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domingo, 13 de enero de 2008

LE QUITARON LA CIUDAD A MARIO LUNA, Juan Ramírez Ruiz


Le quitaron la ciudad a Mario Luna el día 31 de mayo.
Y su dolor equivale a doce volúmenes de poemas del siglo XVIII y no será consignado aquí.
El 1º de junio el cable repetía el barrio La Esperanza está en los suelos,
El barrio del Acero ya no existe y allí se mezclaron cines con parques
Y carros y árboles, y árboles se mezclaron con abuelos y novias y familias
Y tiendas comerciales, tiendas comerciales se mezclaron con ópticas, consultorios,
Cementerios, y cementerios con salas de maternidad, con máquinas de escribir
Con pantalones con zapatos con hígados con riñones, y riñones se mezclaron
Con cerros y cerros con techos con televisores con cráneos con sillones
Con frazadas con tablas. Y el Sur está en el Norte. ¡El techo en el hueco!
¡El 8 de junio en el 2 de marzo! y yo recorro 454 kilómetros
Y he visto 454 kilómetros de dormitorios amarrados a estacas, de padres buscando
A hijos y mujer, hijos a madres, a la hermana menor buscando, y amigos encontrando
Al amigo muerto, el voluntario hallado en la pierna de un damnificado, una novia
Acariciando al novio herido junto a la Virgen María sucia mujer empujada
Por el sismo, mujer rota bajo un surtidor de la avenida Espinar ocupada
Por la fachada de toda la calle, de toda la calle hasta radio Chimú
Hasta el cine Olaya con sus butacas sobre autos de capota averiada, sobre
Árboles mutilados, rotos y esto; y todo eso
Es una temperatura de 14º Farengheit al norte del Perú.
Y mi dolor es equivalente a seis volúmenes de poemas del siglo XIX y tampoco será consignado aquí.
Pienso en Mario Luna. En la ciudad que le quitaron. Y el sur está en el norte!
¡El techo en el hueco! Y luego irse, irse, subir al interprovincial.
Pero había que bajar, los pasajeros tuvieron que bajar y después subir
Para atravesar el puente Virú, el puente Santa. Durante todo el invierno.

Juan Ramírez Ruiz,
Perú.


sábado, 12 de enero de 2008

JUAN ES RECUERDO, Fransiles Gallardo


Una noche de junio de 1994 el poeta y novel editor Jorge Luis Roncal nos presentó.

Tengo entre mis manos las fotos que evidencian ese encuentro. Están allí para la perennidad y el recuerdo: Rosina Varcárcel, con su cabellera negra y su sonrisa danzarina, Julio Nelson con su bigote recortado y su seriedad de siempre, Jorge Luis Roncal con su incipiente barba y su camisa blanca y el suscrito, que por aquellos años se desempeñaba como profesor de dibujo técnico y promotor cultural y director de la revista IDAT; con el cabello aún oscuro y mi saco de combate a cuadros.

Entre nosotros y entrelazadas las manos; con su cabellera crespa, negra y alborotada; sus lentes de metal, su saco crema y su pantalón marrón: el poeta Juan Ramírez Ruiz.

Detrás de nosotros y sobre una mesa, una enigmática bolsa negra.

Era una noche de poesía. Leíamos, para los alumnos de esa institución.

De rato en rato; Juan Ramírez Ruiz echaba mano a la bolsa negra y sacaba una botella de coca kola, llena con ron Cartavio, con la cual Juan y yo brindábamos, entre poema y poema.

De allí enrumbamos a un bar cercano y las cervezas continuaron; mucho después que Rossina, Jorge Luis y Julio Nelson se marcharan.

Esa noche me contó sus avatares poéticos. De hora Zero, grupo al cual conocía desde Cajamarca y a cuyos integrantes, leíamos ávidamente con nuestro entrañable Bethoven Medina y que nos impulsó a formar el grupo Raíz Cúbica. Habló de la poesía y la amistad con Enrique Verástegui (a quien debo un par de vinos: pagaremos Enrique), de Pimentel, del Palermo. Y de su alejamiento del Grupo.

Eran más de las cuatro de la mañana, cuando el mesero del bar Monarca en Guzmán Blanco nos dijo que estaban cerrando.

La segunda vez que nos encontramos fue en el local de Jorge Luis Roncal del jr. Moquegua; en los apuros, previos a la publicación de mi Ventisca.

Allí me entregó y dedicó sus Armas Molidas "sólo regalo a la gente que va a leerlo", me dijo. Era casi mediodía y Jorge Luis nos llevó a uno de sus clásicos y frecuentados huariques. Él pidió un café. Juan y yo una cerveza cada uno; las que se fueron sumando y sumando hasta llenar la mesa.

Caía la tarde; la inolvidable conversación y los chistes continuaban.

Me pidió que lo acompañara a tomar su carro en Abancay "para el camino, una botita de Cartavio, compadre", me dijo.

Nos sentamos en una flamante banca del remozado y enrejado parque Universitario; al costado de la casona de San Marcos, frente a la Cripta y la ex librería de Mejía Baca y como quien mira al viejo Palermo; nos tomamos esa generosa botella de Ron.

"Mis raíces son norteñas" , me dijo, tomando a pico de botella, el añejo ron, "cántate un yaraví".

No se si lo hice bien. Tal vez no vuelva repetirlo más. Salvo pedido expreso de Ricardo Vírhuez.

Recordando las pechadas de mi tierra cajamarquina "Ay qué lejos me lleva el destino" los transeúntes nos miraban asombrados "como a hoja que el viento arrebata" los lustrabotas nos rodeaban "hay de mí tu no sabes ingrata" abrazados cantando "lo que sufre este fiel corazón" llorando.

Los guachimanes alertados, nos sacaron del parque por escándalo y contra la tranquilidad pública; viéndolo subir en una couster, en la esquina de la avenida Abancay.

Hasta hoy.

Fransiles Gallardo,

Perú



RETRATO, Antonio Machado


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

Y un huerto claro donde madura el limonero;

Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.


Ni un seductor Mañana ni un Bradomín he sido

-Ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,

Mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

Y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.


Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

Pero mi verso brota de manantial sereno;

Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.


Adoro la hermosura, y en la moderna estética

Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

Mas no amo los afeites de la actual cosmética

Ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.


Desdeño las romanzas de los tenores huecos

Y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

Y escucho solamente, entre las voces, una.


¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

Mi verso, como deja el capitán su espada:

Famosa por la mano viril que la blandiera

No por el docto oficio del forjador preciada.


Converso con el hombre que sierre va conmigo

-Quien habla solo espera hablar a Dios un día-:

Mi soliloquio es plática con este buen amigo

Que me enseñó el secreto de la filantropía.


Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

El traje que me cubre y la mansión que habito,

El pan que me alimenta y el lecho en donde yago.


Y cuando llegue el día del último vïaje,

Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

Me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,

Casi desnudo, como los hijos de la mar.



Antonio Machado,

España




viernes, 11 de enero de 2008

POEMAS, Jorge Bacacorzo



ALTO HORARIO PARA HONRAR A LOS CAÍDOS

(A Luis de la Puente y a Guillermo Lobatón)


Han caído hombres que eran maestros y vigías
Y otros que aprendían el oficio de la aurora.
Y esta vez las banderas son rudos sollozos
Y lágrimas los estallidos que no cesan.

Cuánta palidez lunar en medio de la tierra,
Cuánto silencio entre los huesos
Cuántas barbas verdes emergiendo
Al lado de las que ya conocían edades y misterios,
Cuántas fechas al borde de las manos y ahora
oscuras en el fuego.

Pero los guerrilleros de negro no se enlutan,
Con el rojo más vivo y puro,
Las carabinas y canciones que van contra el ocaso
Y el diario martillar de pasos y de sueños
Recuerdan a sus muertos que aún se alimentan sobre
árboles y espumas
porque los pioneros viven en el viento
y en el viento siguen siendo estrellas que murmuran.


RÉQUIEM


Oh, quién pudiera,
Quién pudiera
Poner en pie a los muertos
Que izaron el amor.

Oh, quién pudiera,
Quién pudiera
Ponerlos bajo el sol
Y con agua y un gran himno
De botellas encendidas,
Despertarlos.

Oh, quién pudiera,
Quién pudiera
Con el amor y con el aire
Levantar su rojo polvo
En su gran vaso.


PASEMOS, HERMANOS, AL MUNDO DEL AMANECER


Pasemos, hermanos, al mundo del amanecer
Que cada vez está más cerca,
Aunque de pronto aumentan las tinieblas y los gritos.
Botellas rojas, artilleros, hoces y martillos,
La serenísima y balsámica paloma que se apresta
Entre agobiantes construcciones amarillas,
Y entre muertos y dolores, el amor, siempre el amor
Estallando en tiernos himnos y granadas.


Poemas seleccionados del libro: Las botellas rojas.

Jorge Bacacorzo,
Perú.


jueves, 10 de enero de 2008

LOS MALOS POEMAS, Juan Gonzalo Rose


No los destruyas.
No los eches
al pozo de los cielos.

Tal vez ellos retornen
después que la belleza
se haya ido.

Cuando la soledad
camine libremente
de la cama hasta el patio
y mi casa parezca
-al ojo del infante-
algún enorme erizo.

Entonces,
quizás entre sus líneas
descubras un instante
inadvertido;
la palabra extraviada
en domingos zoológicos;
algo más verdadero que lo hermoso.

Nadie sabe.
Consérvalos.

Cambia tu piel. También
la piel del mundo.
Pero el poema queda
guardando su misterio.

Tal vez no hay en tu cuerpo
-todavía-
esa única lámpara
con la que puedes verlo.

Juan Gonzalo Rose,

Perú.

LO FATAL, Rubén Darío


Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

Y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

Ni mayor pesadumbre que la vida consciente:

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

Y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

Y sufrir por la vida y por la sombra y por

Lo que no conocemos y apenas sospechamos,

Y la carne que tienta con sus frescos racimos,

Y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

Y no saber a dónde vamos,

Ni de dónde venimos...



Rubén Darío,

Nicaragua.



miércoles, 9 de enero de 2008

LA CARTA EN EL CAMINO, Pablo Neruda



Adiós, pero conmigo

serás, irás adentro

de una gota de sangre que circule en mis venas

o fuera, beso que me abrasa el rostro

o cinturón de fuego en mi cintura.

Dulce mía, recibe

el gran amor que salió de mi vida

y que en ti no encontraba territorio

como el explorador perdido

en las islas del pan y de la miel.

Yo te encontré después

de la tormenta,

la lluvia lavó el aire

y en el agua

tus dulces pies brillaron como peces


Adorada, me voy a mis combates.


Arañaré la tierra para hacerte una cueva

y allí tu Capitán

te esperará con flores en el lecho.

No pienses más, mi dulce,

en el tormento

que pasó entre nosotros

como un rayo de fósforo

dejándonos tal vez su quemadura.

La paz llegó también porque regreso

a luchar a mi tierra,

y como tengo el corazón completo

con la parte de sangre que me diste

para siempre,

y como

llevo

las manos llenas de tu ser desnudo,

mírame,

mírame,

mírame por el mar, que voy radiante,

mírame por la noche que navego,

y mar y noche son los ojos tuyos.

No he salido de ti cuando me alejo.

Ahora voy a contarte:

mi tierra será tuya,

yo voy a conquistarla,

no sólo para dártela,

sino que para todos,

para todo mi pueblo.

Saldrá el ladrón de su torre algún día.

Y el invasor será expulsado.

Todos los frutos de la vida

crecerán en mis manos

acostumbrados antes a la pólvora.

Y sabré acariciar las nuevas flores

porque tú me enseñaste la ternura.

Dulce mía, adorada,

vendrás conmigo a luchar cuerpo a cuerpo

porque en mi corazón viven tus besos

como banderas rojas,

y si caigo, no sólo

me cubrirá la tierra

sino este gran amor que me trajiste

y que vivió circulando en mi sangre.

Vendrás conmigo,

en esa hora te espero,

en esa hora y en todas las horas,

en todas las horas te espero.

Y cuando venga la tristeza que odio

a golpear a tu puerta,

dile que yo te espero

y cuando la soledad quiera que cambies

la sortija en que está mi nombre escrito,

dile a la soledad que hable conmigo,

que yo debí marcharme

porque soy un soldado,

y que allí donde estoy,

bajo la lluvia o bajo

el fuego,

amor mío, te espero.

Te espero en el desierto más duro

y junto al limonero florecido:

en todas partes donde esté la vida,

donde la primavera está naciendo,

amor mío, te espero.

Cuando te digan "Ese hombre

no te quiere", recuerda

que mis pies están solos en esa noche, y buscan

los dulces y pequeños pies que adoro.

Amor, cuando te digan

que te olvidé, y aun cuando

sea yo quien lo dice,

cuando yo te lo diga,

no me creas,

quién y cómo podrían

cortarte de mi pecho

y quién recibiría

mi sangre

cuando hacia ti me fuera desangrando?

Pero tampoco puedo

olvidar a mi pueblo.

Voy a luchar en cada calle,

detrás de cada piedra.

Tu amor también me ayuda:

es una flor cerrada

que cada vez me llena con su aroma

y que se abre de pronto

dentro de mí como una gran estrella.


Amor mío, es de noche.


El agua negra, el mundo

dormido, me rodean.

Vendrá luego la aurora

y yo mientras tanto te escribo

para decirte: "Te amo".

Para decirte "Te amo", cuida,

limpia, levanta,

defiende

nuestro amor, alma mía.

Yo te lo dejo como si dejara

un puñado de tierra con semillas.

De nuestro amor nacerán vidas.

En nuestro amor beberán agua.

Tal vez llegará un día

en que un hombre

y una mujer, iguales

a nosotros,

tocarán este amor, y aún tendrá fuerza

para quemar las manos que lo toquen.

Quiénes fuimos? Qué importa?

Tocarán este fuego

y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre

y el mío, el nombre

que tú sola supiste porque tú sola

sobre la tierra sabes

quién soy, y porque nadie me conoció como una,

como una sola de tus manos,

porque nadie

supo cómo, ni cuándo

mi corazón estuvo ardiendo:

tan sólo

tus grandes ojos pardos lo supieron,

tu ancha boca,

tu piel, tus pechos,

tu vientre, tus entrañas

y el alma tuya que yo desperté

para que se quedara

cantando hasta el fin de la vida.


Amor, te espero.


Adiós, amor, te espero.


Amor, amor, te espero.


Y así esta carta se termina

sin ninguna tristeza:

están firmes mis pies sobre la tierra,

mi mano escribe esta carta en el camino,

y en medio de la vida estaré

siempre

junto al amigo, frente al enemigo,

con tu nombre en la boca

y un beso que jamás

se apartó de la tuya.


Pablo Neruda,
Chile.