia. Por ello, ese reencuentro, cálido, después de más de veinte años, me alegró; aunque también me causó desazón, porque lo vi muy desmejorado, no sólo físicamente porque su vitalidad de antes ya no era la misma, sino porque no vi en él esa fuerza en la mirada que lo singularizaba, aunque sí -siempre- la sonrisa enigmática (que muy bien ha captado la difundida foto en que aparece con su libro, Las armas molidas, en las manos).
No es éste, pues, un testimonio completo (como el de muchos otros manifestantes que tuvieron la oportunidad de tratarlo de cerca). No obstante es la opinión de un lector de su poesía. Seguramente, tampoco es una lectura completa, porque no puedo dejar de parcializarme. Es una costumbre lectora (discriminadora) que quedó como resabio de esa desconfianza política arriba acusada. Y, por ello, voy a pasar por alto el estudio estructural, estilístico o de renovada técnica poética (que la hay, y muy notoria) de su obra. Voy, sí, a incidir en la proyección de su sentimiento que, siendo tan vívido, no puede negligirse, y que no deja de tener vínculos con la posición de clase reflejada, consciente o inconscientemente, en su Un par de vueltas por la realidad, la única que analizaré aquí; abarcar todo su corpus poético, sería entrar en contradicción con los límites concedidos por la revista a este artículo.
La realidad
Un indicio de esa postura tendenciosa de la poética de Juan, aparte su explícita formulación en los textos introductorio y epilogal del libro aludido, está en el mismo título de éste: su palmario vínculo con la realidad. Ésta –la realidad, considero– es la piedra de toque del trabajo poético, en particular, y artístico, en general. Y en el caso de la poesía, específica, de Juan Ramírez Ruiz, la realidad no es un tópico accesorio. No es un telón de fondo ni un abalorio de utilería dramática. Porque aun cuando en ella se traten temas descarnados (la pobreza, la miseria, la angustia humanas: puestas en evidencia con casos puntuales y hasta personales) no deja de sentirse un escondido regocijo de pertenecer a esa realidad, con júbilo, como se manifiesta desde el primer poema, repitiéndose la misma expresión (y otras sinónimas) en todo lo extenso del texto. La soledad, el pesimismo, la angustia, no constituyen una sumatoria conclusiva de esa visión de la realidad: “¡Oiga usted! ¡A qué tanta queja, por qué tanto lamento!” (Un par de vueltas… “Máximo de velocidad”). Y aquí es preciso destacar un elemento técnico, complementario de este subyacente optimismo: los signos de admiración, caídos en descrédito para la lírica, son reivindicados por esta poética (nótese su uso reiterativo en muchos de los poemas del texto elegido).
La solidaridad
Desde el primer poema (“El júbilo”, ya mencionado) se anuncia el rechazo a la soledad (un tópico tan caro al imaginario burgués o pequeñoburgués). Su contrario es el acto solidario, biunívoco o multívoco, y, en el poema “El júbilo”, se manifiesta en principio como un diálogo que aspira a la multiplicación: “(…) Elfina/ deja la tarde en la calle, avisa y que vengan, que se alejen de las ofensas, que descuiden la/ acechanza, el improperio, la alevosía,/ aviso, dilo y abandona las oficinas,/ corre, ven con todos, corre, separa tus dedos/ de las máquinas sumadoras, cierra, cierra,/ los libros, los llaveros, los insultos, éste es el júbilo,/ este es el júbilo, reconócelo, Elfina, éste es el júbilo.”
Y, de inmediato, se señala el camino con un epígrafe extraído de “El (supuesto) Manual de los nuevos ferroviarios”, que me arriesgo en conjeturar como el título proyectivo de otro libro de Juan. Y el epígrafe tiene título “VIA FERREA”. Y alude al viaje (que es, al mismo tiempo, la lectura del libro), que requiere de un medio y, en este caso, el poeta ha elegido la metáfora del tren que es, nos dice: “un conjunto de vagones y cuando un tren se mueve, se mueven todos los vagones”, ¿por qué no pensar en toda empresa humana: en toda acción social que reclama no sólo unidad sino además solidaridad?, porque “cuando un vagón no está enlazado con otros se sale de la vía férrea y termina entre matorrales o estrellado contra las rocas, deshecho.” ¿Es ésta, a la vez, una imagen premonitoria de su propio fin? Cuánta cercanía entre la expresión “termina entre matorrales”, y el verso tan rememorado de Heraud: “morir entre pájaros y árboles”. Juan Ramírez Ruiz, el gran reclamador de la solidaridad (como lo estamos sugiriendo), terminó atenazado por la soledad, y concluyó su viaje como un cadáver anónimo luego de terminar “entre matorrales o estrellado contra las rocas, deshecho”.
Esta contradicción (de fusionar dolor con alegría, solidaridad con soledad) es tan propia de los trágicos, y viene a mi memoria Federico Hölderlin, el gran romántico alemán: “Solamente en el dolor cobramos conciencia de nuestra libertad interior (…) Dolor o alegría son parejamente buenos y quizá también irreales” (pese a que todas las evidencias presentan a esa dupla de dolor y alegría como lo esencial de la realidad, su emparejamiento, su fusión los hace parecer irreales). Pero volvamos a la imagen del tren; no es éste sólo el medio, es también el fin, el viaje en sí, porque en él está el ser humano, por eso nuestro poeta se apresura a rechazar este terrible silogismo: “Un tren vale más que todos los que están dentro de él”. El viaje, que –para nuestro poeta– está constituido por los vagones y los seres humanos que van “dentro de él”, no vale por sí mismo sino por su destino, y “el destino de un vagón es el de todos los vagones”.
La alegría y la solidaridad (y sus opuestos dialécticos, el dolor y la soledad) son elementos consustanciales de la realidad, y lo son, por ende, del realismo poético. Por eso, Juan no admite que se le califique de “poeta puro”: “(Aquí la noche del 14 de mayo/ me enteré que he tenido un aire puro/ porque alguien lo dijo entre botellas de pisco de Ica/ con rabia y para insultarme)”, él prefiere autoproclamarse lo contrario: “poeta realista” (y lo hace –reitero– desde el título del libro) y, por eso, en la continuación de los versos citados del poema “(Paradero)”, dirá: “Y yo salgo a la calle a repartirme como obsequio./ Por las calles de mi país camino con un sonido./ Y soy un lugar con mucha luz, /soy un aullante canto ambulatorio,/ mi cuerpo está lleno de poemas y/ salgo a la calle a repartirme como obsequio.” Para concluir la requisitoria solidaria de este poema: “Y cuando el individualismo se enreda y me llega a las pelotas/ aquí estoy yo vivo y fogoso” (…) “Yo entrego mi vehemencia y mi amor/ a esta vía que se ensancha hacia toda la extensión del universo”. Y la solidaridad es parte de la visión ecuménica de nuestro poeta: “Porque –él sabe con todo realismo que– ningún problema es personal” (verso éste, del último y grandioso poema que da título al libro).
Si a Juan, en vida, se le encasilló en un tardío vanguardismo y hasta en un sedicente purismo (expresión que -como hemos visto supra- no le era del todo grata), hoy, que ya pertenece a la inmortalidad, podemos rescatarlo con todo derecho para el realismo poético que es también el realismo político y el realismo vivífico.
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Prosa: Carmona
miércoles, 11 de noviembre de 2009
José M. Vallejo: "Tomás Eloy Martínez: la novela política"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
El peruano-español Mario Vargas Llosa posee tres facetas definidas en su trayectoria de escritor: la del narrador, el ensayista y la del político militante. ¿En cuál de ellas se siente más cómodo? Habría que buscar la respuesta en los mecanismos de su actividad diaria de hombre disciplinado y productor intelectual. La constancia o terquedad lo ayuda en sus cometidos, pero de allí a aceptarlo como un teórico veraz o analista literario científico nos puede llevar a muchos errores de apreciación. Valga esta introducción para contradecir la teoría mendaz o chapucera de Vargas Llosa cuando afirma que “la literatura está hecha de mentiras” y agrega: “la ficción novelesca permite al hombre vivir una vida distinta de la suya propia. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones” (ensayo La verdad de las mentiras, 1990.) No voy a entrar en detalles respecto a mi profunda discrepancia con la apreciación del escritor peruano-español porque me alejaría del tema a tratar en este artículo; sin embargo, donde mejor se pone en evidencia la falsedad teórica de considerar a la ficción como una fábrica de mentiras es en la obra del escritor argentino Tomás Eloy Martínez.
Tal vez sin percibirlo en su totalidad, Tomás Eloy Martínez contradice en lo fundamental la arbitraria teoría de Vargas Llosa. Las principales novelas del autor argentino: Santa Evita, La Novela de Perón, El Vuelo de la Reina, El Cantor del Tango, se inscriben dentro de lo que podríamos llamar la ficción histórico-realista en la tradición novelística de Benito Pérez Galdós, Fédor Dovstoiewsky, Honorato de Balzac, Henry James, Joseph Conrad, lugar donde los principales personajes están envueltos en lo político y las visiones doctrinario-ideológicas. En su conjunto obras significativas de profundo cuestionamiento del pasado y presente de la historia vivida por los autores en cuanto a la visión de los acontecimientos públicos, la investigación de las pugnas políticas y la cuidadosa información en relación a la vida íntima de los líderes-personajes. En el caso específico de Tomás Eloy Martínez, su novelística abarca la historia política argentina en torno a las figuras emblemáticas de Perón y su primera esposa Evita. En un caso el paladín jefe supremo y en el otro la madre angelical, casi una santa. Pero en lo esencial el mundo ficticio de Martínez se dirige a la denuncia de la existencia de personajes corruptos, enajenados, complejos, en medio de enormes situaciones conflictivas de poderes propios, subalternos o subsidiarios. Además, se dirige a la revelación de la miseria material y el caos moral de una sociedad característica inspirada en el sueño de sentirse europea.
Martínez reproduce situaciones vividas en Argentina sin llegar a ser propositivo o atribuirse un discurso político-ideológico propio. En su intento literario, logrado de manera brillante, no trata a la narrativa como un simple reflejo de la realidad sino como un conjunto de interpretaciones cuya búsqueda se dirige también a explicar esa realidad. Por este camino el autor ingresa a la recreación constante de escenarios reales, a la inventiva propia de la creación literaria, al terreno de la imaginación clarividente y la penetración sagaz de los temas tratados. Precisamente, en esta narrativa de corte realista debemos preguntarnos ¿dónde están las mentiras que Vargas Llosa atribuye a la ficción novelística o literaria? La respuesta lógica es en ninguna parte, puesto que la inventiva y la ficción pueden llegar a ser una realidad o convertirse en una realidad que la historia oficial no pudo detectar pero existió. Por ejemplo muchas de las invenciones de Julio Verne se cumplieron en el tiempo y nunca aparentaron ser mentiras. Es en este sentido que hablamos, en la obra de Martínez, de una realidad observada, adivinada, transformada que de ninguna manera podemos valorarla como construida en base a mentiras. Por el contrario en la obra de este escritor argentino existe una relación íntima entre ficción y realidad, un punto de encuentro de dos visiones dialogantes y contrapuestas, donde por lo general, ocurre en la literatura, la ficción resulta muchas veces más verídica que la historia oficial o la establecida.
El realismo en la obra de Martínez no constituye un proyecto ideológico, nadie después de leer su obra de ficción histórico-realista o política va a ser persuadido de aceptar o rechazar el peronismo, pero sí de pensar alrededor de este fenómeno de la Argentina contemporánea. La recreación de la realidad argentina y más aún la de la ciudad de Buenos Aires, con saltos a lo mágico, a los mitos y la fantasía, reúne aspectos comparables a los del mosaico social crítico de la sociedad madrileña y sus clases sociales tan bien descritas en “Fortunata y Jacinta” y también en “Doña Perfecta” contra el clero y el control de la sociedad, novelas claves de la famosa obra de Pérez Galdós. También la narrativa de Martínez adquiere apariencias de la novelística francesa del siglo XX durante la post guerra, influencia del existencialismo de Sartre y Beauvoir y de la rebeldía de Albert Camus contra el absurdo de la condición humana. Sobre todo en “la novela de Perón” y “el vuelo de la reina” se observa un cuestionamiento político donde trabajan argumentos ideológicos y estéticos que reproduce la historia del peronismo en el apogeo (sueño y engaño populista) y la decadencia (ocaso del general.) La convocatoria a la memoria colectiva es otro hecho relevante en el lenguaje narrativo de Martínez porque estimula la discusión en torno al discurso autoritario emanado del poder del Estado y de los personajes adscritos a la jefatura del gobierno.
Las novelas políticas citadas de Tomás Eloy Martínez representan a su vez la constante búsqueda de la identidad nacional argentina, pues las descripciones entre lo real, lo ficticio, lo mágico y hasta lo esotérico comprenden no sólo la historia sino además la geografía, la idiosincrasia de sus habitantes, el arte, la arquitectura, la arqueología, la música y las costumbres. Descripciones todas ellas alejadas del naturalismo o formalismo del ambiente social o de la naturaleza para inmiscuirse en el drama de la acción de los personajes y de las circunstancias en que ellos viven. En esta dirección la novelística realista de Martínez sigue la base teórica en cuanto a que la literatura refleja la realidad tanto natural como social, siendo la visión del escritor un mundo vivido de donde va sacando los materiales necesarios para inventar la novela con plena autonomía y sin ningún escrúpulo. No obstante, el escritor argentino va un tanto más allá explicando o dándose una explicación posible al enfrentamiento político que vivió Argentina en los últimos años a causa del peronismo, las dictaduras militares sangrientas y el regreso de un general Perón en plena decadencia física y intelectual.
El peruano-español Mario Vargas Llosa posee tres facetas definidas en su trayectoria de escritor: la del narrador, el ensayista y la del político militante. ¿En cuál de ellas se siente más cómodo? Habría que buscar la respuesta en los mecanismos de su actividad diaria de hombre disciplinado y productor intelectual. La constancia o terquedad lo ayuda en sus cometidos, pero de allí a aceptarlo como un teórico veraz o analista literario científico nos puede llevar a muchos errores de apreciación. Valga esta introducción para contradecir la teoría mendaz o chapucera de Vargas Llosa cuando afirma que “la literatura está hecha de mentiras” y agrega: “la ficción novelesca permite al hombre vivir una vida distinta de la suya propia. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones” (ensayo La verdad de las mentiras, 1990.) No voy a entrar en detalles respecto a mi profunda discrepancia con la apreciación del escritor peruano-español porque me alejaría del tema a tratar en este artículo; sin embargo, donde mejor se pone en evidencia la falsedad teórica de considerar a la ficción como una fábrica de mentiras es en la obra del escritor argentino Tomás Eloy Martínez.
Tal vez sin percibirlo en su totalidad, Tomás Eloy Martínez contradice en lo fundamental la arbitraria teoría de Vargas Llosa. Las principales novelas del autor argentino: Santa Evita, La Novela de Perón, El Vuelo de la Reina, El Cantor del Tango, se inscriben dentro de lo que podríamos llamar la ficción histórico-realista en la tradición novelística de Benito Pérez Galdós, Fédor Dovstoiewsky, Honorato de Balzac, Henry James, Joseph Conrad, lugar donde los principales personajes están envueltos en lo político y las visiones doctrinario-ideológicas. En su conjunto obras significativas de profundo cuestionamiento del pasado y presente de la historia vivida por los autores en cuanto a la visión de los acontecimientos públicos, la investigación de las pugnas políticas y la cuidadosa información en relación a la vida íntima de los líderes-personajes. En el caso específico de Tomás Eloy Martínez, su novelística abarca la historia política argentina en torno a las figuras emblemáticas de Perón y su primera esposa Evita. En un caso el paladín jefe supremo y en el otro la madre angelical, casi una santa. Pero en lo esencial el mundo ficticio de Martínez se dirige a la denuncia de la existencia de personajes corruptos, enajenados, complejos, en medio de enormes situaciones conflictivas de poderes propios, subalternos o subsidiarios. Además, se dirige a la revelación de la miseria material y el caos moral de una sociedad característica inspirada en el sueño de sentirse europea.
Martínez reproduce situaciones vividas en Argentina sin llegar a ser propositivo o atribuirse un discurso político-ideológico propio. En su intento literario, logrado de manera brillante, no trata a la narrativa como un simple reflejo de la realidad sino como un conjunto de interpretaciones cuya búsqueda se dirige también a explicar esa realidad. Por este camino el autor ingresa a la recreación constante de escenarios reales, a la inventiva propia de la creación literaria, al terreno de la imaginación clarividente y la penetración sagaz de los temas tratados. Precisamente, en esta narrativa de corte realista debemos preguntarnos ¿dónde están las mentiras que Vargas Llosa atribuye a la ficción novelística o literaria? La respuesta lógica es en ninguna parte, puesto que la inventiva y la ficción pueden llegar a ser una realidad o convertirse en una realidad que la historia oficial no pudo detectar pero existió. Por ejemplo muchas de las invenciones de Julio Verne se cumplieron en el tiempo y nunca aparentaron ser mentiras. Es en este sentido que hablamos, en la obra de Martínez, de una realidad observada, adivinada, transformada que de ninguna manera podemos valorarla como construida en base a mentiras. Por el contrario en la obra de este escritor argentino existe una relación íntima entre ficción y realidad, un punto de encuentro de dos visiones dialogantes y contrapuestas, donde por lo general, ocurre en la literatura, la ficción resulta muchas veces más verídica que la historia oficial o la establecida.
El realismo en la obra de Martínez no constituye un proyecto ideológico, nadie después de leer su obra de ficción histórico-realista o política va a ser persuadido de aceptar o rechazar el peronismo, pero sí de pensar alrededor de este fenómeno de la Argentina contemporánea. La recreación de la realidad argentina y más aún la de la ciudad de Buenos Aires, con saltos a lo mágico, a los mitos y la fantasía, reúne aspectos comparables a los del mosaico social crítico de la sociedad madrileña y sus clases sociales tan bien descritas en “Fortunata y Jacinta” y también en “Doña Perfecta” contra el clero y el control de la sociedad, novelas claves de la famosa obra de Pérez Galdós. También la narrativa de Martínez adquiere apariencias de la novelística francesa del siglo XX durante la post guerra, influencia del existencialismo de Sartre y Beauvoir y de la rebeldía de Albert Camus contra el absurdo de la condición humana. Sobre todo en “la novela de Perón” y “el vuelo de la reina” se observa un cuestionamiento político donde trabajan argumentos ideológicos y estéticos que reproduce la historia del peronismo en el apogeo (sueño y engaño populista) y la decadencia (ocaso del general.) La convocatoria a la memoria colectiva es otro hecho relevante en el lenguaje narrativo de Martínez porque estimula la discusión en torno al discurso autoritario emanado del poder del Estado y de los personajes adscritos a la jefatura del gobierno.
Las novelas políticas citadas de Tomás Eloy Martínez representan a su vez la constante búsqueda de la identidad nacional argentina, pues las descripciones entre lo real, lo ficticio, lo mágico y hasta lo esotérico comprenden no sólo la historia sino además la geografía, la idiosincrasia de sus habitantes, el arte, la arquitectura, la arqueología, la música y las costumbres. Descripciones todas ellas alejadas del naturalismo o formalismo del ambiente social o de la naturaleza para inmiscuirse en el drama de la acción de los personajes y de las circunstancias en que ellos viven. En esta dirección la novelística realista de Martínez sigue la base teórica en cuanto a que la literatura refleja la realidad tanto natural como social, siendo la visión del escritor un mundo vivido de donde va sacando los materiales necesarios para inventar la novela con plena autonomía y sin ningún escrúpulo. No obstante, el escritor argentino va un tanto más allá explicando o dándose una explicación posible al enfrentamiento político que vivió Argentina en los últimos años a causa del peronismo, las dictaduras militares sangrientas y el regreso de un general Perón en plena decadencia física y intelectual.
martes, 10 de noviembre de 2009
Leo Castillo: "Buen gusto del ensayo"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
El año 1571 Michel Eyquen, habiendo renunciado al cargo de Consejero del Parlamento, toma una de las más trascendentales decisiones en la historia del pensamiento: recluirse en el castillo de Montaigne con el propósito de entregarse ya para siempre a la lectura y meditación, como un camino que lo conduce hacia sí mismo, a lo largo y hondo de una drástica clausura que se prolongará veintiún años. En 1572, caballero de la Orden de San Miguel, gentilhombre ordinario de la Cámara del Rey, inicia la composición sistemática en una prosa cuidadosamente descuidada (*) de una numerosa serie de textos; "un habla simple e ingenua, tal en el papel cual en la boca; un habla suculenta y nerviosa, corta y apretada; no tanto delicada como vehemente y brusca; más bien difícil que aburridora; alejada de la afectación, desarreglada, descosida y audaz; cada trozo forma un cuerpo; no pedantesco, no frailesco, no abogadesco" que llamará, para siempre, Ensayos. Que la palabra es nueva, pero vieja la cosa, ya Bacon lo apunta.
Edmund Gosse ha declarado que el ensayo es "un escrito de moderada extensión, generalmente en prosa, que de un modo subjetivo y fácil trata de un asunto cualquiera". Este Proteo de los géneros literarios se caracteriza por la presencia explícita del autor, al punto que Michel, ya sin el apellido paterno Eyquen, sino de Montaigne, en nota del autor al lector advierte que se podrá encontrar con rasgos de su condición y humor, "porque es a mí mismo a quien pinto (…) yo mismo soy el asunto de mi libro". Tan personal es su ejercicio, que tiene de sus apetencias y rechazos, siendo trasunto fiel de su paladar, y sus ideas "sufren todos los síntomas de los fenómenos alérgicos", donde no se descarta aun el recurso de voces obscenas. Su carácter es incidental, indiferente incluso a todo plan riguroso, así que Guez de Balzac denuncia que en Montaigne cada frase podía ser un principio o un final, sabiendo el autor lo que estaba diciendo, pero no lo que iba a decir, algo como apuntes para un desarrollo ulterior. Desenfado, llaneza, una conversación junto al fuego, su carácter informal exige una pluma madura.
Entonces el periódico se convierte en un medio ideal para la práctica del ensayo, lo que comporta ciertos mortales riesgos, dado que el autor "en el ardor de la invención prodigará sus pensamientos en un exuberante desorden y el apremio de la publicación no tolerará que el juicio los revise o los modere", según se queja el doctor Johnson. Con The Tatler (1709) y The Spectator (publicación diaria entre 1711-12), Addison y Steele dan inicio a la gallarda tradición de los ensayistas en los periódicos. The Rambler, de Samuel Johnson (también mantiene el Idler), aparece dos veces por semana entre 1750-52.
Descartes, Pascal, el cáustico Voltaire, Rousseau… Pero tal vez Francia es almáciga, y la patria donde se aclimata el ensayo como originario sea Inglaterra: Swift, Coleridge, Hazzlit, De Quincy, Rushkin, Stevenson, Wilde, Woolf…, por no fatigar al lector, son una morosa lista que ilustra el aserto.
Habitualmente en Le Monde, The New York Times como en los más grandes diarios contemporáneos, se hayan ensayos que comprometen la crónica, la literatura, la ciencia o la historia. En Colombia, a falta de escritores, no hay más ensayistas en la prensa, que nuestros columnistas domésticos son los llamados de opinión igualmente doméstica, panfletistas, o bien literatos agotados en sus mezquinas y flebles consideraciones capillescas, el chisme gremial, sin cosa honorable que proponer..
[Leo Castillo, poeta y narrador colombiano]
© mediaIsla
El año 1571 Michel Eyquen, habiendo renunciado al cargo de Consejero del Parlamento, toma una de las más trascendentales decisiones en la historia del pensamiento: recluirse en el castillo de Montaigne con el propósito de entregarse ya para siempre a la lectura y meditación, como un camino que lo conduce hacia sí mismo, a lo largo y hondo de una drástica clausura que se prolongará veintiún años. En 1572, caballero de la Orden de San Miguel, gentilhombre ordinario de la Cámara del Rey, inicia la composición sistemática en una prosa cuidadosamente descuidada (*) de una numerosa serie de textos; "un habla simple e ingenua, tal en el papel cual en la boca; un habla suculenta y nerviosa, corta y apretada; no tanto delicada como vehemente y brusca; más bien difícil que aburridora; alejada de la afectación, desarreglada, descosida y audaz; cada trozo forma un cuerpo; no pedantesco, no frailesco, no abogadesco" que llamará, para siempre, Ensayos. Que la palabra es nueva, pero vieja la cosa, ya Bacon lo apunta.
Edmund Gosse ha declarado que el ensayo es "un escrito de moderada extensión, generalmente en prosa, que de un modo subjetivo y fácil trata de un asunto cualquiera". Este Proteo de los géneros literarios se caracteriza por la presencia explícita del autor, al punto que Michel, ya sin el apellido paterno Eyquen, sino de Montaigne, en nota del autor al lector advierte que se podrá encontrar con rasgos de su condición y humor, "porque es a mí mismo a quien pinto (…) yo mismo soy el asunto de mi libro". Tan personal es su ejercicio, que tiene de sus apetencias y rechazos, siendo trasunto fiel de su paladar, y sus ideas "sufren todos los síntomas de los fenómenos alérgicos", donde no se descarta aun el recurso de voces obscenas. Su carácter es incidental, indiferente incluso a todo plan riguroso, así que Guez de Balzac denuncia que en Montaigne cada frase podía ser un principio o un final, sabiendo el autor lo que estaba diciendo, pero no lo que iba a decir, algo como apuntes para un desarrollo ulterior. Desenfado, llaneza, una conversación junto al fuego, su carácter informal exige una pluma madura.
Entonces el periódico se convierte en un medio ideal para la práctica del ensayo, lo que comporta ciertos mortales riesgos, dado que el autor "en el ardor de la invención prodigará sus pensamientos en un exuberante desorden y el apremio de la publicación no tolerará que el juicio los revise o los modere", según se queja el doctor Johnson. Con The Tatler (1709) y The Spectator (publicación diaria entre 1711-12), Addison y Steele dan inicio a la gallarda tradición de los ensayistas en los periódicos. The Rambler, de Samuel Johnson (también mantiene el Idler), aparece dos veces por semana entre 1750-52.
Descartes, Pascal, el cáustico Voltaire, Rousseau… Pero tal vez Francia es almáciga, y la patria donde se aclimata el ensayo como originario sea Inglaterra: Swift, Coleridge, Hazzlit, De Quincy, Rushkin, Stevenson, Wilde, Woolf…, por no fatigar al lector, son una morosa lista que ilustra el aserto.
Habitualmente en Le Monde, The New York Times como en los más grandes diarios contemporáneos, se hayan ensayos que comprometen la crónica, la literatura, la ciencia o la historia. En Colombia, a falta de escritores, no hay más ensayistas en la prensa, que nuestros columnistas domésticos son los llamados de opinión igualmente doméstica, panfletistas, o bien literatos agotados en sus mezquinas y flebles consideraciones capillescas, el chisme gremial, sin cosa honorable que proponer..
[Leo Castillo, poeta y narrador colombiano]
© mediaIsla
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Prosa: Castillo
lunes, 9 de noviembre de 2009
Juan Víctor Alfaro y otros: Comunicación con Eduardo González Viaña
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
LA CHANCHERÍA (LÉASE EL CONGRESO DEL PERÚ) OFRECE CONDECORACIÓN A EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA
EL MISMO ESCRITOR COMUNICA EL HECHO
7 de noviembre de 2009
Comparto con ustedes una gratísima noticia
Queridos amigos del Correo de Salem: El Congreso del Perú me acaba de ofrecer su más alta condecoración en reconocimiento de mi modesta tarea literaria.
El 26 de noviembre a las 6:30 pm en el local legislativo será la ceremonia en la que además compartiremos un vino de honor. Me gustaría que todos ustedes -los residentes en el Perú- estuvieran allí. Por este mismo medio les voy a hacer llegar la tarjeta correspondiente aunque basta con presentar el DNI.
Les ruego que reenvíen esta información entre sus amistades. Ojalá nos veamos todos en el Congreso el 26 a las 6:30pm. Vuelo a Lima para estar presente. Gracias siempre.
EL MODESTO ESCRITOR JUAN VÍCTOR ALFARO LE HACE UN LLAMADO A LA RELEXIÓN AL GRAN ESCRITOR
07 Nov 2009
Respetado escritor,
yo me había hecho la imagen de usted como la de un escritor contestatario o, por lo menos, refractario del oficialismo granjero (de granja) de nuestra dolida república. Pero su aceptación de esa condecoración deshace la imagen ideal formada. Y con ello se demuestra lo que toda persona realista sabe (o debe saber) que de la idea a la realidad hay una gran distancia.
Provecho por su medalla que, obviamente, está manchada con la sangre del pueblo peruano que ese congreso sabe derramar sin miramientos (y en esto no caben "honrosas excepciones").
Su calidad de escritor no necesita ni merece ese tipo de "reconocimientos". Su calidad personal, tal vez, sí.
Aur revoir Vallejo en el Infierno.
Arrivederci Dante en el corrido.
Juan Víctor Alfaro.
RESPUESTA DE EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA A JUAN VÍCTOR ALFARO
Muchas gracias, estimado Juan Víctor, por tu carta. La escribes con inteligencia, generosidad y respeto, y por eso te la contesto. El premio que recibo ha sido discernido por una comisión multipartidaria del Congreso de la República, que también es una entidad plural. Representantes que expresan muy diferentes modos de ver el mundo y de encarar el problema del Perú lo han aprobado.
Como tú sabes, ya que mencionas mis libros más recientes, mi actitud de toda la vida ha sido contestaria. Lee, por favor, lo que seguiré escribiendo. Ya verás que nada ha cambiado. Recuerdas al grillo en el cuento de Pinocho?. El bichito susurraba en el oído del niño de madera lo que pensaba que hacía mal o bien, era su conciencia. Los intelectuales deben ser como ese grillo con la sociedad y con los otros intelectuales. Por eso me parece respetable tu carta y respetable tú mismo. Me da mucho gusto conocerte.
Eduardo González Viaña
CONTRARRESPUESTA DE JUAN VÍCTOR ALFARO A EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA
Escritor
Eduardo González Viaña
Muchísimas gracias, respetado Eduardo, por leer y responder mi mensaje, con la modesta opinión de un dilettante literario, y que en efecto respeta a los escritores que se lo merecen, y como en ese merecimiento se encuentra usted y su obra, opté por la acción generosa (que, usted, con perspicacia, ha sabido discernir) de advertirle (y ahora pedirle) que no acepte esa condecoración de una INSTITUCIÓN que está totalmente desprestigiada hoy por hoy y desde siempre (las personas que usted busca rescatar como muestras de pluralidad no hacen sino confirmar la regla, pues en su diversidad se pueden unir para darle el homenaje a usted como para permitir que se venda nuestro territorio a las grandes transnacionales y sin el menor reparo: el Congreso es no sólo la cueva de los mediocres sino la cocina de las injusticias de toda la vida).
Ya durante el primer gobierno aprista se enlodó la imagen de Julio Ramón Ribeyro otorgándole la Orden del Sol (que es mucho más “notable” que la condecoración ofrecida a usted) y, por supuesto, Ribeyro es más grande que esa medalla, pero ésta no deja de seguir manchando su camino independiente y por el cual era digno de admiración; sin esa condecoración esa admiración sería absoluta; un gobierno criminal la relativizó. Las cosas no han cambiado nada, desde entonces.
Usted está a tiempo de librarse de ese baldón. Se lo digo con la honda preocupación que mi respeto por su obra me obliga; hágalo por su querido Vallejo: ¿cree usted que él habría recibido una condecoración de algún gobierno, sea cual fuere?, ¿él que dijo: "No volveré al Perú, mientras quede piedra sobre piedra"? Por último, la mía no es sólo una apreciación aislada. Hay otras voces que se unen a la mía, y que a continuación le transcribo. Son una muestra de lo que piensa un gran sector de nuestro pueblo. Su rechazo de esa condecoración lo enemistará con los sátrapas del Congreso; pero lo reivindicará con el respeto del pueblo que es eterno, mientras que los gobiernos y las condecoraciones son pasajeros. Y usted como escritor con su obra va a ser analizado por el futuro no deje para entonces la mancha de este presente. Usted decide.
Juan Víctor Alfaro
OPINIONES QUE ADHIEREN AL RECLAMO DE JUAN VÍCTOR ALFARO
DE: Angel Gavidia Ruiz
Estoy de acuerdo con Alfaro. Pareciera que los años hacen más proclives a los hombres a las vanidades, entre ellas las crematísticas, claro. Por eso valoro más aquella frase de mi querido viejo Saramago: Soy mas viejo, por lo tanto más libre, por tanto más radical. Un abrazo. Angel Gavidia
DE: Roberto Beltran
Como es sabido son muy pocos los que piensan dos veces cuando de recibir honores se trata. Como persona opuesta al D.L. 882, del villano Fujimori, causa del caos en que se ha sumido a la educación superior en el país, me apena, por ejemplo, que Juan Diego Flores haya aceptado una distinción de la UPC, una de las universidades que se declara empresa con fines de lucro. Hace unos meses un distinguido intelectual fue "honrado" con un honoris causa por la universidad alas p.... otro gran negacio que ha poblado el mapa del país con sus sucursales. ¿Hasta cuando seguiremos soportando tanta infamia? Comparto su indignación. Roberto J. Beltrán.
DE: Roberto de la Flor
Del escritor Eduardo González Viaña tenía una imagen diferente. Lo conocí de vista en una feria en Miami donde compré un libro que lamentablemente no leí porque lo dejé olvidado en un hotel. Sin embargo había recibido las mismas referencias que destacan Gavidia, Alfaro y Beltrán, que González Viaña no era un escritor, como Mario Vargas Llosa, que vendía la pluma.
Creo que el ilustre escritor debería aclarar la situación puesto que -aunque no se acepte- implicaría un compromiso. Beto
DE: José Miguel Diez Salazar
Parece mentira, que a la Literatura la des personifiquen de esa manera; aceptando premios dudosos de quienes transgreden los niveles de honradez de nuestra Patria. ¡Cómo es posible llegar a esa bajeza! y sobre todo, de infames condecoraciones que burlan el sentimiento Nacional. El escritor y su obra es toda una decepción, ciertamente, inadecuada. El Sr. Alfaro está en toda su razón y es natural. Pepe Diez
LA CHANCHERÍA (LÉASE EL CONGRESO DEL PERÚ) OFRECE CONDECORACIÓN A EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA
EL MISMO ESCRITOR COMUNICA EL HECHO
7 de noviembre de 2009
Comparto con ustedes una gratísima noticia
Queridos amigos del Correo de Salem: El Congreso del Perú me acaba de ofrecer su más alta condecoración en reconocimiento de mi modesta tarea literaria.
El 26 de noviembre a las 6:30 pm en el local legislativo será la ceremonia en la que además compartiremos un vino de honor. Me gustaría que todos ustedes -los residentes en el Perú- estuvieran allí. Por este mismo medio les voy a hacer llegar la tarjeta correspondiente aunque basta con presentar el DNI.
Les ruego que reenvíen esta información entre sus amistades. Ojalá nos veamos todos en el Congreso el 26 a las 6:30pm. Vuelo a Lima para estar presente. Gracias siempre.
EL MODESTO ESCRITOR JUAN VÍCTOR ALFARO LE HACE UN LLAMADO A LA RELEXIÓN AL GRAN ESCRITOR
07 Nov 2009
Respetado escritor,
yo me había hecho la imagen de usted como la de un escritor contestatario o, por lo menos, refractario del oficialismo granjero (de granja) de nuestra dolida república. Pero su aceptación de esa condecoración deshace la imagen ideal formada. Y con ello se demuestra lo que toda persona realista sabe (o debe saber) que de la idea a la realidad hay una gran distancia.
Provecho por su medalla que, obviamente, está manchada con la sangre del pueblo peruano que ese congreso sabe derramar sin miramientos (y en esto no caben "honrosas excepciones").
Su calidad de escritor no necesita ni merece ese tipo de "reconocimientos". Su calidad personal, tal vez, sí.
Aur revoir Vallejo en el Infierno.
Arrivederci Dante en el corrido.
Juan Víctor Alfaro.
RESPUESTA DE EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA A JUAN VÍCTOR ALFARO
Muchas gracias, estimado Juan Víctor, por tu carta. La escribes con inteligencia, generosidad y respeto, y por eso te la contesto. El premio que recibo ha sido discernido por una comisión multipartidaria del Congreso de la República, que también es una entidad plural. Representantes que expresan muy diferentes modos de ver el mundo y de encarar el problema del Perú lo han aprobado.
Como tú sabes, ya que mencionas mis libros más recientes, mi actitud de toda la vida ha sido contestaria. Lee, por favor, lo que seguiré escribiendo. Ya verás que nada ha cambiado. Recuerdas al grillo en el cuento de Pinocho?. El bichito susurraba en el oído del niño de madera lo que pensaba que hacía mal o bien, era su conciencia. Los intelectuales deben ser como ese grillo con la sociedad y con los otros intelectuales. Por eso me parece respetable tu carta y respetable tú mismo. Me da mucho gusto conocerte.
Eduardo González Viaña
CONTRARRESPUESTA DE JUAN VÍCTOR ALFARO A EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA
Escritor
Eduardo González Viaña
Muchísimas gracias, respetado Eduardo, por leer y responder mi mensaje, con la modesta opinión de un dilettante literario, y que en efecto respeta a los escritores que se lo merecen, y como en ese merecimiento se encuentra usted y su obra, opté por la acción generosa (que, usted, con perspicacia, ha sabido discernir) de advertirle (y ahora pedirle) que no acepte esa condecoración de una INSTITUCIÓN que está totalmente desprestigiada hoy por hoy y desde siempre (las personas que usted busca rescatar como muestras de pluralidad no hacen sino confirmar la regla, pues en su diversidad se pueden unir para darle el homenaje a usted como para permitir que se venda nuestro territorio a las grandes transnacionales y sin el menor reparo: el Congreso es no sólo la cueva de los mediocres sino la cocina de las injusticias de toda la vida).
Ya durante el primer gobierno aprista se enlodó la imagen de Julio Ramón Ribeyro otorgándole la Orden del Sol (que es mucho más “notable” que la condecoración ofrecida a usted) y, por supuesto, Ribeyro es más grande que esa medalla, pero ésta no deja de seguir manchando su camino independiente y por el cual era digno de admiración; sin esa condecoración esa admiración sería absoluta; un gobierno criminal la relativizó. Las cosas no han cambiado nada, desde entonces.
Usted está a tiempo de librarse de ese baldón. Se lo digo con la honda preocupación que mi respeto por su obra me obliga; hágalo por su querido Vallejo: ¿cree usted que él habría recibido una condecoración de algún gobierno, sea cual fuere?, ¿él que dijo: "No volveré al Perú, mientras quede piedra sobre piedra"? Por último, la mía no es sólo una apreciación aislada. Hay otras voces que se unen a la mía, y que a continuación le transcribo. Son una muestra de lo que piensa un gran sector de nuestro pueblo. Su rechazo de esa condecoración lo enemistará con los sátrapas del Congreso; pero lo reivindicará con el respeto del pueblo que es eterno, mientras que los gobiernos y las condecoraciones son pasajeros. Y usted como escritor con su obra va a ser analizado por el futuro no deje para entonces la mancha de este presente. Usted decide.
Juan Víctor Alfaro
OPINIONES QUE ADHIEREN AL RECLAMO DE JUAN VÍCTOR ALFARO
DE: Angel Gavidia Ruiz
Estoy de acuerdo con Alfaro. Pareciera que los años hacen más proclives a los hombres a las vanidades, entre ellas las crematísticas, claro. Por eso valoro más aquella frase de mi querido viejo Saramago: Soy mas viejo, por lo tanto más libre, por tanto más radical. Un abrazo. Angel Gavidia
DE: Roberto Beltran
Como es sabido son muy pocos los que piensan dos veces cuando de recibir honores se trata. Como persona opuesta al D.L. 882, del villano Fujimori, causa del caos en que se ha sumido a la educación superior en el país, me apena, por ejemplo, que Juan Diego Flores haya aceptado una distinción de la UPC, una de las universidades que se declara empresa con fines de lucro. Hace unos meses un distinguido intelectual fue "honrado" con un honoris causa por la universidad alas p.... otro gran negacio que ha poblado el mapa del país con sus sucursales. ¿Hasta cuando seguiremos soportando tanta infamia? Comparto su indignación. Roberto J. Beltrán.
DE: Roberto de la Flor
Del escritor Eduardo González Viaña tenía una imagen diferente. Lo conocí de vista en una feria en Miami donde compré un libro que lamentablemente no leí porque lo dejé olvidado en un hotel. Sin embargo había recibido las mismas referencias que destacan Gavidia, Alfaro y Beltrán, que González Viaña no era un escritor, como Mario Vargas Llosa, que vendía la pluma.
Creo que el ilustre escritor debería aclarar la situación puesto que -aunque no se acepte- implicaría un compromiso. Beto
DE: José Miguel Diez Salazar
Parece mentira, que a la Literatura la des personifiquen de esa manera; aceptando premios dudosos de quienes transgreden los niveles de honradez de nuestra Patria. ¡Cómo es posible llegar a esa bajeza! y sobre todo, de infames condecoraciones que burlan el sentimiento Nacional. El escritor y su obra es toda una decepción, ciertamente, inadecuada. El Sr. Alfaro está en toda su razón y es natural. Pepe Diez
domingo, 8 de noviembre de 2009
Edgar Borges: "Literatura: ¿Confrontación o sosiego?"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
El gusto es libre. Y relativo. Hay muchas literaturas. Y es sano que así sea. Sin embargo, quizá hoy, como nunca antes, una niebla global cubre buena parte de la obra literaria (que descubrirán los exploradores de un tiempo futuro).
La literatura enfrenta al lector a su imaginación. El sólo hecho de pensar es un ejercicio que invita a replantear cualquier realidad, por muy absoluta que ésta se pretenda. Despertar la inventiva del lector ha sido trabajo importante para los escritores de cualquier época y género. Charles Dickens, por ejemplo, en su momento fue considerado un autor de éxito. Incluso, era poseedor de una habilidad que le permitía vender muy bien su obra y su imagen pública. Pero, en paralelo a este valor (que hoy, quizá sería considerado "comercial"), ¿quién podría negar el poder fabulador de Dickens que (como telaraña) le posibilitaba al lector el conocimiento de nuevas realidades? Para hacer creíble una aventura, es necesario (de parte del autor) ubicar, en su justo equilibrio, documentación y palabra.
Hay otros escritores, un tanto más osados, que de manera planificada asumen el objetivo de incomodar al lector. Unos logran esto con el contenido y otros con el discurso; también hay quienes se valen de ambas estrategias para inquietarnos la existencia. Ejemplos hay muchos, desde el absurdo que, como telaraña, Franz Kafka arrojaba sobre historias cotidianas, hasta el juego laberíntico que proponía Julio Cortázar. En cada asesinato que cometía un personaje de Edgar Allan Poe había una apuesta por la indagación de la conciencia. Lo bestia y lo sublime, como en la vida, habita en los personajes de la literatura de confrontación interior.
No obstante, el siglo XXI nos ha caído encima con la saturación de una literatura de consuelo. Se trata de una avalancha de libros cuyo objetivo, más que enfrentar, pareciera ser estupidizar. ¿Quién dijo que La metamorfosis de Kafka o El extranjero de Camus no entretienen? Sí, entretienen a la estupidez mientras ponen a trabajar a la inteligencia. La literatura de consuelo asalta cualquier tema y lo banaliza, lo desdibuja, como si su función fuese darle a la palabra un uso adormecedor.
En la otra acera, la de la madre calle, está la ficción que derrumba y construye realidades. Ya lo sabemos, la ficción es una mentira (otra realidad) bien contada. Pero, para lograr levantar historias confiables, hace falta, más que un tema, la convivencia entre documentación, verosimilitud y verbo. Lo que se le cuestiona a Dan Brown, por ejemplo, no es que pretenda (y lo pretende) contar historias de catedrales, sino el bajo nivel investigativo y verbal que dispone para alcanzar su meta (el otro día soñé que Dan Brown se había encontrado con Arthur Rimbaud en pleno desierto. El primero reaccionó como si se tratara de una pesadilla; mientras, el segundo, a larga distancia supo que todo era un espejismo).
Lo peor de estos espejismos es que a partir de que algo semejante se convierte en una realidad impuesta (por el mercado), aumentan los asaltos a toda clase de temas. Recuerdo el Fantomas que Julio Cortázar puso a luchar contra un exterminador de escritores. Se me ocurre que hoy necesitamos un superhéroe (quizá el mismo lector) que batalle contra los asaltantes de literatura.
A propósito de la publicación de Caín, la nueva novela de José Saramago, Pilar del Río, periodista y esposa del escritor, asegura que "estamos ante un libro que no nos dejará indiferentes, que provocará en los lectores desconcierto y quizá alguna angustia". Y, por si surgiera temor en algún posible lector, Pilar aclara que "la gran literatura está para clavarse en nosotros, lectores, como un puñal en la barriga, no para adormecernos como si estuviéramos en un fumadero de opio y el mundo fuera pura fantasía". Sobre el tema, el propio Saramago sostiene que escribe para "desasosegar profundamente" al lector.
Pero no nos alarmemos; la gran literatura goza de muy buena salud. Sólo ocurre que, en tiempos de niebla, anda transitando los subterráneos del mundo.
Edgar Borges, escritor venezolano.
El gusto es libre. Y relativo. Hay muchas literaturas. Y es sano que así sea. Sin embargo, quizá hoy, como nunca antes, una niebla global cubre buena parte de la obra literaria (que descubrirán los exploradores de un tiempo futuro).
La literatura enfrenta al lector a su imaginación. El sólo hecho de pensar es un ejercicio que invita a replantear cualquier realidad, por muy absoluta que ésta se pretenda. Despertar la inventiva del lector ha sido trabajo importante para los escritores de cualquier época y género. Charles Dickens, por ejemplo, en su momento fue considerado un autor de éxito. Incluso, era poseedor de una habilidad que le permitía vender muy bien su obra y su imagen pública. Pero, en paralelo a este valor (que hoy, quizá sería considerado "comercial"), ¿quién podría negar el poder fabulador de Dickens que (como telaraña) le posibilitaba al lector el conocimiento de nuevas realidades? Para hacer creíble una aventura, es necesario (de parte del autor) ubicar, en su justo equilibrio, documentación y palabra.
Hay otros escritores, un tanto más osados, que de manera planificada asumen el objetivo de incomodar al lector. Unos logran esto con el contenido y otros con el discurso; también hay quienes se valen de ambas estrategias para inquietarnos la existencia. Ejemplos hay muchos, desde el absurdo que, como telaraña, Franz Kafka arrojaba sobre historias cotidianas, hasta el juego laberíntico que proponía Julio Cortázar. En cada asesinato que cometía un personaje de Edgar Allan Poe había una apuesta por la indagación de la conciencia. Lo bestia y lo sublime, como en la vida, habita en los personajes de la literatura de confrontación interior.
No obstante, el siglo XXI nos ha caído encima con la saturación de una literatura de consuelo. Se trata de una avalancha de libros cuyo objetivo, más que enfrentar, pareciera ser estupidizar. ¿Quién dijo que La metamorfosis de Kafka o El extranjero de Camus no entretienen? Sí, entretienen a la estupidez mientras ponen a trabajar a la inteligencia. La literatura de consuelo asalta cualquier tema y lo banaliza, lo desdibuja, como si su función fuese darle a la palabra un uso adormecedor.
En la otra acera, la de la madre calle, está la ficción que derrumba y construye realidades. Ya lo sabemos, la ficción es una mentira (otra realidad) bien contada. Pero, para lograr levantar historias confiables, hace falta, más que un tema, la convivencia entre documentación, verosimilitud y verbo. Lo que se le cuestiona a Dan Brown, por ejemplo, no es que pretenda (y lo pretende) contar historias de catedrales, sino el bajo nivel investigativo y verbal que dispone para alcanzar su meta (el otro día soñé que Dan Brown se había encontrado con Arthur Rimbaud en pleno desierto. El primero reaccionó como si se tratara de una pesadilla; mientras, el segundo, a larga distancia supo que todo era un espejismo).
Lo peor de estos espejismos es que a partir de que algo semejante se convierte en una realidad impuesta (por el mercado), aumentan los asaltos a toda clase de temas. Recuerdo el Fantomas que Julio Cortázar puso a luchar contra un exterminador de escritores. Se me ocurre que hoy necesitamos un superhéroe (quizá el mismo lector) que batalle contra los asaltantes de literatura.
A propósito de la publicación de Caín, la nueva novela de José Saramago, Pilar del Río, periodista y esposa del escritor, asegura que "estamos ante un libro que no nos dejará indiferentes, que provocará en los lectores desconcierto y quizá alguna angustia". Y, por si surgiera temor en algún posible lector, Pilar aclara que "la gran literatura está para clavarse en nosotros, lectores, como un puñal en la barriga, no para adormecernos como si estuviéramos en un fumadero de opio y el mundo fuera pura fantasía". Sobre el tema, el propio Saramago sostiene que escribe para "desasosegar profundamente" al lector.
Pero no nos alarmemos; la gran literatura goza de muy buena salud. Sólo ocurre que, en tiempos de niebla, anda transitando los subterráneos del mundo.
Edgar Borges, escritor venezolano.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Bertolt Brecht: "Nuestras derrotas no demuestran nada"
Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

HOMENAJE A BERTOLT BRECHT
Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.
¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? Ahora
ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos
enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.
Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.

HOMENAJE A BERTOLT BRECHT
Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.
¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? Ahora
ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos
enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.
Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.
Etiquetas:
Verso: Brecht
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